jueves 22 de febrero de 2024
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El bombardeo a la ciudad entrerriana de La Paz | La historia menos conocida del dictador salteño Uriburu

Tristemente famoso por haber protagonizado el primer golpe de Estado y por fusilar anarquistas, José Felix Uriburu también ordenó bombardear un pueblo en el que se había producido la “Revolución de los Kennedy” para oponerse a la dictadura.

Hijo de dos primos hermanos – José y Serafina Uriburu – José Félix nació en Salta el 20 de junio de 1867. Partió a Buenos Aires en 1881 para concretar sus estudios secundarios y cuatro años después ingresó al Colegio Militar. A su carrera la coronó con lo que fue el primer golpe de estado del siglo XX. Ocurrió el 6 de septiembre de 1930 y la víctima fue el presidente constitucional Hipólito Irigoyen. Se inauguró así medio siglo de interrupciones violentas de gobiernos constitucionales y se dio el marco conceptual para los que le siguieron hasta llegar al más macabro de todos: el de 1976.

Ese marco conceptual quedó estampado en el “Manifiesto Revolucionario” redactado por Leopoldo Lugones y cuyo aporte fundamental fue justificar con palabras las acciones de Uriburu en 1930. “Exponentes del orden y educados en el respeto de las leyes y de las instituciones, hemos asistido atónitos al proceso de desquiciamiento que ha sufrido el país en los últimos años”. Los golpistas son así: siempre están atónitos ante los desquicios que produce la democracia, ciudadanos que se sienten elegidos y que apelan “a la fuerza para libertar a la nación”.

Ya en el Poder, el dictador salteño disolvió el Congreso, intervino las provincias y las universidades, redujo las inversiones en obras públicas salvo las vinculadas a la patria agroexportadora, cesanteó 37.479 empleados públicos, suspendió leyes laborales, persiguió opositores, inauguró la Sección Especial de la Policía Federal que terminó siendo comandada por el hijo del poeta Lugones quien adquirió fama por inventar la picana eléctrica. Uriburu también instauró la Ley Marcial el 1º de febrero de 1931 por la cual fusilaron a anarquistas entre los que sobresalió el caso de Severino Di Giovanni que antes de recibir la ráfaga letal grito “Viva la Anarquía”.

Un hecho invisibilizado: el bombardeo a civiles ocurrido un 7 de enero de 1932, en la ciudad de La Paz, Entre Ríos, ubicada a orillas del Río Paraná. En el único museo que hoy se levanta en esa ciudad, todavía se pueden leer los grandes trazos de lo que se denominó “la revolución de los Kennedy”, uno de los muchos hechos enmarcados en la resistencia a Uriburu después de que este derrocara al presidente radical.

Mario, Eduardo y Roberto Kennedy eran productores entrerrianos y comandaron a ciudadanos que se alzaron contra el gobierno y marcharon portando armas cortas hacia el centro de La Paz y tomaron la jefatura policial, tras asesinar al propio comisario. La toma se generalizó, avanzaron sobre la municipalidad, el correo y la sede judicial; todas quedaron en manos de ese puñado de revolucionarios radicales. Lo mismo sucedía en Santa Elena, a menos de 50 kilómetros. Mientras son intimados a rendirse por el gobernador, vía telefónica, la población civil comienza a plegarse a la insurrección.

Entre ellos se encontraba un joven de 22 años llamado Héctor Roberto Chavero, quien luego sería conocido mundialmente como Atahualpa Yupanqui. Las escenas revolucionarias debían repetirse en diversas localidades y capitales del litoral, pero el plan fue abortado y a los hermanos Kennedy esa información no les llegó y tampoco que la cúpula radical caía presa o marchaba al exilio en Uruguay.

Tras el levantamiento el Ejército con tropas de la III División, más dos embarcaciones que partieron desde Buenos Aires y siete aviones bombarderos emprendieron su marcha hacia La Paz para apresar a los Kennedy y su gente. Por tierra y agua los revolucionarios mostraron decisión de lucha y obligaron a las tropas a replegarse. El 7 de enero de 1932 comenzó el bombardeo que duró tres horas. A las bombas arrojadas por los biplanos Breguet III triplazas con motor rotativo francés que habían hecho su bautismo de fuego en la Primera Guerra Mundial, se sumaron centenares de ráfagas de las ametralladoras de los monoplanos, también franceses, Dewoitine D 21.

“Esos oficiales tuvieron el triste privilegio de realizar el primer bombardeo de la historia de la aviación militar argentina, contra sus propios compatriotas, alzados contra una dictadura sangrienta”, subrayaron Charo López Marsano y Ernesto Salas en su libro “¡Viva Yrigoyen! ¡Viva la revolución!”. Tras eludir la persecución de la policía, el Ejército y la Armada por más de cuarenta días gracias a la solidaridad de correligionarios, cazadores de carpinchos y paisanos, los Kennedy llegaron a mediados de febrero a la ciudad uruguaya de Salto en donde fueron recibidos por centenares de exiliados radicales.

Curiosamente, el día de los bombardeos, el dictador salteño firmó en Buenos Aires la aprobación de los resultados de las elecciones fraudulentas de noviembre. Uriburu las había condicionado tanto que el radicalismo se abstuvo de participar. Esa abstención garantizó el triunfo de Agustín P. Justo, otro representante de un orden conservador que cansados del simulacro de liderazgo fascista prefería acabar con el experimento y rearmó el régimen que el irigoyenismo había trastocado a partir de 1916. La última acción del dictador salteño ocurrió en febrero de 1932 cuando le puso la banda presidencial a Justo. La década infame y el llamado fraude patriótico habían nacido. Uriburu partió entonces a Paris para morir solo el 29 de abril de ese año.

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