sábado 24 de febrero de 2024
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Año 1902 | José María Aquino y Eleodoro Silva: los jinetes salteños transgresores del orden y la ley

Repasamos la historia de dos bandoleros sociales cuyos recorridos fueron reconstruido en el teatro salteño en 1911. Una mirada enmarcada como forma de protesta primitiva donde prevalece la mirada histórica y social sobre la policial. (Carlos Abrahan)

El historiador Eric Hobsbawm inscribe al bandolerismo social como la forma más primitiva de protesta social organizada, acaso la más primitiva que conocemos; y enuncia que “en no pocas sociedades, lo ven así los pobres, que por lo mismo protegen al bandolero, le consideran su defensor, le idealizan, y le convierten en un mito”. Fenómeno universal que Hobsbawm estudia en su obra “Rebeldes Primitivos”, donde subraya que el bandolerismo no es revolucionario, solo puede poner algunos límites a la opresión del poder. No protesta contra el hecho de que los campesinos sean pobres y estén oprimidos, sino contra el hecho de que la pobreza y la opresión resultan a veces excesivas.

En 1911, en el Circo Rafetto establecido en la ciudad de Salta se estrenó la obra teatral sobre los bandoleros “Silva y Aquino” de Edelmiro Avellaneda que se representada con gran suceso popular. ¿Quiénes fueron “Silva y Aquino” ?, ¿Fueron personajes históricos o ficticios?, ¿Cuál fue el drama singular que cautivo a los trabajadores de aquel circo?

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Detallemos su historia. Hacia 1902, se unieron en aventuras José María Aquino: 25 años, domiciliado en la ciudad de Salta. Ex cochero del ejército y de la policía, de donde se le dio la baja; y Eleodoro Silva: 23 años, cochero. Sabían leer y escribir, conservaban su imagen de barba afeitada, buena vestimenta y botas de cañas.

Como enseña el historiador Marcelo Agüero Urquiza; Aquino y Silva, en abril de 1902, armados con revólver y trabuco roban mercancías al comerciante Alejandro Sarmiento en la localidad de la Merced. Luego dos caballares de la Finca “San Francisco” de Vicente Saravia; y el 13 de abril, los bandoleros agrupan un nuevo integrante Sandalio Alarcón robando mercaderías en la casa de Domingo Saavedra en zona de La Isla. Alarcón cercano a los 35 años, era un ex sargento de Ejército Argentino dado de baja, después policía de la ciudad de Salta y desertor desde marzo de 1902.

Es importante resaltar el dato de Aquino y Alarcón como ex policías de Salta. Esa fuerza se componía de hombres captados para el servicio policial obligatorio, que en su mayoría eran gauchos. Muchos desertaban y se fugaban, si se los capturaba eran ingresados nuevamente a la policía; previo duros trabajos físicos y castigos de cepos (armazón que inmovilizada pies y manos).

Aquino, Silva y Alarcón llegan a una ciudad de Salta que tenía 20.000 habitantes, un servicio de iluminación malo y caro; con los viejos y malolientes carros atmosféricos que circulaban perdiendo parte de su carga por las calles. Los bandidos roban un caballo en la calle Belgrano, sustraen otros animales y roban una carga de harina en el negocio Isidro Canavides, en complicidad con un tal Isidro Ramos.

El asunto se pone grave cuando 16 de abril, por la noche, los bandoleros ingresan a la casa de préstamos y negocios de Fermín Grande en el centro de la ciudad de Salta. Sorprendidos se enfrentaron en un tiroteo con la policía, donde muere de un balazo el sargento Rosa Tapia. Los hechos toman relevancia nacional, la revista “Caras y Caretas” de junio de 1902 señala que Aquino y Silva “despliegan emocionantes audacias, batiendo a la autoridad daga en mano, hasta conseguir internarse en la provincia de Jujuy á lomo de buen caballo, por los vericuetos de los montes…”.

El 21 de abril en Jujuy, los bandoleros roban ropas a un vecino y se dirigen a San Salvador. La policía les dio alcance y en un intercambio de disparos cae al piso y es apresado Sandalio Alarcón. Se persiste en la persecución de Aquino y Silva que heridos de bala escapan. Sin embargo, el 24 de abril arrinconados fueron capturados por la policía de Salta. Por la muerte del policía Tapia, el fiscal acusa a Aquino como autor de homicidio; solicitando la pena de prisión por tiempo indeterminado. A Silva se le pidió quince años.

¿Es el fin de las andanzas de estos bandoleros? De ninguna manera. En septiembre de 1903, ambos intentan fugarse de la cárcel, junto a otros reos Cristóbal Escalante y Félix Valencia. Pero fueron descubiertos por un centinela que dio la alarma general. Silva y Aquino saltaron dejándose caer, quedando golpeados y fracturados en el suelo, desde donde disparan al centinela sin éxito. Los otros convictos fueron detenidos.

Llegaron refuerzos, el sargento Juan Súarez se encontró con Silva y Aquino que permanecían armados. El sargento gatilló contra los evadidos “sin conseguir hacer fuego por encontrarse los cartuchos defectuosos”, Silva hizo fuego matando al sargento Suárez.

Apresados los malhechores “insultaban a los comisarios” y trataban al jefe de Policía de “infame y ladrón”. En declaraciones ante la justicia, Silva dijo: “que mató al sargento Súarez por que tenía fama de perseguidor y al tenerlo en frente aprovecho la oportunidad para vengar a tantos compañeros que perdieron la libertad a causa suya”. No solo la libertad; existe una imagen que se conoce del Sargento Suárez, se lo ve posando junto a un cadáver, luego de un fusilamiento ocurrido en el actual edificio jefatura de policía, antigua penitenciaría y comisaría central.

José María Aquino fue condenado por la muerte del Sargento Tapia; y Eleodoro Silva por la muerte del sargento Suárez, ambos recibieron una pena de 25 años de prisión, y murieron años más tarde en la cárcel del fin del mundo en Ushuaia.

Un punto destacado de nuestra historia de bandolerismo social es su carácter ambivalente, es decir que puede interpretarse de dos maneras distintas y opuestas. Por un lado, las acciones de estos bandidos configuran acciones que el Estado y sus funcionarios según valores sociales vigentes (valores de la clase dominante) consideran como estrictamente delictivas, merecedoras de una sanción de la ley o las balas. Pero, por otro lado, amplias porciones de trabajadores urbanos y rurales de cuyo seno provienen estos bandidos, consideraban muchas veces esas mismas acciones como una reacción legitima a los agravios sociales, las ofensas acumuladas, la persecución injustificada o a una insostenible penuria económica que viven todos los días, y de la que no se sienten responsables.

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