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17 de Octubre de 1945 | Cuando las y los morochos ingresaron para siempre en la política argentina

Aquel día hubo un quiebre histórico: el peronismo nacía trastocando la matriz económica que la oligarquía había montado desde el siglo XIX, pero también la estética que los bien comidos deseaban perpetuar en el país. (Daniel Avalos)

Empecemos con lo primero. Digamos entonces que, en tanto país colonial, Argentina se incorporó al concierto internacional como proveedor de materia prima a la metrópoli por entonces inglesa: tasajo, cuero, lana, cereales y carne. A esa economía le correspondió una clase dominante conformada por los dueños de la tierra, los financistas y comerciantes que diseñaron al país de espalda al territorio nacional porque miraba al mar y forjaron paralelamente un sistema político cuya misión era garantizar ese orden social y económico.

Tal armonía agroexportadora crujió con un peronismo que diversificó la estructura productiva confiscando parte de la renta agraria. Política que algunos explican por los desacoples internacionales surgidos con la crisis de 1929 que obligó a sustituir importaciones, que otros impugnan por no haber sido revolucionaria en los términos que la izquierda interpreta a la revolución, pero que definitivamente generó nuevos sectores y actores sociales que accediendo a nuevas ventajas se resistieron desde entonces a desaparecer.

He allí una de las insolencias que la llamada oligarquía jamás perdonó al peronismo que, además, trastocó la matriz política vigente y que tuvo en ese 17 de octubre un acontecimiento fundacional al mimetizar masas populares con el caudillo. Es cierto, la alianza entre Perón y la clase trabajadora como acuerdo estratégico y exclusivo del periodo es rebatible históricamente, aunque gran parte de la clase trabajadora vivenció la alianza de ese modo y todos sabemos que realidades intangibles como esas suelen ser tan sólidas como las rocas.

He ahí la otra insolencia que la oligarquía no perdonó al peronismo y generó un ala radicalmente antiperonista que la historia bautizó como el “gorilaje”: seres que detestan a los líderes peronistas, pero -sobre todo- aborrece a las masas populares. A los primeros los consideran manipuladores/as dispuestos a cruzar todos los límites para instaurar una “tiranía” que sólo es posible por la adhesión que genera en las masas populares que, para el “gorila”, es manipulable y con rasgos de turba irracional. Una que careciendo de sensatez es proclive a enamorarse del aventurero o aventurera que mediante engaño bien monitoreado enamora para siempre a la “plebe idiotizada”.

El “gorila”, en definitiva, realiza con los sectores populares el ejercicio mental que los colonialistas ejercitaban con los pueblos colonizados: animalizar al oprimido. Al hacerlo, lo excluyen de la condición racional y excluyéndolo de esa condición se siente con más derecho para someterlo, reprimirlo y hasta eliminarlo para sostener la falsedad que le interesa mantener: que son ellos los sujetos facultados a disponer de la suerte del resto por “su” condición de mejor. Ese sentimiento de superioridad devino en odio visceral al tirano y a la plebe cuando ésta, tratando de rescatar de la prisión el líder el 17 de octubre de 1945, ingresó por primera vez a la Plaza de Mayo no como barrendera de la misma sino como ama y señora del espacio público.

De allí que buscando volver a la situación del pre-peronismo, ese gorilaje no dudó en diseñar, ejecutar y aplaudir un bombardeo a Plaza de Mayo. Bombardeo que buscando eliminar a Perón terminó por asesinar a más de 300 civiles que incluían a peronistas que se habían convocado para respaldar a su líder. El golpe de Estado de 1955, en definitiva, fue un Golpe que apelando a las premodernas “virtudes” de la venganza, buscaba restablecer lo que el vengativo vivenciaba como un orden perdido. Desde entonces ese gorilaje tuvo en las Fuerzas Armadas al ángel exterminador de los insurrectos. Fuerzas armadas que se dividieron en “colorados” que deseaban aniquilar de una vez y para siempre al peronismo y “azules” que se conformaban con garantizar que el líder muriera en el exilio y bregar para que el peronismo sin Perón tuviera algún tipo de participación residual en la política nacional. Lo que siguió en la historia durante los 70 es más conocido: asesinatos, desapariciones, exilios, etc.

Víctimas del bombardeo de los militares a Plaza de Mayo el 16 de Junio de 1955.

Pero volvamos otra vez al 55 para enfatizar que desde entonces se anuncia la muerte del movimiento, aunque la defunción nunca ocurre. Lo profetizó la “Revolución Libertadora” de 1955 que liderada por la iglesia y los militares, congregó el apoyo de la izquierda y hasta de intelectuales refinados inclinados a juegos de palabras metafísicos. De ellos formaba parte el escritor Ernesto Sábato que celebró el Golpe de Estado, aunque pronto explicitó en un ensayo – “El otro rostro del peronismo” – que la celebrada muerte no ocurriría porque bien visto, el peronismo representaba la emergencia de una verdad histórica reprimida por la insensibilidad de los pudientes: la de las masas desamparadas, sometidas a la explotación y a la persecución política y a las que Perón hizo ingresar a la vida pública argentina. Sábato no se equivocaba: mientras su libro se leía en los salones, la llamada resistencia peronista empezaba a hacer de las suyas.

La muerte del peronismo fue anunciada incluso desde el interior del movimiento: por ejemplo por Montoneros en los 70 cuando decretaron el agotamiento del peronismo y su reemplazo por el montonerismo; en los 80 al anuncio lo realizaron grandes referentes como German Abdala o Chacho Álvarez quienes rechazando la reconversión de esa fuerza hacia el proyecto neoliberal impulsado por Menem, abandonaron el Partido Justicialista asegurando que era imposible reconstruir desde allí un “peronismo verdadero” y apostaron a la construcción de una nueva fuerza popular que derivó en una CTA que nunca maduró, o una Alianza que finalizó con el sainete trágico de Fernando de la Rúa; hasta sectores del kirchnerismo decretaron ese agotamiento que, según dijeron, sería superado por el kirchnerismo.

La muerte nunca ocurre y la vieja y fundamental pregunta se impone: ¿por qué? Porque cada anuncio coincide con periodos de arremetida antipopular en donde, según decía Rodolfo Walsh, las masas no salen a buscar una nueva identidad sino a aferrarse a la existente; pero también porque sólo el peronismo sigue haciendo de nexo entre una doctrina ambigua y la unánime aspiración de los menos pudientes a vivir mejor. A ellos debe sumársele otra cuestión: el peronismo ha sido eficaz en obturar la emergencia de nuevas identidades políticas, aunque no es menos cierto que las fuerzas que pretendieron disputarle el monopolio fueron incapaces de lograrlo.

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