Editorial | En el Día Internacional de la libertad de prensa, el flash de José Luis Cabezas nos ilumina

El siglo XX identificó al Estado como la amenaza exclusiva a ese derecho, aunque el siglo XXI muestra que las corporaciones, los grandes empresarios y las mafias también lo son.

Se celebra hoy el Día Internacional de la Libertad de Prensa y conviene hablar de ello. Por su importancia en sí misma, pero también porque vivimos una etapa en donde los medios de comunicación gozan efectivamente de un gran Poder. Poder que es reivindicado por los medios de comunicación y por los trabajadores de prensa en nombre de “la posibilidad de mantener una sociedad libre, garantizando a los ciudadanos el derecho a recibir información imparcial y oportuna”.

El postulado pertenece a la Sociedad Interamericana de Prensa y permite explorar algunas definiciones sobre el concepto que hoy celebramos. Hay quienes entienden esa “libertad de prensa” como el libre acceso a las escenas en donde se producen los acontecimientos de importancia sin represión o riesgos de parte del Estado. A cambio de ello, se supone que los medios y el trabajador de prensa debe reportar la información con plena imparcialidad. Lo último, incluso, nos recuerda al peruano Mario Vargas Llosa quien rememorando su juvenil etapa periodística, considera que el periodismo moderno supone “comenzar la noticia con el hecho central resumido en breve frase para luego desarrollar el resto de la información de manera escueta y objetiva”.

Digamos que existen definiciones menos empíricas y aburridas. Es el caso de la American Press Association que retomando las ideas de nuestro connacional Juan Bautista Alberdi, considera que “la libertad de prensa es una libertad que el pueblo no cede a sus representantes, lo retiene para sí porque es la que le permite conocer la gestión de sus gobernantes”. De allí, aseguran, que sea una contradicción que esos gobernantes pretendan reglamentar la libertad de expresión “y mucho menos qué es lo que el pueblo debe leer, ver u oír”.

No obstante lo dicho, ésta última declaración y la ya mencionada de la Sociedad Interamericana de Prensa poseen un denominador común: la de identificar al Estado como el actor capaz de amenazar la libertad de prensa. Aspecto que se entiende perfectamente si reparamos que tales definiciones surgieron en momentos en donde el Poder de los Estados nacionales eran casi omnipresentes por la capacidad que poseían para generar entre sus ciudadanos sensaciones y costumbres, pero también porque eran tiempos en donde los gobiernos, los partidos o los liderazgos carismáticos lograban mimetizarse directamente con el propio Estado.

De allí que cualquier definición sobre la libertad de prensa no deba excluir al Estado como amenaza a ese derecho; aunque no deberíamos olvidar que el Poder de esos Estados se ha ido reduciendo desde hace varias décadas en favor de grandes corporaciones, poderosos empresarios y mafias de distintos tipos que también se han ido convirtiendo en obstáculos reales a la libertad de prensa. Son esos actores, además, quienes se convirtieron en los defensores ideológicos y los ejecutores prácticos de un adelgazamiento estatal que siguiendo el postulado liberal – menos Estado es igual a más libertad – concluyó que la privatización de los medios de comunicación garantiza el pleno acceso a la información.

Enfaticemos aquí que eso no ha ocurrido y que tal discurso resultó una superstición verbal. No sólo porque esos poderosos medios tienen ahora el poder que antes poseían los Estado a la hora de generar costumbres y hasta sentimientos en la ciudadanía, sino también porque las leyes que regulan a las sociedades no permiten controlar a esas grandes corporaciones como sí se puede controlar al peor de los gobiernos democráticos que maneja un Estado.

Ello resulta tan así que un ejemplo trágico viene a ilustrarlo: en las últimas décadas sólo un periodista argentino fue asesinado por hacer su trabajo. Hablamos de José Luis Cabezas en enero de 1997. Un atentado a la libertad de prensa que no obedeció a que el fotógrafo estuviera investigando a un funcionario del Estado, sino a un empresario como Alfredo Yabran quien – como los políticos que los empresarios dicen no ser – también acostumbraba hacer sus tejes y manejes en una oscuridad turbia. Una oscuridad a la que José Luis Cabezas iluminó disparando el flash de su cámara fotográfica, acto que finalmente terminó costándole la vida.