Alejandro Ruidrejo.

Alejandro Ruidrejo – filosofo de la U.N.Sa. – reflexiona en esta nota cómo la propia tradición neoliberal brinda la teoría y las experiencias de que la nacionalización es aceptable, si el ahorro se pone al lado del trabajo en la economía nacional.

En ocasiones excepcionales las nacionalizaciones son deseables, si se encuentran resguardados los derechos de los accionistas, y se asegura al ahorro el lugar que merece, al lado del trabajo, en la economía nacional. Con palabras como esas, Louis Baudin, una de las figuras emblemáticas del neoliberalismo temprano, se refirió al modo en que debía concebirse el rol del Estado en la economía, en el marco de unas conferencias que dictara en 1947, en Perú. Ese discurso era compatible con su defensa de la propiedad común que caracterizaba a las comunidades indígenas herederas del socialismo incaico, como una forma de evitar la bolcheviquización. Sus ojos seguían con cruda agudeza los efectos que la Reforma Universitaria de Córdoba había producido, bajo una distorsionada forma de concepción universitaria que nutría la convergencia entre indigenismo y socialismo en la realidad peruana.

Desde esa posición, el economista francés se permitió celebrar los esfuerzos del primer rector de la Universidad de Tucumán, Juan B. Terán, por neutralizar la politización que invadía las instituciones educativas argentinas. El devenir de esa pugna tomó un relieve dramático cuando, en el contexto de la crisis económica mundial de 1929, la afirmación de los reformistas tucumanos produjo la renuncia de Terán, y el cogobierno conquistado terminó inscripto paradojalmente en un orden dictatorial a nivel nacional. La oligarquía azucarera del Tucumán, perdía la conducción de una universidad pensada en función de las fuerzas económicas de los ingenios, que unían la región norteña al resto del país a través del hilo de las exportaciones.

Las ideas de Baudin fueron anteriores a las expropiaciones llevadas a cabo durante los primeros gobiernos peronistas, pero marcaron su continuidad cuando, tras la Revolución Libertadora, los economistas de corte liberal conservador lo invitaran al país para ilustrar sobre las formas en que un nuevo orden económico podría ayudar a desperonizar a los sectores populares.

La incesante tarea de explicar el sentido del neoliberalismo en nuestro continente, llevada a cabo por el profesor galo, se aunaba a las energías puestas en la fundación de la Sociedad Mont Pelerin, y en la potenciación de sus usinas de pensamiento. El carácter infatigable le fue reconocido, en ocasión de su muerte, por un ordoliberal de la estatura de Wilhem Röpke, como muestra de que la guerra mundial había colocado al francés y al alemán en el mismo bando de un pensamiento económico, que buscaba superar la irracionalidad de liberalismo sin límites. Con ese profundo deseo, Röpke se había dedicado a desentrañar las implicancias económicas de la encíclica Quadragesimo Anno, que recogía los aportes del jesuitismo a un nuevo orden social y económico.

Tanto la doctrina social de la Iglesia como las experiencias de gobierno económico de la Compañía de Jesús en el Paraguay, fueron objeto de interés de economistas neoliberales alemanes como Walter Eucken, y de su discípulo Oreste Popescu, quien se exilió en Argentina en 1949 y en su libro “El sistema económico en las misiones jesuíticas: un vasto experimento de desarrollo indoamericano”, llegó a afirmar que, lejos de encontrar en el experimento misional la realización de un comunismo económico sostenido durante ciento cincuenta años, la división entre propiedad individual y propiedad comunal, reflejaba el intento de realizar en tierras americanas algo del orden propuesto por Platón, basado en el principio de que los ricos no sean demasiado ricos ni los pobres demasiado pobres, compartido por el entonces presidente Perón.

Popescu colaboró en parte con los intentos de Baudin por fortalecer un campo de instituciones, publicaciones, y circuitos internacionales comprometidos con el pensamiento neoliberal, pero más allá de ambos, fue la figura de Hayek la que terminó por imponerse no sólo en la Sociedad Mont Pelerin, sino en la definición del tipo de neoliberalismo que, a través de la Escuela de Chicago, logró implementarse en nuestra región.

En medio de ese proceso de hegemonización del pensamiento económico, en el Departamento San Lorenzo de la provincia de Santa Fe,  bajo el influjo de la recuperación democrática y con la voluntad de repensar el pasado reciente, en 1986, la Comuna de Puerto San Martín, como emergente de la experiencia editorial de los “Cuadernos de la Comuna”, reunió a un conjunto de intelectuales que, desde un amplio arco de tradiciones políticas que iban desde el peronismo hasta el socialismo y el liberalismo, buscaron pensar la Argentina en el marco de un congreso de filosofía, en cuyo discurso inaugural se decía: “Así nació la presente convocatoria. Desde el pueblo mismo. Desde una pequeña comuna, cuyos habitantes conocen las dos caras de la realidad argentina. Lo que queda de la Argentina rica, industrial y exportadora de alimentos y lo que avanza de la Argentina pobre, doliente y marginal. Tal vez por eso y porque el pueblo guarda la esperanza, sintió la necesidad de llamar a sus filósofos.”

Horacio González fue una figura central de esa singular experiencia político intelectual, que supo tener también un momento de tensiones marcadas por la pugna entre la entonces Comuna de Puerto San Martín y las empresas exportadoras de granos, por delimitar las formas en que el Estado debía existir en el territorio que se había ordenado a las necesidades de reproducción del mercado. Toda una querella jurídica sobre el ejercicio de la soberanía contrapuso a los abogados pertenecientes a la Universidad Nacional de Rosario y a los que provenían de Estados Unidos; los primeros en defensa de lo público y los segundos, con el propósito de limitar cualquier intento de expropiación que pudiera vehiculizarse a través de ello.

Si el presente admitiera reducir su opacidad bajo la luz de las fuerzas persistentes de un pasado recortado con los gruesos trazos que le han impuesto estas palabras, las actuales tensiones que se despliegan en torno a la decisión de la posible expropiación de Vicentin develarían parte de la compleja trama de su genealogía.

La miríada de fuerzas y voluntades que escapan a las grandes síntesis interpretativas no impide que se disparen los interrogantes que intentan ordenarlas en la indagación sobre el lugar que la expropiación puede tener en una racionalidad de gobierno que se ha apoyado en las críticas al fundamentalismo del mercado, cuya voz más resonante es la de Joseph Stiglitz y su incorporación más concreta en la política nacional es el Ministro de Economía, Martín Guzmán. Pero que, además, no ha dejado de tener en su horizonte de referencia lo que se ha llamado la “Economía de Francisco” y sus fuertes denuncias de los excesos del capitalismo financiero.

La racionalidad con la que se ha construido el consenso para la negociación de la deuda soberana argentina, se inscribe en un mundo que no ha podido inmunizarse frente a las crisis económicas producto de la irracionalidad de los intereses especulativos. Si el caso argentino puede ser indicador del grado de éxito que pueden tener los intentos de evitar un colapso internacional, las expectativas girarán en torno al modo en que se dirima cuánto de la fuga de divisas en nuestro país, producto de las exportaciones de granos, puede conciliarse con la sustentabilidad económica que requiere todo acuerdo sobre el futuro del endeudamiento. En ese contexto, la propia tradición neoliberal brinda no sólo la teoría, sino también las experiencias de que la nacionalización es aceptable si el ahorro se pone al lado del trabajo en la economía nacional.

En un registro distinto, nuestra actualidad se encuentra redefiniendo los límites de una soberanía política bajo las formas en que es requerida como instrumento emancipatorio en el orden de lo alimentario, lo sanitario y del conocimiento; pero, a la vez, como apuesta por una economía igualitaria en un sistema de bienes comunes, que rebase la lógica en la que el neoliberalismo sopesa el trazado de las nuevas divisorias sociales de los sacrificables.