Cercanías | Emiliano Durand, el intendente de Salta que corre detrás de su visión de ciudad

En su discurso de apertura de sesiones, el jefe municipal mostró que lo que dice se corresponde con lo que se ve en la ciudad. Balance de una gestión de ritmo de trabajo inédito. (Daniel Avalos).

Su discurso en la inauguración de las sesiones ordinarias del Concejo Deliberante duró apenas 29 minutos. Fue sobrio y de ademanes pausados. En medio de una explosión de histeria política increíblemente de moda, donde casi todos recurren a la denuncia chillona, al ataque artero y a jurar que prefieren morir calcinados antes que permitir el triunfo de sus adversarios, Emiliano Durand se mostró del lado de los argumentos racionales.

El intendente de Salta parece desestimar el conflicto y apostar por decir qué hará para mejorar la ciudad. Se tomó menos de dos minutos para aclarar que recibió una capital provincial detonada porque “Bettina Romero abandonó la gestión siete meses antes de dejar el gobierno”, mientras Nación recorta coparticipación y reduce la obra pública a casi cero. Nada más. Dio contexto, no lloró pesada herencia. A los libertarios del Concejo Deliberante les recordó que los debates ideológicos no le interesan, pero que agradecería que aprovecharan su cercanía con el gobierno nacional para gestionar obras fundamentales para la ciudad que representan un costo muy superior al presupuesto anual del municipio.

Municipalidad de Salta

Luego enumeró lo que ya hizo y lo que piensa hacer. Allí radicó una novedad para la política de hoy: lo que dijo se corresponde con lo que uno ve en la ciudad cuando la recorre, razón por la cual no habría que dudar que llevará adelante lo anunciado para el 2026. El balance lo diferencia definitivamente de Bettina Romero, una jefa comunal que personalizó una gestión caracterizada por la inauguración de puentes que no se habilitaban al tránsito; semáforos que no funcionaban; protestas afuera y adentro del Centro Cívico Municipal; funcionarios eyectados y otros que desplazaban las dificultades hacia adelante con la esperanza de que el tiempo resolviera lo que ellos no. Habrá que admitir que los gobiernos en donde la casualidad reina, se despiden con varas muy bajas. Para distinguirse de eso a Durand le alcanzó con ser él mismo: un obsesivo del trabajo y de planes que siempre requieren de objetivo claros y unos cuantos movimientos que permitan alcanzarlos.

De allí que el discurso de ayer no haya inaugurado nada. Sólo resumió el despliegue de un plan de gobierno cuyos objetivos y criterios se explicitaron desde el principio. Un ejemplo lo pincela. Cuando anunció el “Plan de Recuperación de calles” aclaró que la prioridad la tendrían los barrios, que los trabajos comenzarían en las avenidas por donde circulaba el transporte público, seguirían por las arterias que rodean las escuelas, luego las circundantes a los centros de salud y finalmente el resto. Ayer informó los resultados: 4300 cuadras de la ciudad intervenidas, 233 frentes de obras en el 2025 (una cada 37 horas), el 78% de las mismas se ubica en los barrios y 9 de cada 10 pesos empleados surgieron de las arcas municipales.

A la hora de explicar el origen de ese dinero, puso sobre la mesa otra de sus obsesiones: cuentas ordenadas, uso eficiente de los recursos, eliminación de gastos innecesarios y fin del despilfarro. Acá deberán perdonarme la intromisión. Puede que se trate de una falta de pudor, pero creo que puede servir. Muchos saben que antes de ser intendente, Durand era periodista. En esa condición pude compartir con él encuentros de trabajo, paneles de debate o algún café en donde los presentes hablaban sobre periodismo, política u otros asuntos. Él exponía sus ideas y cuando la charla se centraba en el rol del Estado y los vericuetos de su administración, una de sus críticas recurrentes era a lo que denominaba “Estado bobo”: el incapaz de identificar a tiempo los problemas de la sociedad y el experto en resolverlos mal ejecutando un despilfarro intolerable. Para él, el debate sobre el “Estado de Bienestar” versus el “Estado chiquito” era inútil. Para algunos de los que compartíamos esas charlas tal debate no era inútil, pero no impugnábamos lo que él consideraba insoslayable: convertir al Estado en una herramienta eficaz para identificar problemas, diseñar soluciones y ejecutarlas optimizando los recursos. De allí que ayer lo sentí cercano. Mientras explicaba a los capitalinos las directrices que guiaban sus políticas, uno las reconocía como las expuestas hace años en encuentros infinitamente menos importantes. Si además quien lo lleva adelante ve en el Estado una herramienta crucial para logarlo, claramente estamos ante una mirada superadora a esos gritos locos que asocian al Estado con Satanás.

En esas mismas charlas reivindicaba para el Estado tareas que ayer presentó con abierto orgullo: formar a sus ciudadanos. Se refería a las instituciones municipales nuevas o reconvertidas como la Escuela de Emprendedores o las Fábricas de Oficios que buscan suministrar herramientas que permitan a los golpeados hombres y mujeres pelearle a la malaria del presente. Otra vez los debates podrían extenderse hasta el infinito. Es válido que alguien pueda cuestionar que las especialidades no aportan a una formación integral, que subordinarlas a las necesidades del mercado es correr en auxilio de los inversionistas, que los emprendedores venden poco en medio de una recesión indisimulable o que esos mismos emprendedores son trabajadores precarios que abaratan los costos de empresarios que no les proveen de seguro social, indemnizaciones, vacaciones ni seguro médico. Pero no es menos cierto que se debe hacer algo mientras se abordan esos problemas que dependen de resortes ajenos a la jurisdicción municipal, aunque Durand explicitara que debe hacerlo porque las tareas de alumbrado, barrido y limpieza ya no conforman a vecinos que también exigen al municipio medidas vinculadas al trabajo y a la seguridad. A lo último dijo aportar con la tarea de iluminar todo lo que debe iluminarse, recuperar espacios públicos y convertir a las plazas en el lugar en donde todos puedan gozarla mientras forjan una identidad.

“Trabajo sin descanso y al lado de los vecinos”, enfatizó. Tampoco miente. Durand no cree que lo bueno o lo malo respondan a caprichos de la naturaleza. Cree que la constancia y el esfuerzo son cruciales. Que los buenos resultados son el fruto de un largo cansancio. Asiste diariamente a una sucesión interminable de reuniones que sorprende a los vecinos que le preguntan cómo hace para “estar en todos lados”. Prioriza esas reuniones como si creyera que para hacer carrera debe estar bien pegado al suelo. Interpretar las aspiraciones del ama de casa, del almacenero, del empleado de comercio o del desempleado que busca la changa que le permita morfar. Parece disfrutar de esa horizontalidad con los vecinos, a diferencia de los encuentros con sectores de la política a los que frecuenta poco o nada.

Quienes lo quieren celebran que sea así. Aseguran que esa falta de roce con lo establecido explica su excelente imagen en los barrios. Son sinceros, aunque habrá que ver si sólo con gestión alcanza para convertirse en el portador de una promesa que le permita escalar en la tarea de “resolver lo cotidiano sin dejar de mirar el futuro”, lo que incluía, enfatizó, convertir a la ciudad de Salta como modelo del NOA. Uno lo escuchaba y no podía reprimir la expresión ¡Caramba, qué pretencioso! Pero hay pretensiones que deben reivindicarse. Hubo un tiempo en que aspirar a más era un rasgo de la cultura nacional, una forma de conciencia inmutable en el tiempo: protagonizar un proceso que sirva de modelo para otros y sentir a la vez el orgullo de pertenecer a algo que nos trascienda como individuos.

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