Lo peor de la política | Jueces regalan a Milei lo que el Congreso rechazó: permitir la venta ilimitada de tierras a extranjeros

Una prolongada movilización popular había obligado al presidente a archivar el proyecto. La Corte Suprema pasó por encima del sentir popular y del derecho de veteranos de Malvinas a expresarse sobre la soberanía nacional. (Daniel Avalos).

Al principio fue un partido de fútbol. Lo disputaron el 15 de julio pasado Argentina e Inglaterra por la semifinal del Mundial. No fue un partido más. Porque en una sociedad como la nuestra, tan fragmentada en casi todos los aspectos, cada vez hay menos denominadores comunes. Sólo el fútbol y reivindicaciones históricas como la de Malvinas están atravesadas por códigos que unifican a la mayoría de los argentinos. Aquel partido combinaba esas dos dimensiones. Por eso el Himno se cantó como se cantó. La entonación tranquila al desear que los laureles obtenidos sean eternos y también el imperativo de vivir “coronados de gloria”, para luego emitir con vehemencia, convicción y hasta con furia que si la gloria nos es esquiva, lo mejor es una muerte gloriosa.

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Si contra Inglaterra esos tramos hicieron escalar la emocionalidad hasta niveles impresionantes, ello obedeció a que ese tipo de partidos condensan de forma poderosa esos códigos que nos atraviesan a casi todos: fútbol y Malvinas. Por ello también nos angustiamos cuando íbamos perdiendo. Por eso la prepotente elegancia y habilidad de los jugadores que, atravesados por el mandato del himno nacional, fueron acorralando al rival hasta empatarlo primero y ganarlo después. Porque para esos jugadores, que ya están salvados económicamente de por vida, en ese tipo de partidos las concepciones no guerreras dejan de ser una opción. Contra Inglaterra, en términos futbolísticos, sólo había dos posibilidades: vida gloriosa o muerte gloriosa, no las mediocridades de los términos medios.

Tras el triunfo futbolístico, el “trapo” subversivo que se volvió remera. Pincelado por hinchas indignados por la sumisión de la ministra de Seguridad nacional que prometió a yanquis e ingleses que los aficionados no entrarían al estadio con banderas pintadas con “mapitas de Malvinas”. “Ni mierda” dijeron los hinchas. Juntaron unos dólares (10 para ser más precisos) y buscaron una ferretería yanqui para comprar pintura negra y pinceles baratos. Luego estamparon en una sábana sustraída del hotel la consigna obvia: “Las Malvinas son Argentinas”.

Sobre lo que siguió las versiones difieren. Que Giovani Lo Celso la vio desde el campo de juego en donde festejaba y saltó a las gradas para pedírsela a los muchachos; otros dicen que estos al notar que la seguridad se les venía encima, arrojaron el “trapo” al jugador para que lo resguardara. No importa. Lo cierto es que los jugadores lo desplegaron y el trapo se volvió símbolo. A millones se nos piantó el lagrimón. Esos jugadores de vida resuelta, que contrasta con la de millones de argentinos que hacen malabares para llegar a fin de mes, también imaginaron el sufrimiento de los jóvenes que en los helados campos de batalla entonaban la estrofa imperativa mientras peleaban: “Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. Y tampoco se olvidaban del llanto de cientos de madres bonaerenses, porteñas, correntinas, salteñas, entrerrianas y de tantas otras provincias que perdieron a sus hijos en la guerra del Atlántico Sur.

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Fue el hecho político del año. El “trapo” logró lo que un día antes parecía posible: que el senado nacional no se animara a debatir, el jueves 16 de julio, la Ley que habilitaba la venta ilimitada de tierras rurales a extranjeros. Los senadores concluyeron que hacerlo suponía una locura tras las imágenes que recorrieron el mundo y tocaron las fibras más íntimas de los argentinos. Pidieron retrasar el tratamiento unos días. Querían que bajara un poco la espuma, pero el episodio en vez de evaporarse, se agigantaba. Si estábamos dispuestos a mantener el reclamo por Malvinas, mal podíamos quedarnos de brazos cruzados mientras se legalizaba la parcelación del territorio que nos convirtiera en inquilinos de nuestro país.

Se anunció la marcha que apoyaron deportistas consagrados, muchos artistas y millones de argentinos. El 6 de agosto el país se puso en movimiento para decirle a los senadores que se vive o se muere con gloria como manda el himno, porque lo único verdaderamente intolerable es existir al margen de ella. Ese día el “trapo” volvió a ser bandera y las plazas del país se desbordaron. En todas ellas se entonaba el himno y la estrofa que ratificaba fieramente el juramento. Por si fuera poco, quienes pensaron el himno en medio de la guerra de independencia, lo diseñaron para que el juramento se repitiera tres veces. Cada vez con mayor convicción, in crescendo. Y entonces lo impensable un mes atrás terminó ocurriendo. La movilización popular logró vetar la iniciativa más indigna de un gobierno que de digno tiene nada, en lo que a soberanía se refiere.

A casi dos meses de aquellas jornadas, los jueces supremos corrieron en auxilio del gobierno y los agentes externos que quieren rapiñar al país. De espaldas al sentir popular y a contramano de lo dispuesto por jueces de menor jerarquía, abordaron el caso promovido por veteranos de guerra que, en 2024, habían impugnado un artículo del Decreto 70/2023 que eliminaba las restricciones a la compra de tierras por parte de extranjeros. Un juez 1° de Instancia había dispuesto no innovar hasta que se resolviera la cuestión de fondo, para que luego una Cámara Federal declarara inconstitucional lo decretado y recordara que sólo el Congreso podía eliminar la Ley de Tierras. Fue entonces cuando el presidente recurrió al parlamento para conseguir su objetivo, aunque ya vimos cómo debió dar marcha atrás ante el rechazo popular del que ya hablamos.

Fue entonces cuando entró a la cancha la Corte Suprema de Justicia. Con el fallo de ayer, le dio a Milei lo que este no había conseguido a través del Congreso: reponer el artículo del DNU 70/23 que anulaba la histórica Ley de Tierras. Los supremos ni siquiera opinaron sobre la cuestión constitucional. Se contentaron con aducir que el Centro de Excombatientes Islas Malvinas de La Plata no tenía legitimación para impulsar una acción colectiva. ¡Caramba! Resulta que para los jueces, quienes pusieron el cuerpo para defender la soberanía de Malvinas no pueden opinar sobre ello cuando se trata de todo el país.

Convengamos: la clase política tradicional carga con enormes culpas en este tema porque en el Congreso podría haber vetado aquel desmesurado Decreto. No obstante, ello no debería impedir que los argentinos y argentinas pongamos el foco en esos jueces supremos que también son una vergüenza, que también actúan según criterios y tiempos propios de la política y que son parte fundamental de la clase política. No está nada mal que la ciudadanía se indigne con presidentes, senadores o diputados que perciben un sueldo abultado, gozan de privilegios que millones desconocen, administran pasajes terrestres, también aéreos y un generoso cupo de cargos en donde ubican a personas de confianza con escasos méritos.

Pero esa ciudadanía también debería admitir que mantiene una cuota de control sobre esos políticos al contar con la posibilidad de eyectarlos del cargo no votándolos en la elección siguiente. Chance que esa misma ciudadanía no posee para con los jueces que también poseen un trabajo de título pomposo como los políticos clásicos, pero que a diferencia de estos perciben un sueldo más abultado, mejores jubilaciones, gozan del privilegio de no pagar impuestos a las ganancias y fundamentalmente de la lógica del poder permanente. Porque no mienten aquellos que dicen que para ser nombrados dependen del presidente y de otros políticos, pero tampoco lo hacen quienes advierten que una vez nombrados esos jueces se pueden librar por completo de sus mentores porque sus designaciones son vitalicias y no van a elecciones.

Nada diferencia a esos jueces de los políticos chabacanos de mayor exposición pública. También se entregan a la tarea de desmenuzar jurisprudencia para ponerla al servicio de los poderosos que quieren resguardar o acrecentar patrimonio a cualquier precio. Casi siempre lo hacen del mismo modo. Observando que los magistrados que no fallaron a favor del rico se equivocaron en la primera instancia o metieron la pata en la segunda. De allí que lo ocurrido ayer con el fallo de la Corte Suprema venga a confirmarnos que las chances de una síntesis superadora al interior de esa Corte son nulas. Porque si el concepto de “superación” supone que lo mejor se desarrolle recuperando lo mejor de aquello que se quiere dejar atrás, en esa Corte no hay nada bueno que pueda recuperarse para enriquecer el futuro. En definitiva. No hay nada allí que deba conservarse.

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