sábado 2 de marzo de 2024
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Historia política | De vices presidentes, dictadores y patrones de estancia salteños

Los cuatro que estuvieron en el centro de la escena política nacional formaron parte del periodo en donde las oligarquías conducían mediante el fraude y la fuerza los destinos del país. (Gonzalo Teruel)

El primer vicepresidente de la nación nacido en estas tierras fue José Evaristo Uriburu (1831-1914) que acompañó a Luís Sáenz Peña en la fórmula del Partido Autonomista Nacional en 1892. Después de estudiar leyes en Chuquisaca (Bolivia) y doctorarse en la Universidad de Buenos Aires volvió a Salta donde fue diputado y convencional constituyente y, además, empresario periodístico como fundador del diario El Comercio. Años después ocupó un puesto en la embajada argentina en Bolivia pero regresó al país y luego de ejercer el cargo de ministro de Gobierno fue elegido diputado nacional.

Como presidente de la Cámara de Diputados mostró condiciones políticas y fue convocado por el gobierno de Bartolomé Mitre para ser ministro de Justicia e Instrucción Pública. También fue procurador del Tesoro de la Nación y juez Federal de Salta hasta que fue nombrado embajador en Bolivia dónde integró una misión de mediación sobre las consecuencias de la Guerra del Pacífico y fue árbitro entre Bolivia y Chile donde más tarde también cumplió tareas diplomáticas.

Municipalidad de Salta

“En 1892, tras una complicada negociación entre Julio Argentino Roca y Bartolomé Mitre, fue nombrado candidato a la vicepresidencia, acompañando a Luis Sáenz Peña” indica Horacio Guido en su libro “Secuelas del unicato” y explica que la incapacidad del presidente para “resolver la complicada política de su tiempo que incluyó la revolución de 1893 lo llevó a la renuncia, por lo que Uriburu debió asumir la presidencia el 23 de enero de 1895”. En efecto, hasta el 12 de octubre de 1898 ejerció la primera magistratura y entregó el bastón de mando al tucumano Roca.

En su paso por la presidencia dejó algunas importantes obras públicas como el Museo Nacional de Bellas Artes, el primer edificio de la Facultad de Medicina de la UBA, la Escuela Industrial de la Nación hoy llamada Otto Krause, y el comienzo de las obras para la construcción del nuevo palacio del Congreso Nacional.  Sofocadas las revoluciones radicales y las campañas contra los pueblos originarios del sur, Uriburu organizó las fuerzas militares bajo las hipótesis de conflictos bélicos con Chile y Brasil. Siendo senador para el período 1901-1910, ocupó interinamente y durante unos pocos días la presidencia en 1903. Un año después fue candidato a presidente pero lo derrotó Manuel Quintana.

El vice del Centenario

En 1910, otro salteño llegó a la vicepresidencia: Victorino de la Plaza (1840-1919). El abogado y militar nacido en Cachi acompañó a Roque Sáenz Peña en el binomio del Partido Autonomista Nacional. Su historia anterior es singular. Hizo la escuela primaria en una institución pública y junto a su hermano Rafael, que llegó a ser gobernador de Santiago del Estero, vendió diarios, jabones y empanadas hasta que fue becado por el gobierno de Justo José de Urquiza para cursar en el Colegio del Uruguay, Entre Ríos, dónde fue compañero de Julio Argentino Roca.

Ya en Buenos Aires y como estudiante de filosofía comenzó a trabajar en la Contaduría Nacional pero abandonó todo y se sumó a los batallones que participaron de la infame Guerra de la Triple Alianza siendo galardonado por el gobierno de Uruguay por su desempeño en los combates de Estero Bellaco y Tuyutí y ascendido al grado de capitán por el presidente Bartolomé Mitre.

Su promisoria carrera militar se frustró por problemas de salud pero de nuevo en Buenos Aires y como estudiante de abogacía fue apadrinado por Dalmacio Vélez Sarsfield y participó de la redacción del Código Civil. Después fue abogado de bancos y diplomático apostado en Londres donde, en 1890 y por encargo del presidente Carlos Pellegrini, renegoció la deuda externa del país.

Ya como vicepresidente debió reemplazar a Sáenz Peña que solicitó una licencia por enfermedad de la que nunca pudo volver. En su breve gobierno creó la Caja Nacional de Ahorro Postal, impulsó la sanción de las leyes de Accidentes de Trabajo y de Casas Baratas para empleados y obreros, y reglamentó la ley de voto universal secreto y obligatorio que posibilitó la llegada de los sectores populares al gobierno. Además, declaró la neutralidad argentina en la Primera Guerra Mundial.

A partir de fuentes poco precisas, la enciclopedia virtual Wikipedia rescata una anécdota de su paso por la presidencia. Estando la Casa Rosada en reparaciones recibió en su domicilio particular y con una comida al presidente de Brasil, Venceslau Brás, y al día siguiente llamó a su ama de llaves para entregar cheques personales para el pago a los proveedores. “Señora, falta la cuenta de los vinos” dijo de la Plaza a la mujer que le respondió que “como era una comida oficial, se trajeron los vinos de la bodega de la Casa de Gobierno”. La repuesta del salteño fue inapelable. “Señora, en mi casa el gobierno no paga los vinos. Vaya al almacén y reponga a la bodega las botellas que se consumieron”, espetó.

Sin hijos que lo hereden dejó dineros, libros y mapas a la UBA, a los hospitales de Salta y a la Biblioteca Pública de Cachi. Es considerado el último presidente del período conservador y, de hecho, entregó la banda presidencial a Hipólito Yrigoyen en medio de una ovación.

De dictadores y patrones de estancia

Otros salteños también estuvieron en el centro de la escena política. El 6 de septiembre de 1930 José Félix Uriburu (1868-1932) inauguró la más deleznable de las prácticas políticas del siglo XX argentino: el Golpe de Estado que el salteñó dio contra el gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen.

Mucho antes pero ya como militar había mostrado aires golpistas al formar parte del Grupo de los 33 Oficiales que colaboró con la revolución radical de 1890 y jaqueó al presidente Miguel Juárez Celman. Posteriormente, colaboró con su tío José Evaristo y con los presidentes Luis Sáenz Peña y Manuel Quintana para sofocar las revueltas radicales hasta que en 1907 fue nombrado director de la Escuela Superior de Guerra y enviado a Alemania para perfeccionarse en programas de entrenamiento militar y equipos. Allí conoció las doctrinas totalitarias europeas como el fascismo y el nazismo de las que se hizo seguidor y que le valieron el mote de “Von Pepe” con el que sus compañeros de armas lo llamaban mientras conspiraba para derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen.

Su breve presidencia se caracterizó por el intento de reinstalar una argentina conservadora pero de corte fascista que, por ejemplo, contemplara el voto calificado. Fue Uriburu quien encargó a Leopoldo Lugones la redacción de la proclama revolucionaria conocida como “La hora de la espada” para justificar el ataque a la naciente democracia. La lectura de algunos de los pasajes de ese escrito nos deja con la desoladora sensación que en ellos habita el marco conceptual de todos los golpes de Estado de nuestro país:

“El Ejército y la Armada de la Patria, respondiendo al calor unánime del pueblo de la Nación y a los propósitos perentorios que nos impone el deber de argentinos en esta hora solemne para el destino del país, han resuelto levantar su bandera para intimar a los hombres que han traicionado en el gobierno la confianza del pueblo y de la República el abandono inmediato de los cargos, que ya no ejercen para el bien común, sino para el logro de sus apetitos personales. Les notificamos categóricamente que ya no cuentan con el apoyo de las fuerzas armadas, cuyo objetivo primordial es defender el decoro personal, que ellos han comprometido, y que no habrá en nuestras filas un solo hombre que se levante frente a sus camaradas para defender una causa que se ha convertido en vergüenza de la Nación. Les notificamos también que no toleraremos que por maniobras y comunicaciones de última hora pretendan salvar a un gobierno repudiado por la opinión pública, ni mantener en el poder los residuos del conglomerado político que está estrangulando a la República” escribió el poeta y el presidente de facto ordenó fusilamientos y deportaciones.

Esa violencia artera y la simpatía por los nazis le quitaron el apoyo que necesitaba para gobernar el país. Sus otrora aliados, con Agustín Pedro Justo a la cabeza, querían comerciar libremente con Gran Bretaña y Uriburu y su fanatismo lo impedían. En 2012 y 2014, en las ciudades bonaerenses de Bolivar y Balcarce se retiraron los monumentos de homenajes al primer dictador de la moderna Argentina.

Otro salteño, Robustiano Patrón Costas (1878-1965) estuvo cerca del poder en los años anteriores al surgimiento del peronismo. Los historiadores coinciden en que Patrón Costas, fraude mediante, se impondría en las elecciones previstas para 1944 pero un golpe de Estado le cerró el paso a Casa de Gobierno.

Miembro de la influyente familia dueña del Ingenio San Martín del Tabacal, con poco más de 20 años fue ministro de Hacienda de Ángel Zerda y ministro de Gobierno de Avelino Figueroa y entre 1913 y 1916 gobernó la provincia. “Gestionó la construcción de canales de irrigación, puentes y caminos, proyectó la ley de protección a la industria vitivinícola y a la industria harinera, y colaboró en la fundación de la Universidad Católica de Salta” repasa una breve y benévola biografía a la debiera agregarse la masacre de indios y criollos en sus cañaverales y en su planta azucarera del norte salteño.

Patrón Costas fue senador provincial entre 1926 y 1929 y senador nacional entre 1916 y 1925 y entre 1932 y 1943. Como presidente provisional del Senado ejerció la presidencia de la Nación en 1942 por enfermedad de Ramón Castillo que había reemplazado al renunciante Roberto Marcelino Ortiz al frente del Poder Ejecutivo.

Los historiadores coinciden en que Patrón Costas, fraude mediante, iba a imponerse en las elecciones previstas para 1944 pero un nuevo golpe de Estado le cerró el paso a Casa de Gobierno. El Grupo de Oficiales Unidos encabezado por Arturo Rawson, Pedro Pablo Ramírez, Edelmiro Farrell y Juan Domingo Perón tomó el gobierno y lapidó la restauración oligárquica pretendida por el salteño.

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