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Los idus de marzo | Ragone y las tensiones del peronismo: valores, cargos y proyectos

El 11 de marzo de 1973, Miguel Ragone se impuso de forma contundente en las elecciones que lo consagraron gobernador. El mismo día de 1976 era desaparecido por un grupo de tareas. (Daniel Escotorin)

Los idus de marzo correspondía al día 15 y era un día de buenos augurios en el calendario romano, así por lo menos lo esperaba Julio César aunque en realidad le habían presagiado algo malo “cuídate de los idus de Marzo”. El victorioso general romano no los tomó en serio puesto que no sabía de la conspiración que estaba en marcha y que terminaría costándole la vida. Los idus de marzo quedaron en la historia como esos días que de forma impredecible e inesperada se desatan hechos trágicos, conmocionantes. Lo inesperado no significa fatalidad ni casualidad, sino el encadenamiento de hechos que concurren por los pasajes oscuros y subterráneos de lo público y de los factores cotidianos y notorios de las vidas de las personas, de la política.

En 1976 marzo era un mes cargado de los presagios más funestos, cada día, cada hora que transcurría en Argentina parecía deslizarse sin solución hacia un abismo tan negro como desconocido: los ruidos de sables, de botas y pasos marciales ya no era una rutina de cuartel, las puertas de éstos comenzaban a abrirse ante la expectación de todos, la democracia que había renacido tres años antes con la esperanza de un nuevo sistema, de una liberación ansiada era ahora un pobre espectro sin forma ni contenido.

¿Qué pasó con esos sueños de emancipación nacional y de igualdad, con las banderas de socialismo y justicia social? Enormes malentendidos que llevaron a tener que resolverlos de formas virulentas, en todo caso, la sociedad venía a intentar resolver el dilema inconcluso que los sucesivos gobiernos militares y democracias tuteladas desde 1955 no pudieron hacerlo: Cómo eliminar al peronismo, el hecho maldito que cometió la insolencia de soliviantar al mundo plebeyo. Proscripto desde 1955, perseguido, encarcelado, silenciado, fusilado el movimiento peronista con todas sus contradicciones, sus valentías y heroísmo, pero también sus traiciones y defecciones sobrevivió para volverse más fuerte. Desde su exilio madrileño el líder del conjunto, el general Perón aun en vida ascendió a la categoría de mito, el personaje al que todo peronista anhelaba ver y escuchar. Perón comenzaba a convertirse en el mito de la revolución inconclusa, el socialismo nacional; la juventud y los sectores combativos, los más leales lo piensan y van en esa dirección. La lucha no es por el retorno democrático únicamente, es por mucho más, aunque no todos creyesen lo mismo, ni el propio Perón. En ese contexto surge en Salta una fracción del peronismo que contiene esos ideales, piensa en una provincia libre de la oligarquía que ni siquiera con el peronismo desapareció, es más se había enquistado en su interior y allí estaba rozagante, viva. Pero ese entonces parecía todo distinto. Era una oportunidad histórica.

Entre quienes pensaron de esa manera con total honestidad política y puso el cuerpo en esa dirección estaba Miguel Ragone. Medico neurólogo y que colaboró con otra gran figura política y médica, el ministro de Salud de Juan Domingo Perón, el doctor Ramón Carrillo. En 1972 Argentina se encaminaba hacia una nueva etapa de recuperación democrática esta vez plena. Después del golpe de 1955, 1962 y 1966 todos con el fin de evitar el retorno del peronismo, esta vez la dictadura de Onganía, Levingstone, Lanusse se repliega ante el avance de las luchas populares y una reacción política expresada en forma de lucha armada. La dictadura cede y busca una normalización institucional que frene el ímpetu revolucionario y permitiría que el peronismo, más no Perón, participase de las elecciones del 11 de marzo de 1973. Ante esto designa como candidato del Frente Justicialista de Liberación (FREJULI) a su delegado Héctor José Cámpora. Ragone impulsa su candidatura a gobernador desde la Lista Verde que agrupaba a los sectores progresistas y de la izquierda peronista junto a otros del peronismo histórico: el propio Ragone, Ricardo Falú, Ernesto Bavio, Armando Jaime entre otros y también el apoyo de organizaciones y sectores del peronismo revolucionario: la JP Regionales, Montoneros, el Frente Revolucionario Peronista y otras organizaciones menores. Esto le valió el mote de “lista sandía”, verde por fuera, rojo por dentro, un verdadero estigma que en esos tiempos en el peronismo era como un sello de fuego: tildar de comunistas o marxistas era la punta de lanza para la segura acusación de “infiltrados” que no tardaría en llegar. Al frente sus adversarios internos pronto devendrían en enemigos desembozados: la lista Azul Blanca de Horacio Bravo Herrera, Juan Carlos Cornejo Linares, Armando Caro, Dante Lovaglio; la Coalición del Interior de Rivas Lobo; el grupo Reconquista de Armando Caro Figueroa, Santos Jacinto Dávalos y en un segundo plano pero pivoteando por los distintas listas un recién llegado al peronismo, el propietario del ex diario del Partido Peronista El Tribuno, Roberto Romero, quien desde un principio llamó a sabotear la candidatura y campaña de Miguel Ragone. Sería su primer paso en su disputa personal, no la última ni la más enérgica.

Amistades peligrosas

Miguel Ragone se impone como candidato a gobernador, pero las implicancias que rodearon a su elección abrieron oscuras brechas en el movimiento, resentimientos que no cerrarían, adversarios devenidos en enemigos y un frustrado FREJULI. Con escasos y dudosos apoyos internos ese 11 de marzo de 1973 el peronismo triunfó en Salta con cifras históricas acompañando la victoria de Cámpora, pero ese triunfo incubaba el virus de mayores rencores y maquinaciones. El gabinete del nuevo gobierno estaba conformado por dirigentes de confianza política para Ragone, que debían acompañar ese nuevo proceso de liberación nacional y social, entonces prescindió de acuerdos y de aperturas por el solo hecho de ampliar consensos que limaran diferencias; el “terco Miguel” era apodo que sus cercanos le habían puesto pero su terquedad era masa de principios, valores, honestidad y ética política de plena transparencias. Le iba la vida en eso…

La gestión de los gobiernos nacional y provincial peronistas estaban en el contexto de la resolución de una crisis orgánica del capitalismo argentino, gobierno y movimiento peronista se convirtieron en el continente de la lucha de clases nacional donde el propio peronismo contenía las contradicciones generales del país. La derrota de unos y triunfo de otros marcaría el rumbo futuro de Argentina.

Los conflictos que se van desatando en la provincia son a la vez la cantera de acumulación de los enemigos internos del gobernador: el conflicto por la toma de la CGT (junio – julio) fue enajenando a los principales dirigentes de la central obrera y de las 62 Organizaciones; tras el triunfo contundente de la fórmula Perón –Perón en setiembre, renuncia de Cámpora y presidencia provisional de Lastiri mediante, Montoneros ejecuta al secretario general de la CGT José Ignacio Rucci; en Salta el sindicalismo marcha por el centro de la ciudad para luego tomar la Casa de Gobierno en Mitre 23 y exigir la renuncia de Ragone. La intentona será un tiro por la culata ya que el apoyo que tenía era muy grande: la JP, sindicatos, unidades básicas, centros vecinales, la izquierda que se movilizarán rodeando la Casa de Gobierno, Ragone tendrá que garantizar la seguridad de los nuevos sitiados al abandonar el edificio: Bravo Herrera más dirigentes de la CGT y las 62 salen humillados de esa situación. En 1974 entre febrero y mayo la ofensiva contra el gobierno provincial fue abierta y frontal con huelgas y declaraciones como “persona no grata”, exigencias de renuncia, denuncias de infiltración marxista, de gobierno montonero. El arco opositor es ya amplio y compacto: la CGT, las 62 organizaciones, el Consejo provincial del PJ, la lista Azul y Blanca, Reconquista, la Juventud Sindical Peronista (JSP), y el diario El Tribuno (Roberto Romero) que llega a adherir a una huelga general y no salir su edición diaria mientras el Sindicato de Canillitas apoyaba a Ragone. “Ragone o Perón» era su consigna y tenían el apoyo de la derecha peronista a nivel nacional que aún estaba frenada por el propio Perón. A la muerte de este, el 1 de julio de 1974, el gobierno provincial entraba en su recta final, era cuestión de tiempo y eso ocurriría en noviembre cuando se decreta la intervención federal con la firma de la presidente María Estela Martínez. El interventor, el cordobés Alejandro Mosquera provenía de la dura derecha peronista de su provincia que golpe policial mediante había derribado a Ricardo Obregón Cano.

Si hemos servido volveremos…

Con estas palabras se despidió Ragone al entregar su gobierno y esas palabras no quedaron en el olvido, flotaron en el aire político salteño durante los meses siguientes: una premonición, una amenaza, un aviso.

Mientras, todos sus adversarios que habían hostigado a su gobierno comenzaron a franquear las puertas de los organismos de gobierno para ocupar diversos cargos. En aquellos días aciagos de intrigas y conjuras, desde el diario El Intransigente ironizaba un columnista sobre las reales causas de los oponentes y le sugería: “métalos en el presupuesto gobernador”, o sea, deles cargos. Lo real es que a la “depuración ideológica” que inicia la intervención en todos los ámbitos públicos le sigue un avance de los sectores y personajes más reaccionarios del peronismo y la derecha: la cúpula policial, la sindical, política se vuelca hacia la derecha en consonancia con el giro del gobierno de Isabel Perón. Redadas, allanamientos, detenciones, torturas, atentados y ejecuciones están a la orden del día. Ragone que ha vuelto a su vida médica no deja de ser observado por el poder, un intento de retorno a la política se frustra por una amenaza de bomba, sus colaboradores estaban detenidos o debieron salir del país.

Se había negado a transar con el conservadurismo salteño, mantuvo una intransigencia que era una rareza en el multiforme movimiento peronista pero su ética y honestidad política y personal le sirvieron para sortear esa pequeña unidad de construcción política: la lista verde. Con eso ganó y mantenía un reconocimiento aun de sus opositores, pero también el odio. Construyó desde valores innegociables para él, su proyecto era claro e irrenunciable, no había dobleces en sus palabras. Era demasiado para una clase política acostumbrada a las deslealtades, sigue siendo demasiado. El peronismo quedaría en manos de la renovada oligarquía quizás ya sin tantos apellidos resonantes y nuevos plebeyos arrimados más los típicos servidores fieles y algunos que otros resistentes al nuevo cielo y sus guardianes que pululan embarrando la memoria.

Le habían advertido sobre lo que se venía sobre el país, sobre su riesgo y lo desdeñó. El domingo 14 de marzo de 1976 se elegirían autoridades del PJ salteño y Ragone tenía todas las fichas para ganar y sus enemigos no se permitirían semejante humillación; los idus favorables de marzo se trastocarían ese emblemático 11 de marzo. A tres lejanos años de ese inolvidable triunfo, los chacales del terror se echaron sobre el mejor y más grande dirigente que tuvo Salta en el siglo XX para desaparecerlo y fracasaron.

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