sábado 13 de abril de 2024
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Salteños a las cosas | Bettina: desgobierno, desolación electoral y fin de ciclo romerista

Una rara combinación caracteriza a la intendenta: se desentiende de la gestión y se involucra con candidatos que pierden. Las consecuencias son una ciudad caótica y derrotas electorales que anuncian el declive de un poder histórico en Salta. (Daniel Avalos)

Por estos días la casualidad vive sus momentos de gloria en la municipalidad salteña. Nadie parece saber bien cómo transitar estos últimos meses de gobierno tras las elecciones que le negaron la reelección a la jefa comunal. No se trató de un resultado sorpresivo. Todos pronosticaban esa derrota tras una gestión con yerros políticos, planes de gobierno mal trazados y pésimamente ejecutados.

Lo que nadie esperaba fue que una integrante de la familia cuyo capital político provino de la eficacia para gestionar un Estado, resolver los grandes problemas y estar en los detalles, protagonice el desgobierno actual. Ausencias por viajes al Vaticano días después de perder; silencio mediático; gabinete ausente; obras paralizadas en los barrios periféricos y en el centro de la ciudad; puentes que se inauguran sin habilitarse al tránsito; semáforos que no andan; protestas sociales en las puertas del Centro Cívico Municipal y asambleas gremiales puertas adentro; o funcionarios de menor jerarquía que no saben qué hacer y terminan optando por desplazar las dificultades hacia adelante con la esperanza de que el tiempo resuelva lo que la gestión no puede.

Quizás lo que mejor pincele la situación sea el caos vehicular durante determinadas horas del día: nadie puede respetar las normas de tránsito, los montículos de tierra y los baches obligan al conductor a estacionar en doble fila, a manejar en zigzags, a dibujar círculos o a maniobrar como mejor le convenga para poder llegar a destino, tal como ocurre en las ciudades del tercer mundo del que la intendenta dijo querer sacarnos. Acá una digresión se impone. Será para preguntarse cómo hará el intendente electo para administrar la ciudad cuando asuma. Porque siendo cierto que la jefa comunal deja una vara tan baja que cualquiera puede aspirar a superarla, no resulta menos cierto que en el reino del desgobierno es difícil unir y componer las partes para darle algún tipo de forma al todo.

Hecho el rodeo, volvamos a la intendenta y admitamos que sus escasas apariciones tras la derrota electoral de mayo tuvieron un corte netamente proselitista: pasear por las calles de la ciudad, demorarse en los actos para fotografiarse con candidatos o sentarse en un estudio de televisión para hablar de lo bueno que resultaría que tal persona se imponga en los comicios. En fin. Una ronda de visitas a parte del mundo real de quien sabe que no va a volver pronto al mismo. El problema es que los candidatos a los que Bettina Romero apoya pierden. Ayer fue el turno de Horacio Rodríguez Larreta en la categoría presidente y de Inés Liendo en la de diputados nacionales.

Ello también habla de un final de ciclo romerista, de la declinación de un liderazgo que como en otras provincias –la San Luis de los Rodríguez Saa, la Santa Cruz de los Kirchner, la Neuquén de los Sapag o Santiago del Estero de los Zamora– habían logrado asegurarse una influencia enorme sin necesidad de recurrir al fraude. En términos electorales, esa condición convertía al romerismo en general y a Juan Carlos Romero en particular en un gran elector de Salta. El hombre fuerte que convencido de saber lo que precisaba la provincia elegía un candidato y lo ayudaba a ganar las elecciones poniendo a disposición la información que manejaba, los contactos con los que contaba, eventualmente recursos y una importante red de intermediarios que llevaba el apellido del postulante a varios rincones de la provincia.

El inocuo apoyo de Juan Carlos Romero y de su hija Bettina a Horacio Rodríguez Larreta e Inés Liendo el día domingo evidencia ese final de ciclo. El jefe de Gobierno porteño cosechó 44.453 votos en nuestra provincia y 23.815 en la capital salteña; Liendo arañó los 38 mil en el todo provincial y sólo 20 mil correspondieron a la Capital.

Remarquemos, no obstante, que la declinación electoral del romerismo en Salta puede reconstruirse a la luz de las batallas que perdieron los miembros de la familia. Juan Carlos Romero ganó su última elección en el año 2007 en la categoría senador nacional. En adelante pudo retener su banca pero perdió todas las elecciones que diputó: en el 2013 con Rodolfo Urtubey, en el 2015 ante Juan Manuel Urtubey y en el 2019 quedó segundo por detrás de Sergio Leavy. Su hija Bettina cosechó un histórico 52 por ciento en el 2019 que se redujeron al 20 hace tres meses, a pesar de contar con el supuesto peso del apellido y con toda la estructura municipal. Juan Esteban Romero, por su parte, apenas superó el 6 por ciento de las voluntades capitalinas en los comicios del 2021. Le sirvieron para ingresar por la ventana a la Legislatura local, pero dejando en evidencia, una vez más, el declive electoral del grupo.

Una combinación de variables puede explicar lo que ocurre. Seguramente incide que el pater familias haya optado por entregarse a una tarea más serena, también a que los hijos resultaran políticamente más estrechos y que eligieran transitar la dirección que marcan los acontecimientos. El continente de esos acontecimientos es fácil de verbalizar: una profunda decadencia política en el país y en Salta. Hoy ni siquiera queda romerismo. Es decir un bloque de legisladores, intendentes y dirigentes que quiera trabajar en nombre de quien fue gobernador y de la que ahora recorre sus últimos meses como intendenta. La curiosidad del caso es la conducta que adopta gran parte de la clase política salteña: seguir comportándose como si el apellido Romero fuese lo que ya no es, al menos en términos electorales.

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