En la novela, Marcelo Figueras reconstruye la creación de “Operación Masacre”. Muestra a un Rodolfo Walsh a medio cocinar que empieza a forjar su leyenda.

“¿Qué es un periodista sino un detective que escribe?”, dice un joven Rodolfo Walsh en «El negro corazón del crimen», de Marcelo Figueras, la novela que mezcla ficción y realidad para relatar el proceso creativo de Operación Masacre, uno de los libros más importantes del periodismo argentino.

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El libro, que apareció en este año en el que se cumplieron cuatro décadas de la desaparición de Walsh, muestra a un joven escritor de policiales que por fruto del azar se topa con la historia de su vida: los fusilamientos de doce personas en José León Suárez, el 9 de junio de 1956, por parte del aparato represivo del Estado. Figueras reconstruye la historia desde esa madrugada y avanza por los distintos momentos clave de la investigación, incluída la noche en la que se pronunció la famosa frase “hay un fusilado que vive”.

Pero para un periodista no alcanza con tener una buena historia. Hay que saber contarla, luchar contra los propios demonios de la escritura, organizar el trabajo para presentar la noticia de la manera más clara posible y, quizás lo más importante, tener dónde publicar. Walsh tenía un dato, podía decir que el gobierno había reprimido y fusilado a civiles, pero necesitaba mucho más que eso. Debía reconstruir los hechos de una madrugada que, de conocerse, perjudicarían a los más altos cargos. Tenía que luchar contra el miedo de los testigos y la censura que querían imponer los implicados. Además, necesitaba convencer a los medios. En el libro, los diarios más importantes no lo ayudan. No le quieren publicar la historia. Tienen miedo de las represalias. “Acá hablamos de villanos de carne y hueso. Gente de mucho poder, con la billetera gorda y el garrote inquieto”, le dice un editor.

“De ser necesario, haré copias mimeografiadas y las repartiré en la calle. Esto no puede quedar así. Si me planto con la excusa de la prudencia voy a terminar siendo, en la práctica, cómplice de los criminales que quiero denunciar”, dice Walsh en el libro y es inevitable pensar en ANCLA, la Agencia de Noticias Clandestina, que el periodista llevó adelante en los setenta, cuando ya era miembro de Montoneros y la dictadura de Videla lo había obligado a recluirse. Figueras juega con el futuro legendario que construirá Walsh pero también con inseguridades y errores propios de un periodista cualquiera que todavía no está convencido de lo que quiere.

Además de Walsh, o “Erre”, como aparece nombrado en casi todo el libro; el protagonismo de El negro corazón del crimen es para Enriqueta Muñiz, la periodista con quien llevó adelante la investigación. El viejo rumor nunca comprobado sobre si hubo “algo más” entre ambos se hace realidad aquí.

La destrucción del matrimonio es otra de las historias que se cuentan en esta novela. Walsh y Muñiz pagan un precio alto por llevar adelante su obsesión. Pero nunca dejan de escribir. Nunca se quedan quietos: investigan, van a los lugares, hablan con la gente, revisan los archivos, convencen a los miedosos, se las ingenian para lograr lo que parecía imposible.

El final es ambiguo. Parece feliz, porque, como todos saben, Operación Masacre se publicó, primero como artículos periódicos, luego como libro. Pero esa sensación queda en cada lector. Especialmente si se relaciona esta historia entretenida con lo que verdaderamente pasó con Walsh, desaparecido desde el 25 de marzo de 1977. Lo único inobjetable de esta obra es que, como dijo Messi, el talento no sirve de nada si no hay trabajo.