El poeta salteño describió la relación de los trabajadores de los ingenios.

Manuel J. Castilla nació el 14 de agosto de 1918. A 102 años de su nacimiento su poesía todavía sigue vigente. La crítica social que realizó aún puede ser adaptada a estos días y sin dudas reflejan la relación desigual entre patrones y trabajadores.

El poemario “Luna muerta”, de 1943, fue el segundo que Castilla publicó en su carrera como autor. Apareció cuando tenía 25 años. Está dedicado “a los indios del Chaco de Salta”. Se trata de una obra de fuerte contenido social, una pintura de los marginados. Castilla se pone del lado de ellos cuando escribe cosas como “Inocencio, mataco, / tiene seca la lengua / porque nunca habla nada, / ni cuando lo golpean (…) Inocencio es un vago / porque no acarrea leña / ni lleva tachos de agua / por una camiseta…”.

También habla de “Juan del aserradero”, que “se ha embriagado / y hace como dos horas que duerme en la vereda”: “Ayer, Juan ha cobrado / y en el bolsillo apenas si tiene una moneda”.

En “Matacos”, Castilla dice: “Los matacos no pueden trabajar y por eso / vienen desde la loma a vagar por el pueblo (…) Uno va al almacén y otro queda mirando / para ver si al primero le dan algún mandado”.

Inocencio y Juan son dos personajes que por sus características inmediatas juntan las fichas para ser señalados como vagos y borrachos, igual que “los matacos”. Pero Castilla ve más allá. Considera la negativa de Inocencio como una virtud. Y en lugar de pensar que Juan, el del aserradero, cobró, se emborrachó y ya no tiene plata porque se la tomó, siembra una duda: quizás cobró muy poco. Castilla dispara esas preguntas. No se deja guiar por el discurso armado por las buenas costumbres cristianas del acatar y agradecer, siempre funcionales a los jefes.

“Luna muerta” contiene la sección “Motivos del Ingenio”, una serie de poemas dedicados a los trabajadores del azúcar. Allí, se incluye el poema “No vayas al Ingenio”: “Si no tuvieras hambre, te diría: / no vayas al Ingenio. // Si no tuvieras vicios, te diría: / no vayas al Ingenio. // Y si tuvieras ropa, te diría: / no vayas al Ingenio. // Que allí de madrugada / deschalarás la caña / con un machete largo / y la noche en la espalda. // Que en el Ingenio, al alba / sonará la campana, / y volverás de tarde / cuando la tarde caiga, / para comer tu cena / de batatas asadas. // Que mientras tú trabajas / y el cacique te manda, / él se queda sentado / de botas y bombachas. // Que al final de la zafra / al peso que te guardan / de los dos que por día / con el machete ganas, / te lo dará el Ingenio / en un par de alpargatas, / un chaleco, una manta, / alguna yerba flaca, / cinco kilos de azúcar / para endulzar la marcha / de regreso a tu monte / porque ya no haces falta. // Si no tuvieras hambre, te diría: / no vayas al Ingenio. // Pero el conchabador / te arranca de la tierra / dándote de regalo / unos kilos de yerba / y unos litros de alcohol, / aunque después ingreses / al Ingenio endeudado / y al regalo lo tengas / que saldar con trabajo. // Si no tuvieras vicios, te diría: / no vayas al Ingenio. // Que el Ingenio te mata / con el sol que te abrasa, / con el tabaco oscuro / y la coca que mascas… // Y si tuvieras ropa, te diría: / no vayas al Ingenio. // Pero te compran, indio, / como a un niño ingenuo, / con un rifle oxidado, /con la luz de un espejo, / con un saco amarillo / con un sombrero viejo…”.

Después de hablarle a los trabajadores, Castilla pone el foco en “El capataz”, y dice: “De tanto mirarlos / trabajar, / de tanto cruzar los brazos / hacia atrás, / es una estatua / frente al paisaje maduro de las cañas. // El látigo es en él / como otro brazo. // La sombra quiere fugarse / de los pies del capataz, / la sombra se fugaría / pero se queda ahí nomás. // Cuando termine la zafra / volverán al tolderío. / El sueño de los indios / tendrá botas ahogadas en el río”.

En “El machete”, Castilla habla de los indios que se fueron al cañaveral “y no volverán”. “¡El machete, el machete / que se quiebre ya!”, escribe, y pide “¡Que no pelen caña los indios jamás!” y su grito se parece al “¡Basta ya! ¡Basta ya! ¡Basta ya que el yanqui mande!” de Atahualpa Yupanqui, en el que el folclorista se ponía en la piel de trabajadores y decía “Trabajo para el inglés, / trabajo de carretero, / sudando por un dinero, / que en la mano no se ve (…) El yanqui vive en palacio / yo vivo en un barracón / ¿Cómo es posible que viva / el yanqui mejor que yo?”.

Pero mientras Yupanqui hace hablar al obrero y lo pone en pie de lucha, Castilla habla por ellos, no los hace gritar por sus derechos. Simplemente observa cómo son tratados, explotados y aprovechados por tipos como “el dueño del Ingenio”, que “pasea por los surcos / mientras el sol rebota / sobre los lomos curvos”, y usa un “sombrero de jipijapa, / traje de lino de Holanda, / flexible bastón de caña / y una sonrisa muy blanda”.

Castilla dice que la zafra está formada por “cansancio de melaza / en las bocas resecas / y en los puños / de tierra”. Habla de muertes y dice que la raza duerme en el Ingenio “porque allí no eres indio sino peón”: “Vienes desde tu tierra caminando / hasta el ingenio que arde bajo el sol. / Si la cosecha fuera en primavera / qué sonoro sería tu corazón. // Como no tienes con qué hacer aloja / debes emborracharte con alcohol. / Si la cosecha fuera de algarroba / qué maduro estaría tu corazón”.

“Luna muerta” finaliza con cuatro versos en los que Castilla escribe: “Indio sufrido y mudo del Ingenio / ¡qué puros tu dolor y tu tristeza! / Mira, tu luna tiene, como un santo, / un anillo dorado en la cabeza”.

Quizás el más bello de sus poemas sobre el Ingenio sea “Evangelina Gutiérrez”, publicado en “El cielo lejos”, de 1959. Allí, Castilla habla de esta mujer que “cuchillo en mano deschala / y siente que todo el aire / a su lado se azucara”. Dice que “a cada golpe el machete, / le va cortando la infancia”. Y termina: “Trapiche: párate ya, / no te dejes cortar, caña / La noche llora rocío / salado como una lágrima / y el aire se pone luto / tordo cruceño en las alas / porque están moliendo el sueño / de Evangelina en la zafra”.