miércoles 22 de mayo de 2024
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A 50 años de Stonewall | En Salta también marchan para señalar que el mundo no es uno, sino muchos

Con las mujeres trans de protagonistas, la marcha del “Orgullo” recordará hoy los 50 años de una revuelta que lanzó al colectivo LGBT a una disputa abierta por espacios en el debate y las políticas públicas. (Daniel Avalos)

Al menos por unas horas, el centro de la ciudad estará tomado por salteñas que durante años buscan ser relegadas de las calles por la “casta salteñidad”. Esta tarde serán, sin embargo, las protagonistas de la marcha del “orgullo gay”: hablamos de las mujeres trans. No sabemos cuántos salteños y salteñas están dispuestos a comprenderlas, pero sí sentenciamos que el protagonismo que tendrán simboliza un hecho irrefutable: los avances que el colectivo de la diversidad sexual ha logrado en las últimas décadas también en Salta.

Avances que sólo pueden explicarse por la actitud de nunca considerar un logro como un punto de llegada, sino como un nuevo punto de partida, confirmando lo que alguna vez sentenció ese gran pensador peruano que fue José Carlos Mariátegui: la humanidad llega a algún lugar solo para volver a empezar. Situación que explica también por qué quedando aún mucho por qué pelear, haya también mucho por celebrar. Recordarán hoy un hecho que supuso un quiebre para el colectivo LGBT que intuyó correctamente que el acontecimiento abría un periodo en donde ya nada sería igual a lo que venía siendo.

Ocurrió el 28 de junio de 1969, en tierras bien lejanas de la nuestra y con protagonistas que ni siquiera hablaban nuestro idioma, pero cuyos efectos abrazaron a todo el mundo occidental. Fue en Stonewall -New York- donde el colectivo de la diversidad y los más marginados de entre ellos (travestis ydrag queens) se cansaron de los hostigamientos y las razzias policiales, y protagonizaron una batalla en la que pusieron los detenidos, los heridos y los muertos.

El suceso consolidó una identidad propia que logró conmocionar al linaje argumentativo religioso y también a ciertos enunciados que, disfrazados de científicos, servían para clasificar a ese colectivo: pecadores descendientes de ciudades que por cobijar la homosexualidad – Sodoma y Gomorra – fueron pulverizadas por dios con una lluvia de azufre y fuego; o enfermos clínicos que, para recuperarse, debían ser encerrados en asilos. Lo primero provenía de las iglesias; lo segundo, del pseudocientífico alemán Richard Von Krafft-Ebing, quien aseguraba que la homosexualidad era una “degeneración neuropática hereditaria” agravada por la excesiva masturbación.

La revuelta de Stonewall fue un “basta” colectivo; también la clara decisión de abandonar los rincones donde habían sido relegados por la “sana moral”; y también una rebelión del lenguaje que subvirtió el significado de términos que hasta entonces denotaban humillación y odio. Adjetivos como amanerado, trolo, maricón o puto que, apropiados por gays, lesbianas o travestis, sirvieron para significar un sentimiento de satisfacción por una condición a la que consideraron digna de mérito. Por eso resultó lógico que, corriendo el año 1973, en la revista Así, un referente del Frente de Liberación Homosexual argentino, Néstor Perlongher, declarara que el orgullo gay significaba el claro “intento de alentar a los hermanos de lucha y destruir el complejo de culpa y vergüenza que desde nuestra infancia y durante los años de existencia arrastramos como producto de la educación represiva y antihumana del sistema”.

Stonewall, entonces, como revuelta que agujereó la pared de la realidad. Una realidad que bien puede ser para muchos la única verdad, aunque no sea menos cierto que, tal como la imponen los poderosos, suele constituir una atmósfera asfixiante para los oprimidos. Stonewall como acontecimiento que consolida una identidad que fue la condición de posibilidad para exigir a lo establecido demandas políticas concretas que ampliaran derechos. Políticas inclusivas que para nada resuelven los muchos y dramáticos problemas que aún persisten, aunque sí convirtieron a nuestro país en un punto de referencia para colectivos de otros países que abrazan dos banderas acá legalizadas.

Una de ellas es la Ley de Matrimonio Igualitario, a la que algunos ningunean por haberse sancionado cuando la propia institución del matrimonio cae en desuso, prescindiendo de analizar el enorme valor simbólico y político de un logro que en su momento provocó otro hueco en el muro de la realidad. Hueco que posibilitó otra conquista como la Ley de Identidad de Género; ley que explica por qué desde hace unos años – por ejemplo – las mujeres trans forman parte del Encuentro Nacional de Mujeres que por muchos años había prescindido de ellas en lo que a participación formal se refiere.

Esas mujeres – una vez más – serán las protagonistas centrales de la marcha de hoy también en Salta por dos simples y poderosas razones: fueron las que se encargaron de enderezar lo que la naturaleza y la ley torcieron durante tanto tiempo. Lo último se ganó en las calles marchando durante años para señalar que el mundo no es uno sino muchos, mientras lo primero se logró con el avance de la ciencia médica que permitió enderezar el error de una naturaleza encaprichada con poner mujeres en cuerpos de hombres. Puede incluso que el enorme esfuerzo que lo último supone explique porqué ellas no se conformen con ser la mujer estándar y pretendan convertirse en la mujer diva o la mujer celebridad.

En esos razonamientos navegaba un escritor que dedicó toda su vida a desmontar la cotidianeidad nacional mexicana. Hablo de Carlos Moisiváis. El mismo que preguntándose por qué la mujer trans materializa el espectáculo ensayaba la siguiente respuesta: por ser el sector del colectivo de la diversidad que más sufrió y sufre la marginación y la persecución. “¿De qué manera conserva su salud mental un marginado? ¿Cómo acepta el derecho a la conducta propia si el entorno lo repudia, la iglesia y la sociedad lo condenan y la conciencia de culpa está al servicio de los dictados de la moral judeocristiana? La solución de unos cuantos es hacer de sus vidas obras de arte”. (Carlos Monsaváis: Los ídolos a nado).

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