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Pelayo Alarcón, el bandolero: amedrentó a la policía salteña y fue inmortalizado por el “Cuchi” Leguizamón y Manuel Castilla

Dejó huellas históricas en Salta y Tucumán entre 1922-1925. Excelente tirador, anarquista, escapista, desafiante del poder y un fuera de la ley, todo en la perspectiva una forma de protesta social primitiva. (Carlos Abrahan)

Destacado en las obras teatrales de bandoleros de Edelmiro Avellaneda a principios del siglo XX en Salta, mimado en la zamba “La Pelayo Alarcón” de Gustavo Leguizamón y Manuel J. Castilla de 1961 -interpretada por Los Fronterizos-, nombrado en la canción “Bandidos Rurales” de León Gieco, estudiado por historiadores; ¿Cuál es la historia de Pelayo Alarcón?

Los orígenes de Alarcón son inciertos. Nació en 1900, para algunos investigadores es paraguayo, para otros chaqueño, jujeño o tucumano y para otros salteño. Su prontuario señalaba profesión peluquero, usaba vestimenta de gaucho y pañuelo al cuello que cubre los hombros; “fama de excelente tirador, y manejaba con singular destreza su Winchester” señala la historiadora María Inés Garrido de Solá.

Ayudando desde el exterior de la cárcel de Tucumán a la fuga de Andrés Bazán Frías y Martín Leiva, Alarcón hace su aparición en 1922. Leiva fue capturado, pero Alarcón y el tucumano Bazán escaparon a Salta donde asaltaron una finca, robaron un caballo y se tirotearon con la policía en Rosario de Lerma. El historiador Marcelo Agüero Urquiza señala que la amistad se profundizó “porque existe el mito que Bazán le trasmite a Alarcón ideas anarquistas”. Luego, cada bandolero sigue su propio camino.

En 1923, en Tucumán, muere ultimado por la policía Andrés Bazán Frías; el historiador Hugo Chumbita marca que a muchos bandoleros “en torno al lugar donde murieron violentamente en manos de la autoridad, acceden promesantes con sus ofrendas para agradecer el milagro que concede el Santo”. Bazán Frías fue santificado por el pueblo. No sabemos en qué circunstancias, pero Pelayo Alarcón estaba privado de su libertad en la cárcel de la ciudad de Salta, donde se enteró de la muerte de su amigo, mientras planificaba su fuga.

De manera cinematográfica, en junio de 1924, a plena luz del día dentro de una bolsa de basura que el carrero retiraba de la cárcel se fuga de la prisión de Salta Pelayo Alarcón. Lo buscan por todos lados, sin poder capturar. Mientras tanto, según la prensa escrita salteña, el Pelayo fundó su propia banda: una gavilla formada por Segundo Arraya, Antonio Díaz y Norberto Figueroa. En la provincia de Salta donde el gobernador radical Adolfo Güemes (1922-1925) afronta una crisis política por las divisiones de su partido, y la fisura entre los conservadores que lo habían apoyado en el inicio de su mandato de la mano Robustiano Patrón Costas.

En diciembre de 1924, la banda de Pelayo aparece en las cercanías de El Tabacal tiroteándose con la policía comandada por el Subcomisario Nabor Frías. En la localidad está emplazado el Ingenio de los poderosos Patrón Costas, lugar de explotación, donde se sometía a los trabajadores indígenas con la ayuda de la policía. Los bandoleros llegaron por estos lugares, dicen algunos, buscando liberar a un preso de la comisaria de Orán; otros, por el movimiento de dinero en la zona. En ese sentido, los grandes comerciantes exigían al Jefe de Policía, Lucio Ortiz, tome medidas urgentes en contra los bandoleros frente a la posibilidad de ser asaltados.

El primer día de 1925, la banda de Alarcón asalta el obraje de Gronda y Cía., en Pichanal, donde toman un rehén, hieren una persona y se dice que matan a otra. Luego, advertidos por el maquinista del ferrocarril los bandoleros ganan posición favorable en las cercanías de la Estación Manuel Elordi de Embarcación donde se produce un intenso tiroteo con la comisión policial liderada por Nabor Frías que tiene como consecuencia la muerte del rehén y los agentes de policía Nicolás Córdoba y Manuel Burgos. Muy herido el subcomisario Nabor Frías es trasladado a la ciudad de Salta.

El 10 de enero la policía sorprende a la gavilla en “La Junta del San Antonio” y en la balacera cae muerto el bandolero Segundo Arraya alias “El mono”, mientras Pelayo Alarcón y Díaz se escapan por los montes. Señala el historiador Agüero Urquiza que la policía traslada “el cadáver del “mono” a Orán y apenas es enterrado su tumba comienza a llenarse de velas, puestas por promesantes pobres, ingresándolo, hasta hoy, dentro del panteón de las devociones populares”.

Días después, numerosos policías se balean con Alarcón y Díaz en el paraje de Solazuti en el norte salteño, los bandoleros huyen abriendo fuego matando al sargento de la policía Joaquín Albornoz. Habiendo acudido policías de Salta y del Valle de Lerma a Orán, y todos los vigilantes de la región en alerta, no se sabe cómo escaparon de la persecución: se supone, polizones en un tren y probablemente auxiliados por los pobladores.

El 1 de abril de 1925, encontramos a Pelayo Alarcón, con 25 años, en un barrio popular de San Miguel de Tucumán en una sociedad que transita una crisis de la industria azucarera. El historiador Agustín Haro nos enseña sobre sus últimas horas; la policía lo persigue junto a dos cómplices dedicado a la falsificación de billetes; Alarcón queda acorralado y rodeado por gran número de policías, con el gobierno provincial de la radicales personalistas siguiendo los sucesos. Ante la afluencia de vecinos, la policía actúa rápidamente abatiéndolo con un certero disparo de fusil en la cabeza. Las autoridades dejaron correr la noticia de que se había suicidado. El Pelayo había dicho en algún momento: “Antes que preso, muerto”.

En todo caso ingresar a una prisión en esos años era ir a parar a un “bodegón sucio de última categoría”. Lugar violento y horroroso; con funcionarios corruptos y una organización penosa. Donde las condiciones de vida eran deficientes y casi todos los reclusos tenían enfermedades infectocontagiosas. Es decir, lugares de muerte.

Los anarquistas del diario “La Protesta”, en 1925, defienden a Alarcón y critican duramente a los socialistas por su opinión sobre el tema; dicen: “los hechos de Alarcón en las provincias… fueron encuentros con la policía, en los cuales se defendió de las agresiones a balazos, en los que la policía sacó la peor parte… Y esos hechos no pueden ser calificados de crímenes, no siendo por los soplones socialistas”, continúa el diario “(para los socialistas) un hombre que se defiende a tiros de la jauría policial, no puede ser otra cosa que un ´desgraciado víctima de una pésima educación´, un ´delincuente desde la infancia´. Pero reparemos en la diferencia que existe, en el abismo moral que hay entre éste y un socialista, cretino desde la infancia y alcahuete desde que aprendió a hablar”.

El escritor francés Stendhal nos ayuda con la siguiente imagen: “todo el mundo teme encontrarse con unos bandidos; pero en cuanto son víctimas de castigos, todo el mundo les compadece. Y es porque el pueblo, tan fino, tan burlón (…) hace su lectura habitual de pequeños poemas que cuentan con pasión la vida de los bandidos más famosos. Lo que hay de heroico en esas historias maravilla la fibra artística que vive siempre en las clases bajas, y por otra parte, están tan cansados de las alabanzas oficiales dadas a ciertas personas, que todo lo que no es oficial en ese aspecto va derecho a su corazón”.

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