Los enojos de Macri | Entre el golpismo del siglo XX y el gorilismo vigente del XXI

El enojo presidencial del lunes pasado tuvo un alto valor analítico: reveló una matriz conceptual con que las elites justificaron golpes de estados en el pasado y desnudó el visceral rechazo por la “plebe idiotizada”. (Daniel Avalos)

Culmina una semana de alto voltaje político. El contexto es conocido: tras un domingo electoralmente negro para la Casa Rosada y un lunes explosivo para la economía nacional, habló Mauricio Macri. Como casi siempre ocurre cuando habla, Macri se desgasta; aunque ahora sus palabras – como ya ocurriera alguna vez también – provocaron que las variables económicas y financieras se dispararan para desgracia de los que vivimos en este país – el nuestro – siempre condenado a sangrar para alimentar la opulencia de los mercados. Mercados a los que Macri buscaba disculpar recordándonos que el país estaba bien el viernes, pero el lunes no, que ello obedecía a que el kirchnerismo triunfante está mal visto en el mundo y que la solución a todo es una “elección” más normal. Para rematar el absurdo, exigió “autocrítica” ¡a quienes ganaron las elecciones!

Todo resultaba tan estrafalario que, mientras el Presidente hablaba, algunos tratábamos de encontrar alguna lógica oculta, algún doble sentido, un segundo fondo, capaz un mensaje críptico astutamente escondido y teledirigido a algún dios salvador. Pero no. Macri estaba simplemente ebrio de frustración y como muchos beodos que beben con avidez, se despojó un poco más de la poca fama y razón con la que contaba. Intoxicación que combinada con otra no menos – la del Poder – confirma que el presidente padece eso que su propio gurú – Jaime Durán Barba – denomina en alguno de sus libros como el “síndrome de Hubris”: un tipo de desmesura que los griegos usaban para referirse a los líderes que se endiosaban, provocando la furia de los verdaderos dioses (en este caso la soberanía popular), que como decía Heródoto castiga a los que presumen de grandeza.

Habrá que admitir, no obstante, que la absoluta sinceridad del Presidente dejó al desnudo un par de coordenadas trágicas. Una de ellas apareció cuando atribuyó el descalabro económico del lunes a que los argentinos votamos mal. Traducido: nuestro voto poco calificado era responsable del desquicio. El razonamiento nos desliza invariablemente a lo acaecido en septiembre de 1930, al golpe de estado protagonizado por un militar salteño de triste memoria – José Félix Uriburu – que no solo inauguró un proceso de medio siglo de interrupciones violentas de gobiernos constitucionales, sino que también dio el marco conceptual para todos los golpes que le siguieron, hasta llegar al más macabro de todos: el de 1976.

Ese marco conceptual quedó estampado en el “Manifiesto Revolucionario”, redactado por Leopoldo Lugones para justificar con palabras las acciones de Uriburu. Leamos a Lugones: “Exponentes del orden y educados en el respeto de las leyes y de las instituciones, hemos asistido atónitos al proceso de desquiciamiento que ha sufrido el país en los últimos años”, decía el “poeta”, en referencia al gobierno democrático que encabezaba el líder radical Hipólito Yrigiyen. Los golpistas son así. Poderosos que siempre están atónitos ante los desquicios que produce la democracia. Ciudadanos que, en nombre de las leyes que violentan y las instituciones que desmantelan, se sentían autorizados a recurrir “a la fuerza para libertar a la nación” y que, según el propio Lugones – esta vez en el panfleto “La hora de la espada” –, eran “Jefes Predestinados” que debían mandar “por su derecho de mejor, con o sin ley, porque esta, como expresión de potencia, confúndese con su voluntad”.

Ese marco conceptual es el que verbalizó el Presidente el lunes pasado. Marco conceptual que en el siglo XX movilizó a la “gente decente” hacia los cuarteles para pedirles a los militares que “enderezasen” lo que la “chusma y los tiranos” habían torcido. He allí la otra coordenada que atraviesa la historia argentina y que estuvo latente en el discurso presidencial: el gorilismo, término que surgió en medio de templadas y largas luchas que enfrentaron al amplio y heterogéneo peronismo original con los sectores más reaccionarios a los que se bautizaron como “gorilas”. Personas que en lo central detestan a los líderes populares, a los que creen dispuestos a cruzar todos los límites para instaurar una tiranía solo posible por la adhesión que genera en las masas populares. Masas populares a las que el gorila aborrece aún más por considerarlas manipulables, con rasgos de turba irracional y que, careciendo de sensatez, son proclives a enamorarse del aventurero o aventurera que mediante engaño enamora a la plebe idiotizada.

Habrá que admitir que, a diferencia del golpismo silvestre del Presidente, que no tiene posibilidades de realización en una Argentina que dijo “nunca más”; el gorilismo de los sectores más duros del macrismo sí logró que miles de gorilas que estaban en el closet hoy reivindiquen su condición de tal sin complejos. Habrá que admitir, incluso, que la conducta se hizo extensiva a sectores medios empobrecidos que asumiendo la arrogancia de los de arriba, buscan evadir la dolorosa certeza de que cada vez se parecen más a aquello que no quieren parecerse.

Lo cierto, finalmente, es que el discurso presidencial del lunes reveló una sinceridad letal de quien hasta hace poco promovía al aire libre y en los organismos públicos talleres de “El arte de vivir”. Esos en donde maestros hindúes enseñan que la buena salud, la fortaleza, el temple y la sabiduría dependen de la buena respiración; aunque hace rato que el Presidente da testimonio de que respira rematadamente mal. El discurso del lunes – insistamos – lo ha confirmado: dio su opinión sobre las elecciones con un tono áspero, mostrándose arrogante y hasta ofensivo; justo como se comportan los “superiores” que no están seguros de su “superioridad”.