sábado 13 de abril de 2024
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“Elogio del narrador imperfecto” | Sobre la nueva publicación de Santos Vergara en la Feria del Libro de Salta

Reproducimos las palabras con que la escritora Raquel Espinosa presentó el nuevo trabajo del oranense. Cuando el oído atento da lugar a la palabra y los que escuchaban ahora relatan.

El libro que hoy se presenta al público está dividido en cinco partes. La cuarta y la quinta son comentarios de especialistas sobre algunas obras de Santos e inteligentes entrevistas sobre el quehacer literario por lo que creí innecesario agregar nada a lo que tan bien está allí expresado. Enfocaré mi comentario, entonces, sobre las tres primeras partes: CITARLAS. Cuando me mandó el texto me dijo que esperaba que el mismo fuera de mi agrado y que no me arrepintiera de haber aceptado “semejante travesía o travesura” (palabras textuales del autor).

A partir de ese momento, debía transitar dos caminos: terminar de leer la novela de aventuras que había comenzado y abordar la obra que acababa de llegar a mi correo. No me resultó difícil transitar la doble travesía porque ambos textos giran en torno al “grato y apasionante oficio de contar historias”. No importa que haya más de 16.000 km de distancia de San Ramón de la Nueva Orán a la India. Kimball O´Hara, dentro de la ficción, y Santos Vergara, en su propio relato testimonial, comparten algunas semejanzas, según mi parecer: ambos fueron huérfanos desde niños y debieron escapar de situaciones hostiles y hasta peligrosas, procurarse la subsistencia diaria a través del propio esfuerzo y el auxilio de oportunos encuentros solidarios.

La necesidad engendra en ambos tener los ojos muy abiertos, “ojos vivarachos”, capaces de percibir los mínimos detalles, oídos atentos a todo lo que oyen y una curiosidad innata que les permitirá sobrevivir primero y triunfar finalmente. Kim es atrapado por los relatos que escucha entre los compañeros de sus viajes a pie, en largas caravanas, en campamentos o en los trenes que cruzan el extenso territorio asiático. Santos abandona su casa en “Campo Chico” para formarse primero en “Las Cailas” y la finca agrícola “Santa María”, a 25 km de su lugar de origen, y en “Abra Grande” después. Atraviesa el departamento salteño de Orán, al norte de Argentina, de sur a norte y de este a oeste, escuchando relatos de gente que se reúne alrededor de los clásicos fogones.

El personaje y el autor son viajeros y peregrinos que van de los campos a las ciudades; uno cerca del legendario Ganges, el otro en torno a los ríos Bermejo, San Andrés, Santa María y Pescado. Se forman en las calles y en las rutas y después reciben educación formal. Ambos ensayan sus propios relatos que irán perfeccionando para animar a los demás. El oído atento ha dado lugar a la palabra. Los que escuchaban ahora relatan. A Kim le está asignada una misión tan apasionante como peligrosa, será en el futuro un miembro de los servicios secretos en los últimos años del imperio victoriano en la India. Santos, que ha recorrido fincas, tolderías, barrios, centros y suburbios, llegará a las bibliotecas populares, a la escuela, al colegio y a la universidad. Para él la rueda de la fortuna, la providencia y el destino que supo construirse él mismo le tenían reservado, entre otros designios, la docencia y la escritura. A ellos dedicará su vida. Aunque jubilado en la actualidad, de ninguno de ambos oficios se pudo retirar. Son de esos fantasmas que persiguen a los mortales hasta el final. El docente liberto se fusiona ahora con el escritor que sigue preso de sus propios demonios. Aprender y compartir esos aprendizajes constituye la esencia del oficio de escritor: lecturas, borradores, bloqueos, depresiones, correcciones, nuevas versiones se presentan en el camino de quien ha iniciado su búsqueda, la que lo llevará a consolidar su verdadera identidad.

“…construir un texto con pretensiones literarias implica siempre un esfuerzo, más allá del placer que produce la creación. Porque se escribe con el cuerpo, la mente, la memoria, la realidad y la imaginación, peleando con una lengua decididamente rebelde. Se me había ido el ánimo como para emprender semejante tarea. Había entrado en el período de improductividad sin remedio al que Juan Rulfo denominó alguna vez “tiempo de sequía”. Es como el cantor que de pronto se queda sin voz.”

El narrador “imperfecto” despliega su juego. En un espacio de excepción, como es la literatura, y aislado de las competencias cotidianas, vuelve al pasado, a los míticos orígenes, una y otra vez. Sabe que contar es una práctica que permite “vivir en el campo del otro”, según lo manifiesta Michel de Certeau. ¿Qué lo lleva al narrador a insistir en esta tarea?

Vergara lleva grabado a fuego su Orán natal. Lo evoca desde la leyenda. El “Orán viejo” o “El cedral” se confunde en el imaginario del lector con Esteco, aunque con variaciones locales: “Son muchos los lugareños que dicen escuchar, a la medianoche, sonidos de campanas, tan dulces y lejanas como la memoria que las evoca, que serían del Orán Viejo. Y hasta aseguran que yendo, atrevidamente solo, por el camino que desemboca en las lagunas, es posible ver la torre hundida en el agua, con sus bellas campanas.”

La visión del narrador adulto se entrecruza con el niño o el joven que era dentro del relato y el tiempo se disloca para confundir a quien pretende anclar los sucesos en fechas precisas (…) Las historias se despliegan con generosidad para recordar las horas de la siesta, el calor del trópico, las lecturas favoritas, las añoradas películas del cine Andalucía, los ocasionales duelos entre barras bravas del barrio, los rituales de los misachicos, la galería de personajes como los integrantes de la familia Rueda, el Doctor Miguel Ragone, el padre y el hermano de Santos, su propia familia, él mismo actuando de payaso o el tintorero y fotógrafo japonés Tadashi Matsumoto, otro narrador en el que Santos se ve reflejado de alguna manera, especie de alter ego de quien vuelve a ser atento escucha de relatos ajenos.

Así el autor se concede a sí mismo licencia para escuchar o leer a muchos otros. Pero volverá inevitablemente a tomar la palabra, oral o escrita. Erigido como “narrador imperfecto” por voluntad propia sigue contando anécdotas vividas como las que titula “Un poeta con dos coches y sin techo” o “Cinema Paradiso”, por citar sólo dos ejemplos de sus “discretas crónicas virtuales”.

Este narrador imperfecto ha incursionado en la vida como profesor, periodista, historietista, escritor, orador, editor, “mánanger y niñero” e incluso como “fantasma”.

Podría hacerle algunas preguntas al autor pero las considero lugares comunes y han sido magistralmente incorporadas a sus relatos con el humor necesario para atenuar la crítica. Por eso no le voy a preguntar: ¿En qué se inspira usted?; ¿Por qué escribe usted?; ¿Se anima a escribir mi historia?; ¿Usted vive de sus obras?; ¿Cómo se escriben un cuento, una novela, un ensayo, una crónica? Dejaré de lado esas tan obvias como inevitables interrogaciones para centrarme en una sola: ¿Qué miedos rondan a un escritor?

Perder los borradores de un nuevo texto, ser demandado por lo que escribimos, estar ante una sala vacía de espectadores, que defenestren nuestra obra en público… “Me ocurrió lo que a muchos, que pueden soñar con una bella amante entre sus brazos o tomar abundante dinero en las manos o volar mágicamente por un paisaje increíble y despiertan con la desilusión de que todo fue solamente un sueño Como mi pasión está centrada en la literatura, entonces sueño con ella. Así de simple.” (14 de marzo de 2018)

¿Por qué seguir escribiendo entonces, a pesar de los miedos? Precisamente para enfrentarnos con ellos y deshacer los hechizos.

“Es que escribir es un destino, como lo son la música, la pintura, la danza, el teatro y otras expresiones artísticas. Una pasión que se abraza con el alma. Es una estrella que ilumina un camino sinuoso del que resulta difícil escapar, por más que se quisiera, como seguramente les pasó a quienes entregaron su vida al arte y construyeron las grandes obras que hoy conocemos.”

Santos Vergara deja explicitado en su nuevo texto que el oficio de escritor participa del espectáculo y del rito, es catarsis y es formación. Se origina en cierto espíritu de aventura y de curiosidad y se construye en un tortuoso camino que contiene tanto alegrías como momentos de angustia, decepción o dolor. Reconociendo que es parte de la vida y no su totalidad, la escritura aparece como una dimensión que atraviesa el trabajo, el ocio, el estudio, la vida familiar y social. Es sólo una parte de nuestras vidas pero la significa, la cuestiona, la reivindica, le da sentido. El autor reconoce que en este oficio, como en cualquier otro, hay muchos que te dan una mano, que te palanquean, que te dan un empujoncito y otros que, en dirección contraria pueden bloquear los proyectos o anularlos definitivamente. De estos últimos hay que huir. De allí, la importancia de la palabra oportuna para valorar la propia producción y la de los demás. La importancia de destacar los éxitos y los héroes pero también los fracasos y los antihéroes, como los que aparecen en los relatos construídos por sus hijos o nietos y que son incorporados con sabia generosidad a la obra del autor.

¿Puede llamar la atención el elogio de la imperfección? (elogio de la fealdad, de la pereza, elogio del murciélago…) ¿El elogio de un narrador imperfecto? Puede llamar la atención, sí, pero de hecho no resulta impertinente el planteo. La existencia y el reconocimiento de la imperfección propia y del mundo es lo que posibilita seguir en la búsqueda, tratando de ordenar una y otra vez los datos de la realidad, construyendo relato porque hay un pasado y hay una comunidad que permiten imaginar la historia. O las historias si elegimos el plural que siempre es más inclusivo. Byun Chul Han, el renombrado filósofo coreano, acaba de editar su libro La crisis de la narración. En él advierte que vivimos en una era posnarrativa cuya característica principal es el vacío narrativo. Por suerte siempre hay quienes escapan a la regla. Santos Vergara es uno de ellos. Con su mirada prolongada y serena como su propia voz y su escritura sigue produciendo una narrativa que, aún incorporando a las nuevas tecnologías, no deja de ser prodigiosa y llamativa, algo que va más allá de lo anecdótico o del momento y que perdura en el tiempo. Esa actitud le permite salvarse a sí mismo a la vez que invita a lector para que juntos se salven de la soledad y el aislamiento. Un narrador imperfecto que ofrece entretenimiento, la posibilidad de ensayar una mirada contemplativa y crítica del mundo. La oportunidad de salvarnos del abismo a través de la narración y la escucha atenta. Gracias Santos por compartir esa mirada y mostrar esa actitud ante la vida.

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