Fue uno de los 11 presos políticos asesinados un día como hoy de 1976. Las cartas entre él, su madre y sus hijas, pincela una historia conmovedora del militante y padre de familia en una época signada por el terror de la dictadura en Salta. (Daniel Avalos)*

Con solo dieciséis años y en los tumultuosos años setenta, Soledad Outes padeció una catarata de sucesos macabros en un periodo asombrosamente corto: la detención del padre en noviembre del 74; el exilio fugaz del mismo entre junio y octubre del 75; el retorno a Salta del ser querido que terminó nuevamente encarcelado y su posterior asesinato en julio del 76.

Sin saber muy bien cómo y por qué, Soledad partió a un exilio no buscado y llegó a España en diciembre del 76. Por entonces sólo estaba aferrada a una esperanza: que su padre estuviera viviendo clandestinamente en algún lugar, tal como los militares explicaban la suerte de quienes no aparecían ni entre los vivos ni entre los muertos. “Cuando pienso en aquellos años las imágenes que se me vienen son confusas, como en los sueños”, me relató en la mesa de un café céntrico una mañana fría de mes de julio del año 2013.

Aquella vez, la recuerdo bien, terminó la frase y ahí nomás se retractó para enfatizar que el término adecuado no era “como en los sueños”, sino como en las “pesadillas”. Ni bien hizo la aclaración, uno recordaba esas imágenes que mientras dormimos se empujan unas a otras sin coherencia alguna en medio de una atmósfera gris que lo ensombrece todo y que a ella la atravesaban como una llaga ardiente. Por entonces, ella y su hermana, experimentaron un tránsito sin escalas de la adolescencia a un periodo salpicado de responsabilidades propias de los adultos aunque no pudieron evitar el final trágico de su padre.

Éste se llamaba Pablo Outes y algunas de las cosas que Soledad atesoraba de él, era una serie de papeles que testimonian los últimos años de su vida. Uno de esos documentos es la “Ficha Dactiloscópica de Recluido” con que las autoridades de Villa Las Rosas registraron el reingreso de Outes al penal salteño en noviembre del 75. Allí se informa que el militante que será ejecutado en Palomitas nueve meses después, había nacido en 1929; que su piel era blanca, sus ojos pardos, el pelo lacio y canoso y que incluso carecía de abogado defensor. Esa ficha informaba también otra cosa: que en caso de urgencia y por expresa indicación del reo, los carceleros debían comunicarse con sus hijas Soledad y Rosario.

La primera tenía 16 años y la segunda, 15. La información conmueve y posibilita afirmar que esos años horrorosos aceleraron un tipo de vínculo que probablemente a otros hijos con sus padres suele tomarles mucho más tiempo. Vínculos que finalmente hicieron más insondable el dolor de aquel entonces y que reaparece una y otra vez, en cada una de las cartas que el preso y su familia intercambiaron. Una veintena de intercambios que con entera generosidad Soledad me las compartió aquel julio del 2013 prolijamente encarpetadas y con la rúbrica de un escribano que certificaba que se trataban copias auténticas de las originales.

Querida Soledad…

Una de esas cartas fue redactada desde el penal de Villa Las Rosas el miércoles 8 de junio del 76. El padre informa a sus hijas que la madre de ambas y del menor de los hermanos al que llama Pablito y contaba con siete años, le pidió autorización para que el niño viajase a España en donde su exmujer había decidido radicarse. La partida del menor lo entristece pero la decisión es clara: “Aunque para mí significa una preocupación tenerlo lejos (…) primero está lo que Pablito quiera y le convenga. Así que a Uds., les pido que hablen con él. Y en esa forma mi contestación está dada”.

Otras misivas dan una idea de lo que el niño representaba para el padre. En otra carta que Pablo Outes le escribe a su madre Celestina Saravia desde la cárcel de Devoto el 24 de abril de 1975, le encarga un tipo de flexibilidad que por entonces no eran propias de las abuelas: “Te recomiendo que no lo eduques mucho, como todo chico debe jugar. No te preocupes del estudio a su edad y con su padre lejos es necesario que juegue mucho”. El mismo día, desde el mismo lugar, le escribió también a su hija Rosario. Con un cariñoso “Querida Gordita” por encabezado y tras recordarle la importancia de cultivar la inteligencia, cuidar el físico y recrear el espíritu le pide lo siguiente: “Contáme más cosas de Pablito. ¿Con quiénes se junta, a qué juega, si anda en bicicleta, con quién duerme?”

Pablito es Pablo Outes. Un funcionario de confianza del actual intendente Gustavo Sáenz que hoy debe andar por la edad que tenía su padre cuando éste fue asesinado y que, salvo por la calvicie, tiene un parecido asombroso con el rostro del hombre de la “Ficha Dactiloscópica de Recluido” de noviembre del 75. Allí, el recluido es dueño de una mirada triste, calza una camisa clara, tiene la calva pronunciada y una leve inclinación de cabeza sobre su hombro derecho.

Nunca más ese hombre verá a “Pablito”. Veintiocho días después de haberlo autorizarlo a viajar con su madre a España fue objeto de un “supuesto traslado” junto a otros militantes encarcelados en Villas Las Rosas: Celia Raquel Leonard de Ávila, Evangelina Botta de Nicolai, María Amaru Luque de Usinger, María del Carmen Alonso de Fernández, Georgina Graciela Droz, Benjamín Leonardo Ávila, José Ricardo Povolo, Roberto Luis Oglietti, Rodolfo Pedro Ussinger, y Alberto Simón Zavarnsky.

El “traslado carcelario” había sido ordenado por Luciano Benjamín Menéndez y ejecutado en Salta por quien estaba a cargo de la guarnición local: Carlos Alberto Mulhall. Al llegar al paraje Palomitas los reclusos fueron obligados a descender del camión en que viajaban y tras ser alineados sobre el alambrado rural de una finca fueron ejecutados. Para justificar el acto homicida los asesinos fraguaron una mentira estrafalaria: comandos guerrilleros intentaron rescatar a los reclusos generándose una balacera en donde las víctimas fueron sólo los presos mientras los integrantes del bando castrense no sufrieron un rasguño.

Los cuerpos de Georgina Droz y Evangelina Botta de Nicolai nunca aparecieron porque fueron dinamitados por haber sido altos cuadros políticos de las organizaciones de entonces. Algunos cuerpos fueron recuperados en cementerios tan lejanos como el de Yala en Jujuy, mientras la mayoría se enterraron a cajón cerrado hasta que el retorno de la democracia y el reclamo de las familias permitieron exhumarlos para confirmar el terror y la identidad.

La justicia finalmente llegó pero incompleta cuando en diciembre del 2010 se condenó a los militares Carlos Mulhall, Hugo César Espeche y Raúl Miguel Gentil. Para la hija de Pablo Outes los mencionados eran las figuras arcaicas que se entregaron a una fiereza y un sadismo sin retorno, aunque también exigía que paguen sus culpas los que posibilitaron el horror desde la frialdad de un escritorio. Entre estos ubicaba al ex juez Federal Ricardo Lona quien en 1976 aceptó la versión “oficial de la masacre” y se negó a investigar lo que a todas luces era una mentira. Un juez que en 1984 fue señalado por el mismo Mulhall y el militar Juan Carlos Grande de haber solicitado el supuesto ‘traslado’ que permitió aniquilar a las víctimas.

La corporación judicial y el poder del propio Ricardo Lona garantizaron la impunidad. En el año 2003 el juez federal Miguel Medina procesó a los militares mencionados pero se inhibió de la causa tras la incorporación a la lista de imputados del propio Lona que por entonces seguía siendo juez. La conducta de Medina fue repetida por otros magistrados posibilitando la típica dilación judicial que permitió a Lona gozar de una tranquilidad asombrosa.

El último viaje

La vida de los Outes y la de Ricardo Lona se cruzaron antes de la Masacre de Palomitas. Cuando el primero retornó de su corto exilio en Venezuela se presentó ante la Policía Federal en compañía de quien ya era juez. Fue el principio del fin de una historia que había empezado un año antes cuando el primero fue detenido acusado de ser un subversivo que planificaba atentados, el copamiento de una guarnición militar y el rescate de detenidos políticos.

En medio del clima ya enrarecido por los atentados de la Triple A, Outes  protagonizó en noviembre de 1974 algo que varios consideraron una imprudencia: se dirigió al aeropuerto El Aybal para recibir los restos de Aníbal Puggioni. Se trataba de un militante del Frente Revolucionario Peronista, una agrupación con referentes locales y cierta presencia en el norte del país y cuyo brazo armado era el Ejército de Liberación Nacional. El “Frente” fue de los primeros grupos salteños en ser “golpeados” por la represión ilegal. Ante ello, Puggioni huyó a Buenos Aires pero fue secuestrado en Palermo por la “Triple A” y su cuerpo apareció maniatado en el Riachuelo con el rostro mutilado y dos disparos. Algunos militantes de los setenta aseguran que Outes militaba en esa organización, otros insisten en que lo hacía en el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Lo indudable es que Outes era de origen radical, ocupó una banca en diputados por ese partido y experimentó un proceso de radicalización política que fue común entre los militantes de aquellos tiempos.

Las cartas que Soledad conserva, confirman que entre noviembre del 74 y junio de 1975 si padre estuvo detenido en Villas Las Rosas, la cárcel de Devoto, Rawson y el penal de Resistencia. También que accedió a la opción de abandonar el país voluntariamente, una herramienta contemplada en la Constitución (art. 23) con la que Isabel Perón y José López Rega se deshacían de los indeseables. El mecanismo era sencillo: aprovechando el estado de sitio y la suspensión de las garantías constitucionales pero careciendo la presidencia de facultades para aplicar penas, sí podía arrestar y trasladar a los detenidos de un punto a otro del país si estos preferían no salir del país.

Pablo Outes accedió al beneficio en mayo del 75. Optó por Venezuela y desechó Francia porque creía que el primer destino facilitaría el reencuentro con los hijos. Su obsesión con los chicos era eso, una obsesión. En carta a su hermana Josefina del 17 de abril de ese año, desde la cárcel de Devoto le pide que los dólares le sean enviados por alguien porque ignora cómo se opera con las trasferencias bancarias; pregunta si será posible que viaje con él alguna de sus hijas y pide detalles sobre la situación de Pablito “ya que con las chicas no tendré problemas”. Sobre la respuesta de la hermana nada sabemos. Sí que en la misma carta Josefina realizó una serie de anotaciones que revelan las urgencias del momento. En el margen derecho de la hoja anotó: “Viaja el jueves 24. Llevar la valija el 23”. La parte inferior de la misma fue ocupada por cálculos cambiarios: “720 dólares = 1.880 bolívares. Comprados a $2.778 c/u, lo que hace en moneda nacional vieja $2.000.160”.

Soledad recordó en aquel encuentro con quien escribe que cuatro o cinco meses después de esa partida recibió un llamado. Una voz anónima le informaba que el padre estaba en Salta y le preguntaba si quería verlo. Soledad pensó poco la respuesta y rechazó la invitación. Había sido advertida por su mismo padre que nunca accediera a invitaciones de ese tipo en nombre de nadie. Si la anónima invitación era bienintencionada o no, es algo que ella nunca pudo corroborar aunque el padre efectivamente había vuelto: el 2 de noviembre de 1975, a las 2,40 de la madrugada, se presentó a la Policía Federal en compañía del juez Ricardo Lona. Juez que meses después recibió una carta del mismo Outes quien le informaba que su retorno obedeció a que fue enviado al exterior con una visa de turista y exigía que su situación procesal se aclarara. El final de la historia ya lo sabemos.

La madre

Antes del retorno final, el intercambio epistolar también involucró a la madre de Pablo Outes: Celestina Saravia. Sin pretensión alguna de grandeza, dueña de una lucidez descarnada que contrapone con fervor al idealismo de su hijo, Celestina redacta una breve y potente carta con un solo objetivo: impedir que en su hijo crezca  la decisión de retornar al país desde Venezuela. Fechada en agosto de 1975, la madre evita los atajos y va al grano: “Querido hijo. Por tu carta a los chicos veo que estás bien, me dejó pensando lo que dices que echas de menos a tu familia y a tu patria, veo que tu intención es volver lo antes posible; yo no lo deseo…”.

La situación se adivina terrible. Pablo Outes, el militante, el que no puede vivir sin el contacto con los suyos y el que siente que le debe más sacrificio a la patria, se encuentra con la férrea oposición de una añosa mujer en la que anida un solo objetivo: salvar la vida de los suyos. Las palabras más duras de esa mujer se explican por esa urgencia: “…que sean otros los patriotas, ya nosotros sufrimos demasiado, ya no podría sobrevivir la más mínima pena”. Celestina, en definitiva, no quiere que la patria le arrebate al hijo y para lograrlo no duda en recriminarle sus intenciones y hasta su propia historia. Como muchas madres de muchos militantes, Celestina le recuerda que sus esfuerzos nunca lo recompensaron: “Después de tan larga ausencia tienes que haber pensando mucho y verás que tu idealismo no te ha proporcionado nada más que dolores”. Su consejo final es que Pablo empiece una vida “…tranquila de trabajo y cordura y con un poco de egoísmo”.

El desesperado pedido es el resultado de un diagnóstico que no carece de muy buenas razones. Con las palabras propias de quien nunca ha teorizado la política la mujer concluye un hecho teórico poderoso: los “ideales” llevaron a Pablo Outes a negar la realidad política del país que él tanto quiere. Quien posiblemente nunca se interesó por la política, quien seguramente nunca se entregó al ejercicio de evaluar las correlaciones de fuerzas entre los actores de esa política, quien indudablemente nunca ha sido parte de una conducción partidaria le transmite con firmeza al militante algo simple y fundamental: “…pensá que por ahora la Argentina está liquidada y pasará tres o cuatro años y entonces será todo distinto, pero por ahora ni pensarlo…”

De ese hecho teórico la mujer extrae su advertencia: si vuelve cometerá una equivocación que resultará letal. Si él vuelve, le dice, sólo lo hará para terminar otra vez preso. De allí el pedido perentorio: “no insistas sobre esto que sabes sería una fatalidad…”. Pero él vuelve. Seguramente entendió las razones que su madre le expuso pero él era otra cosa: un militante que interpretó el fin político del asesino José López Rega en el 75 como síntoma de que las cosas podían cambiar cosa que efectivamente ocurrió pero para peor.

Pero volvamos al intercambio epistolar entre madre e hijo que como pocas cosas representa la particular forma de la tragedia argentina en ese momento: el enfrentamiento de lo bueno contra lo bueno; de lo justo contra lo justo; la lucha materna por la supervivencia de la familia versus la convicción del hijo de que en el progreso del todo reside la condición de posibilidad de la plenitud familiar. Lo uno y lo otro son las caras de una misma cosa, aunque la trama tendrá un final no deseado para los protagonistas porque la atmosfera que lo envolvía todo era una dictadura sofocante y asesina decidida a ajustar cuentas con quienes quisieron democratizar y socializar al Estado.

La última carta

“Hola mi Soledad Querida. Por cierto que la única ´Soledad´ en el mundo que quiero sos vos, no sabes cuánto te extrañe ayer que no viniste. Rosarito me explicó los motivos; estás disculpada (…) Yo continúo bien, pensando y planificando un futuro que fundamentalmente les dé tranquilidad y alegría a mis tres amores Rosi, Sole y Pablo (…) Pedro López tiene que entregarme dinero de la venta de carbón, de ahí te daré para el viaje de julio”.

Esa carta está fechada en Villas las Rosas el 26 de mayo de 1976. El viaje de julio al que hacía referencia era el que Soledad debía realizar con otros egresados de la secundaria. Fue en julio. El mismo mes en que el padre fue ejecutado, cuando la saña militar ya en el poder se adueñó de la vida de miles de argentinos.

No hubo más visitas a la cárcel ni intercambio epistolar. Tampoco una explicación a las hijas sobre lo ocurrido. Solo un fin de curso del que Soledad recuerda poco y un viaje a las apuradas que la depositó en Madrid. La derrota política de Outes y tantos miles se había concretado. Los hijos lo supieron por la ausencia irreparable. También porque la irreverencia de los Outes de querer arrebatarle la historia a los poderosos para entregársela a los de abajo, mutó en una situación en donde los verdugos terminaron determinándoles a ella y los suyos el resto de sus propias vidas. “Yo me sentía como una pluma arrastrada por el viento”, decía Soledad en aquel café céntrico en donde se concretó el encuentro.

La frase me estremeció entonces y lo sigue haciendo hoy. Una similar fue estampada por el poeta Juan Gelman en algún libro refiriéndose al exilio: “Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire”. Así, como el clavel del aire, como la pluma arrastrada por el viento, fueron miles los que debieron preguntarse qué carajo hacer con lo que los verdugos hicieron de ellos.

*Éste artículo fue publicado por el autor en cuarto.com.ar el 6 de julio de 2018