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Memoria de fuego | El Jefe de Policía salteño que demolió el aparato represivo y del que habló Eduardo Galeano

Se llamó Rubén Fortuny y fue asesinado en noviembre de 1973. Un número de la revista El Descamisado de julio de ese año entrevistó al viejo peronista que relató cómo llevó a cabo la tarea en el gobierno de Miguel Ragone. (Daniel Avalos)

Hubo un tiempo en que cada 25 de mayo resucitaba una vieja consigna: “Por una segunda y definitiva independencia”. Era una arenga y un deseo. Lo primero porque quienes la expresaban buscaban incitar a la acción en nombre de una soberanía definitiva que obviamente constituye el deseo. Uno que revela además que para un sector de la sociedad el 25 de mayo de 1810 representa una revolución que no nos independizó del todo.

Muchos intelectuales piensan así: José Pablo Feinmann, por ejemplo, considera a esa fecha como una separación de España para entrar en la órbita del capitalismo inglés; José Ingenieros decía que el 25 de mayo poseía un valor más simbólico que histórico; Juan B. Alberdi definió a 1810 como un cambio de metrópoli: de España a Buenos Aires. Por eso la consigna aparece recurrentemente en nuestra historia. También en Salta, y lo que mejor sintetiza esa aparición fue lo ocurrido el 25 de mayo de 1973 cuando en nuestra legislatura el gobernador electo, Miguel Ragone, iniciaba su periodo y una multitud lo acompañó desde ese lugar a Mitre 23: la Casa de Gobierno.

Sobresalían allí jóvenes de la izquierda peronista, convencidos de que sus fusiles explicaban la situación que se vivía mientras reclamaban el fin de la represión. Previendo eso, Miguel Ragone designó ese día a Rubén Fortuny como Jefe de la Policía de Salta, que hasta entonces se había caracterizado por su inclinación a torturar a militantes populares, los que hasta 1973 luchaban contra la dictadura, pedían elecciones libres y pugnaban por el retorno de Perón tras 18 años de proscripción.

Rubén Fortuny era parte de la nueva época a pesar de no ser un joven. Su edad lo ubicaba entre quienes abrazaron al peronismo en 1945, pasión que lo depositó en la cárcel tras el golpe de 1955, cuando la autoproclamada “Revolución Libertadora” derrocó al líder justicialista: primero en la Central de Policía de Salta y luego en la cárcel de Rio Gallegos en el sur del país. Su pertenencia a la “Resistencia peronista” -que emprendía acciones para mostrar que el movimiento seguía vivo- y su amistad con Miguel Ragone en los 60, coincidieron con una movilización social y juvenil que terminó acorralando a la dictadura surgida en 1966 que finalmente llamó a elecciones sin proscribir al justicialismo.

Fortuny trabaja con la lista Verde que encabezaba un Ragone que al llegar al gobierno en mayo del 73, lo nombra Jefe Policial. Pasa así a formar parte de una camada de jefes policiales civiles que compartían una visión que considerando que un orden injusto e impuesto por la violencia se aseguraba con la violencia, mientras un orden justo, con respaldo de la ciudadanía se guarda con moderación, prudencia, respeto y sensibilidad.

Fortuny era uno de ellos y al asumir la Jefatura policial aquel 25 de mayo su primera orden ante el acartonado firme de los efectivos fue que “rompan filas” y remarcar que “ha comenzado una nueva etapa en el país…”. Así lo registró El Tribuno del 26 de mayo de 1973, ilustrando la noticia con la foto de un Fortuny que era la materialización de la victoria. La misma foto muestra rostros policiales tiesos pero orgullosos. De esos que parecen aceptar la derrota momentánea. Tenían razón. En los meses venideros comenzarán a recuperar el control de la fuerza para luego aniquilar a todos aquellos que tuvieran aroma a izquierda.

El Descamisado

Pero aquel 25 de mayo de 1973 el cielo parecía al alcance de la mano. Por eso cuando Fortuny termina su diálogo con los efectivos, invita a la prensa a visitar las instalaciones de la Jefatura para mostrar la vergüenza que representaba el edificio al que denominó la “Bastilla”. La prensa local pincela bien el pulso de aquellos días, aunque una nota publicada por el semanario El Descamisado aporta una entrevista al propio Fortuny que es prácticamente desconocida por la mayoría de los salteños.

El Descamisado comenzó a editarse poco antes de la asunción del presidente Héctor Cámpora. Junto a Noticias, era uno de los emprendimientos mediáticos de la organización Montoneros aunque había diferencias entre una y otra. Noticias era un diario, El Descamisado un semanario; la primera buscaba hablarles a sectores que no necesariamente adscribían al peronismo, mientras los 100000 ejemplares de El Descamisado apuntaban al activismo peronista repartido a lo largo y ancho del país; lo último explica los estilos diferentes de uno y otro medio: mientras Noticias poseía criterios más parecidos al hoy llamado periodismo independiente para tratar la información, El Descamisado apelaba a temáticas, titulares y un tratamiento de la información propio del militante que se dirige a un compañero.

El número 10 del 24 de julio de 1973, dedica varias páginas a la provincia de Salta mediante una sección que denuncia a la “patota policial” salteña que el gobierno de Miguel Ragone había encarcelado a partir de testimonios aportados por presos políticos salteños. El título de esa nota evita los rodeos para ir al grano: “El caso de los policías torturadores”, que Federico Anzardi trabajó para CUARTO.

Pero la nota que estas líneas buscan resaltar es la entrevista que allí le hicieran a Rubén Fortuny y que la publicación tituló así: “¿Una policía peronista?”. Título al que acompañó un copete en donde al nombre y apellido del nuevo jefe policial le sigue una declaración sobre la policía de la dictadura: “Hay que odiar mucho a un pueblo para mantener estas cámaras de torturas. De este lugar muy pronto saldrán flores”.

Fuente: El Descamisado.

El reportaje posee una introducción que relata cómo Fortuny hizo de guía de los reporteros por la vieja mole colonial – español, con sus torres y espesos muros; cómo pasearon por pasillos, laberintos y las celdas que Fortuny estaba demoliendo por ser el lugar donde agonizan personas “cuya mayor falta era la de haber nacido pobres” y que llevan al cronista a sentenciar de que estaban “en las entrañas de la otrora temida Central de Policía Salteña”.

Escribas sorprendidos de ver que los “carros de asalto” que transportaban a la temible infantería que apaleaba manifestantes, estaban entonces pintados de colores vivos para transportar “ahora” niños que “viajaban al colegio”, mientras sectores del edificio eran puro escombros “destruidos por la piqueta” y en cuyos lugares se construirían dispensarios, bibliotecas y juegos para un jardín de infantes.

“Lo seguíamos, necesitábamos comprender, racionalizar cada paso que dábamos. Era demasiado de golpe. Nos habló de esa final de fútbol entre Salta y Jujuy en la cual no hubo policía armada” porque Fortuny decidió hablar con los que dirigían las barras: “Los nombré comisarios deportivos, eligieron a sus colaboradores y fue una fiesta hermosa”, relató Fortuny para sorpresa de esos cronistas que parecían advertir que todo era demasiado bello como para dilatarse en el tiempo.

La entrevista

Tras esa introducción, los periodistas publicaron la nota al hombre al que presentaron como el Jefe de Policía peronista quien en 1956 estuvo preso en la celda 4 de esa Central Policial antes de ser trasladado a la prisión de Río Gallegos por su militancia justicialista. La entrevista fue así:

D: ¿Cómo definirías la función de un policía peronista?

R.F: Desde el puesto de auxiliar de la Justicia y con la llegada del gobierno popular, toda la policía debe dejar de ser lo que era. De estar al servicio de las minorías para ser una policía fiel reflejo del gobierno de las mayorías. Dicho de otra manera, este triunfo del pueblo es también el triunfo del sentido humanitario que anida en él, en la gente humilde, en los trabajadores, muy lejos por cierto de la maldad de las mal llamadas clases selectas. Dado su origen de clases, la policía debe reflejar lo que es. Esta es la policía peronista que hoy tenemos en Salta, si bien falta mucho por hacer.

D: ¿Cómo dejó la Central de Policía la dictadura militar?

R.F.: Bueno, ustedes han visto algunas cosas. En el ex pabellón para detenidos comunes, esa ´Bastilla´, vergüenza de los salteños, hoy en demolición y con espacio para 30 procesados, me encontré con 230 despojos de seres humanos. Que de acuerdo al pensamiento del anterior gobernador militar Mayor Spanjerber, era decir: ´el aire acá esta espeso´ (resaltado en el original)

D: ¿Cuál fue el destino de estos procesados?

R.F.: En una semana los 230 fueron ubicados en lugares dignos, tales como la propia Escuela de Policía, en los pabellones ocupados por los alumnos. Cada uno con su cama y baño. Muchos de ellos se bañaban por primera vez con agua caliente. Luego dispuse que fueran destruidos todos los calabozos para que nunca más fueran utilizados. Incluyendo el 4 que fue en el que estuve detenido, en 1956, antes de ser trasladado al Río Gallegos.

D: ¿Cómo han sido recibidas estas medidas tomadas por usted?

R.F.: La respuesta está dada por la población. En los mil metros cuadrados que borramos para siempre de este edificio, construiremos una plaza con juegos para niños. La falta de presupuesto no nos permite hacer otra cosa.

Imaginensé, el 25 de mayo me hago cargo de la Jefatura y me encuentro una enorme cantidad de armamentos importados de EEUU. Depósitos llenos de bombas lacrimógenas, vomitivas, diarréicas, balas de plástico, cascos con viseras en cantidades industriales, palos, garrotes de todas las medidas. Y lo más indignante fue encontrarme con 4 ametralladoras livianas, último modelo, marca USA, CON SILENCIADOR. ¿Se da cuenta? Armamento de guerra con silenciador incorporado para reprimir al pueblo salteño. ¿Se da cuenta de lo que esto significa?

D: Cuesta creerlo…

R.F.: No alcanzo a comprender que se gasten tales sumas de dinero cuando en la institución está faltando lo más imprescindible, como ser guantes de goma para el médico forense.

D: ¿Cómo recibió la población la demolición de las celdas?

R.F.: Con movilizaciones en apoyo a la nueva Jefatura peronista.

D: ¿Y lo enemigos de fuera y de dentro?

R.F.: Bueno. ¿Esos? Acusándome de bolche, de trosco. En fin. Esa gente no es pueblo, de serlo estarían felices de que los espacios dedicados a la tortura de seres humanos sea convertidos en jardines. Observe esos tenebrosos carros de asalto color verde. Le hemos cambiado de color. Ahí los tiene lleno de colores vivos y ¿sabe qué hacemos con ellos? Los utilizamos únicamente para llevar niños a la escuela. Se ha dado el caso de niños del Hogar Escuela, son huérfanos, que al ser invitados a un festival por la Escuela de Policía no aceptaron venir en sus propios ómnibus y tuvimos que enviarles nuestros colorinches ex carros de asalto.

D: Esto es el comentario alegre de la población ¿pero con el resto qué hicieron?

R.F.: Vean compañeros, estamos dispuestos a desterrar para siempre las policías bravas y antipopulares. Actualmente, las temibles brigadas de perros han sido disueltas y junto con los cadetes damos exhibiciones populares para los escolares, vamos a los barrios. En una palabra, al Pueblo. Si por hacer estas cosas se nos acusa de troscos, es porque no obran de buena fe. Acá nos conocemos todos y muy bien.

D: ¿Qué pasó con los cuerpos represivos?

R.F.: Han sido disueltos todos y reincorporados a otros servicios.  Ustedes saben muy bien que sus componentes vienen de sectores populares. En su mayoría son recuperables, depende de cómo se los dirija, con qué escala de valores se los guía. Les aseguro que están respondiendo muy bien en sus nuevos destinos.

D: ¿Y con los torturadores?

R.F: Con decirle que los uniformes odiados del cuerpo de infantería fueron a parar a los bomberos, que no tenían qué ponerse. Claro que hicimos algo que hasta resulta risueño: a quien se le daba pantalón no se le daba chaquetilla y a la inversa. En todo caso para aquellos que nos calumnian les decimos que estamos haciendo lo que nos ha enseñado el General Perón: el pueblo, siempre el pueblo y antes que nada el pueblo.

D: ¿Y con los torturadores?

R.F.: Se los detiene y se los pasa a la Justicia. Por algo tenemos un gobierno popular que defenderemos hasta las últimas consecuencias.

El final

Luego volvió Perón y no era el que la juventud y el propio Fortuny creyó que era. El viejo líder optó por un sindicalismo ortodoxo ávido por “purificar” al movimiento y en octubre solicitó renuncias anticipadas que evidenciaran la “lealtad”. Fortuny lo hizo y queda afuera. Se vislumbró entonces que la “segunda y definitiva independencia” de la que hablamos al principio seguiría siendo deseo.

En menos de un mes Fortuny es asesinado en una de las recovas de la plaza 9 de Julio  por un hombre de apellido Pavicevich: un policía retirado ligado a sectores sindicales y matones proclives a ver “zurdos” en todos lados. La muerte personal anuncia la muerte de la ilusión colectiva aunque nadie imaginó la dimensión del aniquilamiento que se avecinaba. Los conservadores lo agradecen. Nos recuerdan que aquella generación estaba atravesada por ideas que en el mundo fracasaron. Puede que sí. Puede que el proyecto de los Fortuny hubiera fracasado sin la necesidad de que los criminales lo aniquilaran. Pero lo que no dicen los que aplaudieron lo ocurrido es que los proyectos que se impusieron a sangre y fuego también fracasaron. Ello explica que la consigna por una segunda y definitiva independencia sea un espectro que nos recuerda que hay algo inconcluso y que de esa ausencia emergerán sectores que pidan lo mismo una y otra vez.

Y ello explica también que hombres como Rubén Fortuny merecieran la atención de genios como Eduardo Galeano, quien en su libro Memorias de Fuego escribió:

«Como en un cuadro del venezolano Vargas, en la provincia argentina de Salta, los autos patrulleros de la policía fueron pintados de amarillo y naranja. En vez de sirena llevaban música y en vez de presos llevaban niños: los patrulleros andaban llenos de niños que iban y venían desde los ranchos lejanos a las escuelas de la ciudad. Las celdas de castigo y las cámaras de tortura fueron demolidas. Desapareció la policía de los partidos de fútbol y de las manifestaciones obreras. Salieron en libertad los torturados y marcharon presos los torturadores oficiales especializados en romper huesos a martillazos. Los perros policiales que habían sido el terror de la población, pasaron a dar funciones de acrobacia para divertir a los barrios pobres. Esto ocurrió cuando Fortuny fue jefe de Policía de Salta. A Fortuny lo matan de un balazo. Después secuestran al gobernador que lo había designado, Miguel Ragone».

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