viernes 14 de junio de 2024
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La “nueva política” en Salta | Cambios y continuidades de la borocotización

El neologismo se popularizó en el año 2005 para condenar a quienes migraban de una fuerza a otra con entera liviandad. El repudio que provocaba antaño aminora, aunque la conducta confunde a casi todos y horada la credibilidad política. (Daniel Avalos)

Podríamos mencionar a cada uno de los que asumieron esa conducta el último mes en Salta, pero el listado es demasiado largo. Contentémonos con pincelar el proceso recordando que muchos de los que asumen tal conducta se iniciaron en contiendas electorales jurando amar al partido tal, aunque luego juró lealtad al partido del frente, más luego se encandiló con una fuerza que prometía combatir a la vieja política sin que ello le impidiera confesar que deseaba volver al primer amor, aunque finalmente contrajera matrimonio con cualquier gran elector que pareciera garantizarle votos, aun cuando las trayectorias de unos y otros pudieran encontrarlos en veredas aparentemente irreconciliables. Algunos denominadores comunes atraviesan a quienes así se comportan: despotrican contra las fuerzas “tradicionales” (fundamentalmente el justicialismo salteño) y por lo general son hombres y mujeres que no superan los 45 años con lo cual bien podríamos denominarlos “La sub 45”.

El desaguisado nos obliga a desempolvar un término de corta pero intensa historia: borocotización. Convendría recordar que la palabra se convirtió en una habitualidad del lenguaje allá por el 2005. En noviembre de ese año, los diarios lo emplearon para informar que el legislador Eduardo Lorenzo, más conocido como el Dr. Borocotó, diecisiete días después de haber sido elegido diputado por el PRO de Macri, abandonaba las filas del macrismo para incorporarse al kirchnerismo. Borocotó explicó su decisión con desvergonzada naturalidad. Relató a Clarín que se había reunido con Alberto Fernández para ver un partido de fútbol; que luego del fútbol, se sumó a la reunión el entonces presidente Kirchner; que el Pingüino alabó sus proyectos de salud y le sugirió que se sume al oficialismo como “un independiente” y que él, Borocotó, dijo que sí: “Que no había problemas y me fui, nada más. Lo primero que hice cuando salí fue llamar a Macri para contarle. Le dejé dos mensajes en el celular.” (Diario Clarín, edición digital del 10/11/05). Seamos justos… El aporte de Borocotó a esa práctica fue la calificación. Nos legó su apodo para calificar un ejercicio que, sin ser del todo común, ya existía, aunque nunca con la dimensión que entonces comenzaba a practicarse.

En aquellos años, la personalización de la borocotización en la política salteña fue Cristina Fiore: esa dirigente que había hecho de la moral cívica una bandera hasta que saltó del PRS al PPS; de este, al gobierno municipal del justicialista Miguel Isa; de allí volvió al PRS para candidatearse como diputada nacional por el urtubeicismo, frente con el que también llegó al senado nacional en el 2013. Habrá que admitir que aquello por lo que Fiore fue criticada hasta el hartazgo, se ha convertido en conducta naturalizada que solo viene a confirmarnos que entre una parte importante de la clase política no anidan grandes causas provinciales sino más bien grandes causas personales. Habrá que admitir incluso que la conducta es más propia de las jóvenes dirigencias y no de las más viejas, observación descarnada que nos desliza necesariamente a una digresión.

La misma servirá para resaltar que esa dirigencia joven que decía luchar contra la “vieja política” puede ir ganando terreno, pero está lejos de suponer una renovación política deseable.  Una “juventud” que confundiendo “simpatía” con “credibilidad”, balbucea que la “vieja política” busca perpetuar sus intereses sofocando cualquier tipo de renovación dirigencial, justo lo que esos jóvenes están practicando al saltar de un partido o frente electoral o a otro con el solo objetivo de permanecer. Admitamos que la desvergüenza existe. No para clavarnos cuchillos en el pecho por vivir un periodo juvenil poco romántico, sino para confirmar que el problema, además de ser viejo, atravesó periodos en los cuales el prestigio revolucionario de la juventud era absoluto. Un ejemplo puede ilustrarlo. Lo extraigo de lo ocurrido en una cárcel cordobesa en 1972, cuando una veintena de jóvenes detenidos por razones políticas en la dictadura de Lanusse escribieron un documento al que se conoció como el “Documento Verde”. Los detenidos provenían de la organización Montoneros, aunque el escrito constituía la primera crítica a esa organización desde el interior mismo de la guerrilla. Allí cuestionaban, entre otras cosas, la certeza montonera de que el peronismo sería el movimiento de la revolución si se expulsaban de la fuerza a los viejos burócratas y traidores a través del “trasvasamiento generacional”, algo que supondría el encumbramiento de la juventud en la conducción del movimiento, cosa que los reos veinteañeros (muchos más jóvenes que los jóvenes de hoy) negaban abiertamente al asegurar que el trasvasamiento generacional era inocuo sin un cuestionamiento a fondo de las estructuras perimidas. Conclusión: la juventud no garantiza nada porque también es proclive a quedar atrapada en las lógicas que congelan los periodos en la modalidad de la dominación, tal como puede ocurrir con los adultos sin pasión alguna.

Hecho el rodeo, retomemos el fenómeno de la borocotización salteña que inauguró Fiore, pero que se extiende cada vez más. Digamos al respecto que las semejanzas entre Cristina Fiore y los borocotizados de hoy no logran disimular diferencias importantes. Concentrémonos primero en las similitudes y resaltemos que la actual senadora nacional y los borocotos de hoy se parecen bastante en un punto: se muestran cordiales, moderadamente afectuosos y enemigos declarados de las conductas confrontativas que, al decir de ellos, tanto mal le hacen a este país y a esta provincia. Pero en lo que más se parecen es en otra cosa: son profesionales de la política, personalidades que se autovaloran no según su grado de entrega a un proyecto colectivo, sino a sus capacidades para lograr la plenitud personal a costa de cualquier proyecto colectivo. El psico-borocotó es así: un ser de aspecto pulcro y cuidado a lo niño o niña bien, pero conscientemente útil a un sistema al que desean servir a cambio de una cuantiosa retribución. Seres, además, que desean como pocos seguir siendo parte del engranaje del poder no para conocerlo y transformarlo, sino para adentrarse en los secretos del mismo a fin de garantizarse un nicho permanente, valiéndose de una herramienta letal: la desvergüenza.

Pero entre el ayer de Fiore y los borocotós de hoy también hay diferencias. Es pertinente detenerse en ellas. No sólo para hacer honor al título de la columna, sino también para rescatar rasgos nuevos entre los psico-borocotós. Los hombres y mujeres de más edad, por ejemplo, fueron testigos hace más de una década de cómo los cambios de bandos generaban escándalos políticos y mediáticos que ahora no ocurren. Eso también puede explicarse tomando como ejemplo el caso de Cristina Fiore en aquellos años. Después de todo, nadie podrá negarle a la actual senadora nacional que ella provenía de una vida de militancia política. Eso suponía que estaba encuadrada dentro de estructuras partidarias que, al descubrir la relación carnal entre una dirigente propia con el adversario, reaccionaba de manera iracunda, algo que se multiplicaba aún más cuando la mujer infiel admitía que todo la había sorprendido, aunque finalmente reconocía que sí, que después de pensarlo con mucha atención, el nuevo amor era lo mejor para ella, aun cuando el cambio de pareja dejara heridas en otros y que ella más que nadie lamentaba.

Nada de esto ocurre hoy con las tranquilas migraciones que protagonizan los nuevos borocotizados. La razón no obedece a que vivamos tiempos en donde las infidelidades maritales gocen de mayor tolerancia. Las razones son de otro tipo. Una de ellas es simple y poderosa: los borocotizados de hoy nunca militaron orgánicamente en fuerza política alguna. Ellos pertenecen a otra raza de políticos. Una que se jacta de provenir del mundo de la no política, de ser dueños de una popularidad funcional a sus objetivos políticos, pero que fue adquirida en dimensiones ajenas a ella. De allí que la borocotización de hoy sea algo así como la fase superior de ese proceso: aquella que en vez de violenta es apaciguada; aquella en la cual el protagonista no se siente un traidor y aquella que no despierta el rechazo estridente de la sociedad. Reconozcamos entonces que estos personajes tienen razones para no sentirse traidores. Después de todo, carecen en serio de razones políticas partidarias para sentir culpa: nunca comprometieron fidelidad a objetivos esenciales de un determinado colectivo político y, por ello mismo, nunca estuvieron vinculados a bases sociales específicas como sí suelen reclamar para sí los partidos políticos.

De allí la obvia tranquilidad de conciencia de quienes poseen un recorrido político – electoral similar: o son literalmente dueños de un partido unipersonal que no exige lealtades políticas ni electorales duraderas a nadie, o recibieron la invitación de algún partido más importante que regenteado por un astro que tiene brillo propio, desea explotar la mayor o menor popularidad del agasajado que, sin embargo, termina convertido en un satélite que orbita sobre el primero. Los borocotós de hoy, en definitiva, no tienen militantes a quienes dar explicaciones y que sean capaces de putearlos por saltar de un lugar a otro. De allí que tales migraciones políticas generan poco escándalo.

En medio de todo esto, la que pierde es la política misma y sobre todos los militantes que, independientemente de las tradiciones políticas de las que provengan, aspiran a que el mundo se transforme en una dirección que consideran deseable desplegando tiempo, esfuerzo e inteligencia en pos de un objetivo inescindible de los sectores sociales a los que ese militante pretende representar. En las elecciones que se avecinan, esos militantes deben estar atravesados por sensaciones ambivalentes. Por un lado, saben que su esfuerzo desinteresado y sostenido en el tiempo por desenmascarar al dañino modelo nacional ha dado sus frutos; por el otro, saben también, que muy posiblemente perderá un poco más de terreno en manos no de la vieja política, sino de un tipo de política que reivindica a la juventud como materialización de la renovación, y al pragmatismo como anticuerpo de la ideologización. Que esos militantes estén dispuestos a pagar ese costo para desempolvarnos del mal mayor, no hace más que confirmar su rol de imprescindibles.

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