La ruta de los papines | La producción de las mujeres kollas en la Puna salteña

Un trabajo retrata la forma en que las mujeres Kolla de la comunidad Colanzulí trabajan la tierra, preservan su cultura y producen tubérculos orgánicos en medio de condiciones extremas de la Puna.

Ese trabajo integra el proyecto que fue presentado al Pulitzer Center por el sitio Infobae junto a Gabriela Oliván, líder y fundadora de Women’s International News Network (WINN).

El mismo analiza condiciones de vida a 4.000 metros de altura, en la “inmensidad del Valle de Colanzulí, en la puna salteña”, en donde un grupo de mujeres organiza el trabajo cotidiano y busca respuestas frente a una crisis climática que incluye la pérdida de previsibilidad del agua. “Con conocimiento del territorio y prácticas heredadas, las mujeres kollas desarrollan estrategias para sostener la resiliencia económica y ambiental ante los extremos que impone el clima del siglo XXI. Entre sus objetivos figura uno concreto: avanzar en un sello de origen para los papines andinos, una herramienta que podría mejorar la cadena de valor de su trabajo en la tierra”, destaca el informe publicado por Infobae.

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Esa crónica junto al contenido audiovisual, forma parte de una serie de cuatro episodios que narran cómo mujeres de comunidades indígenas diseñan su futuro bajo modelos de resiliencia productiva. En el caso de “La ruta de los papines”, lo que se muestra es la adaptación de una comunidad cuando el agua deja de ser predecible y la variabilidad climática la vuelve disponible de a ratos.

Infobae conversó con referentes comunales sobre cómo diseñan el futuro de sus familias frente a desafíos ambientales que golpean la producción de al menos seis variedades de oca —blanca, amarilla, rosada, morada, overa y colorada— y también la llamada papa lisa, considerada uno de los productos más raros de los Andes. Una de las entrevistadas fue Inocenta que camina más de seis horas diarias para atender su trabajo cotidiano. “Parte de mi trabajo diario es venir a dar agua a mis vacas”, aunque también destaca el trabajo de la siembra: “Sembramos papa, papines, papa andina, oca, habas, arvejas y después toda clase de verduras: cebolla, acelga, zapallo, angola y poroto. Somos buenas con las legumbres”.

En su relato, el cambio ambiental se mide por señales concretas: “Las heladas son más tempranas y más largas”, los calores y las lluvias se volvieron irregulares, y “hay partes donde llueve muy poco y a veces pasan meses sin lluvia. Se volvió todo raro con el clima”, declara, para luego agregar que “por falta de agua, sembramos menos”. La respuesta, para Inocenta, pasa por obras y nuevas prácticas para capturar el agua.

“En el futuro tendríamos que enfocarnos más en el riego, implementar un riego que abastezca mejor a nuevos cultivos, por ejemplo, riego por goteo”, y repasa lo que ya hicieron: “Hemos hecho sistema de canales entre las montañas. Antes era todo acequia a cielo abierto, pero después hicimos canalización, entubamos el agua”.

Más adelante, cuando habla de la transmisión de conocimientos y de la vida productiva, Inocenta señala que hay jóvenes que sostienen la agricultura y la ganadería: “Sí, hay muchos jóvenes que viven de la agricultura. Ahora también de la ganadería. En la zona hay vacas y ovejas.

La vida de los distintos pueblos y comunidades kolla del Valle de Colanzulí también pasa por la escuela. “Antes la escuela de Tapial tenía 150 chicos. Hoy no llegan a 30”, declra otra referente del lugar de nombre Olga. Para ella el tema de la baja de alumnos se conecta con la falta de trabajo: “Aquí en la altura del Valle, hay que poner el lomo al sol. Todos los días. A veces de noche; hay que trabajar para poder tener”. Y lo sintetiza: “Nuestros hijos ven esta situación, entonces muchos de ellos se van al pueblo. Y ahí consiguen trabajo, y se quedan”.

Cuando Olga habla del agua, la comparación es directa: “Llovía continuo. Y bajaba agua de todos lados, crecían los ríos”. Después, dice, fue mermando y cerró: “Ahora no hay agua”. La respuesta que imagina no es una abstracción, sino infraestructura. “Ya hay caños, pero sería bueno más canalización abierta y también más tubos, porque el agua llega sin fuerza“.

Olga vuelve a la agricultura como condición para quedarse. “Mis sueños aquí en Colanzulí son poder vender más nuestros productos orgánicos, en gran cantidad, para todos; no solamente para mí, para la comunidad, para que todos podamos vivir.” Y lo dice sin rodeos: “Para que nuestros hijos también no se vayan. Si no hay trabajo, ellos se van”.

Sobre el sello de origen “Valle de Colanzulí”, responde con certeza: “Con los papines ya venimos con el sello desde el 2019. Y venimos vendiendo más cantidad cada año. Todo esto es buen augurio de lo que vendrá”.

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