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El Mal sin Pasión | Macri y la provisión de armamento para apoyar a los golpistas bolivianos en 2019

Era el rostro que nos faltaba ver: el de la complicidad con la represión y las muertes a bolivianas y bolivianos que como tantos argentinos buscaban resistir el derrocamiento de un gobierno constitucional. (Daniel Avalos)   

Sí sabíamos que Mauricio Macri denominó “gobierno de transición” al que encabezó Jeanine Añez en Bolivia tras el derrocamiento del presidente constitucional Evo Morales en noviembre del año 2019. Fue el recurso que utilizó para negar lo obvio: que allí había ocurrido un Golpe de Estado que, como todos, supuso el momento violento en que distintas estructuras estatales se hacen del control del gobierno atentando contra la voluntad popular expresada en elecciones. También observamos entonces que los golpistas bolivianos y los presidentes latinoamericanos cómplices justificaban la barbarie con el argumento de siempre: todo era el resultado de los desquicios que producen los populismos (en el siglo XX culpaban a la democracia directamente) que obligan a los “ciudadanos que se sienten elegidos” a recurrir a la fuerza para defender a las instituciones que desmantelan y purgar a la nación.

Lo que no sabíamos era que el gobierno argentino de entonces había suministrado material bélico que los golpistas usaban para lacerar los cuerpos y quebrar la moral de los bolivianos que se oponían al golpe. Lo supimos ayer cuando trascendió una carta en la que el comandante general de la Fuerza Área Boliviana –Jorge Gonzalo Terceros Lara– agradecía al entonces embajador argentino Normando Álvarez García el “material bélico de agentes químicos” suministrado por el gobierno argentino. La misiva es del 13 de noviembre de aquel año, cuando el presidente depuesto Evo Morales buscaba abandonar el país para librarse de la muerte y la propia Añez asumía como presidenta.

Todavía no sabemos cuándo efectivizó nuestro país el envío de ese material; sí que la represión era la regla y que algunas se convirtieron en todo un símbolo del horror: el 19 de noviembre de 2019 quedó en la historia negra de Bolivia como el día de la masacre de Senkata, localidad del Distrito 8 de la ciudad de El Alto a 40 kilómetros de La Paz en donde la represión se cobró 10 muertos, 65 heridos y decenas de detenidos. Dos días antes, una matanza de similares características y con igual cantidad de muertos ocurría en la ciudad de Sacaba del departamento de Cochabamba.

A todo ello, prestó su colaboración el presidente Macri. Ya le conocíamos muchas cosas impugnables o reprochables a él: su incorregible pereza; su torpeza verbal, la inclinación a confundir hechos y sentidos de nuestra historia nacional; el apego por explicar su fracaso como presidente apelando a metáforas climatológicas en donde todo se explicaba con “tormentas” imprevistas; su nula empatía con los problemas concretos de los argentinos y argentinas de carne y hueso; su infinita capacidad para frivolizarlo todo apelando a espejismos deportivos; y hasta el impugnable éxito de elevar a la categoría de casi ciencia la mentira lisa y llana mientras como abuelo melancólico hablaba de su hija Antonia. Lo que nos faltaba ver era lo otro que ahora sale a luz: la del hombre que ni temerosos ni heroico, proveía de materiales bélicos para producir dolor y muerte en bolivianos y bolivianas que se oponía a un golpe de estado. Lo hizo a lo Macri. Sin fanatismos ni arrepentimientos. Sólo atado a la estrategia que el Imperio dictaba para una región “contaminada de populismo”. Macri, en definitiva, encarna bien eso que Domingo Sarmiento, en su libro Facundo, definió como la “maldad sin pasión”. Un monstruo apacible dispuesto a regar opresión desde la comodidad de una reposera. Sarmiento lo hacía para condenar a los federales de entonces que, para él, como ahora para Macri, debían ser aniquilados para que se imponga la “civilización”.

Eso venimos a descubrir ahora. Eso y las características de un gobierno nacional que entre el 2015 y el 2019 se pareció a una novela kafkiana donde nunca se encuentran los responsables porque todos los involucrados de primer orden -el ex canciller de entonces, Jorge Marcelo Faurie; la ex ministra de Seguridad, Patricia Bullrich; o el ex embajador argentino en Bolivia, Normando Álvarez García- aseguran no saber qué pasó para descargarlo en los hechos en secretarios, secretarias y subordinados de poca monta que ni siquiera sabemos quiénes son. Ello explica el presente político de dos halcones cambiemistas como Macri y Bullrich. Fueron condenados al ostracismo político. No por el kirchnerismo, sino por el mismo Juntos por el Cambio que busca mantenerse vigente con un Horacio Rodríguez Larreta que optó por el parricidio político para evitar que su mentor lo dejara a él mismo sin proyección futura.

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