lunes 17 de junio de 2024
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Así empieza el libro de Pigna sobre Güemes | “Era un problema ser rico repartiendo tierras en medio de terratenientes”

El historiador bucea en la vida del único militar que murió en combate durante la Guerra de la Independencia e inspiró el “Martín Fierro”. También explica por qué el salteño no es prócer para los porteños y para los políticamente correctos.

“A los políticamente correctos de todos los tiempos, personajes como Martín Miguel de Güemes no pueden caerles bien. Nunca. Quizá por eso no está en el procerato nacional y solo se lo conoce y se lo recuerda como merece en su Salta natal”, escribe Felipe Pigna que para hacerle un lugar a Güemes en el panteón de los próceres argentinos “volvió con una biografía deslumbrante” destaca René Salomé en un artículo publicado por el sitio Infobae en su edición de hoy. La misma incluye el comienzo del libro “Los Güemes y la guerra de los infernales” (Editorial Planeta) que aquí reproducimos.

Era un problema ser rico, de «familia respetable», y empoderar al paisanaje repartiendo tierras en medio de terratenientes nostálgicos del feudalismo. Era un problema, también, detestar la tiranía de los invasores, ponerles el pecho a las balas y armar una estructura militar en base al coraje y a las únicas armas de las que podía disponer: las que se le capturaban al enemigo.

 

A ese grupo de valientes, origi nal, genial, cada vez más numeroso, él o alguno de sus compañeros lo bautizó «Los Infernales». Un poco por el color de sus ponchos, otro tanto, por hacer de la vida de los ejércitos del rey de España un verdadero infierno. Les había declarado la Guerra Gaucha con aquel enorme ejército popular en el que había changuitos y changuitas que cumplían misiones de correo o espionaje, ancianos y ancianas que preparaban y reparaban el arsenal y mujeres activas, siempre imprescindibles.

 

La tropa estaba compuesta por más de 6 mil combatientes distribuidos en centenares de pequeños pelotones que atacaban por sorpresa, de noche, de día, en cualquier parte. Desarticulaban las más sesudas estrategias de los generales que acababan de vencer a Napoleón y que debieron guardar su soberbia frente al arrollador accionar de estos insolentes.

 

A los políticamente correctos de todos los tiempos, personajes como Martín Miguel de Güemes no pueden caerles bien. Nunca. Quizá por eso no está en el procerato nacional y solo se lo conoce y se lo recuerda como merece en su Salta natal. Porque, digámoslo, para algunos la «historia nacional» solo es aquella que transcurre o se vincula con la ciudad de Buenos Aires, el resto recibe el mote para ellos descalificador, siempre de «regional», como si lo ocurrido en las provincias, en lo que también llaman «interior», no transcurriera en territorio argentino. En esta lengua «porteñocéntrica», se sigue usando la expresión «último pueblo de la Argentina» para referirse a aquellos ubicados en zonas limítrofes; cuando en realidad deberían ser nombrados como «los primeros», justamente, por hallarse en la frontera.

 

Cuando José Hernández tuvo que nombrar a su personaje emblemático no lo dudó un instante, lo llamó Martín, porque, como contaba su nieta, Isabel González del Solar y Hernández, «Martín Fierro se formó honrando la memoria de Martín Güemes, el más gaucho de nuestros guerreros, y considerando de fierro el temple del hijo de la Pampa».

 

Güemes y sus gauchos resistieron victoriosamente nueve invasiones realistas: en 1812, 1814, dos en 1817, en 1818, 1819, 1820 y dos también en 1821. Fue el gran compañero de Manuel Belgrano, con quien compartía valor, escaseces y amor a la Patria. Juntos le dieron forma a un epistolario de más de trescientas cartas que, en parte, se podrá leer más adelante en este libro. Son piezas conmovedoras e inspiradoras de dos hombres decididos a todo para terminar con la injusticia tanto de la prepotencia imperial como de las inequidades locales.

 

El salteño fue también una pieza clave en la estrategia continental de San Martín, conteniendo a los poderosos ejércitos que bajaban del Perú, mientras el gran jefe organizaba al Ejército de los Andes y preparaba su campaña libertadora. Don José dijo muchas veces que sin Güemes y sus gauchos no hubiese sido posible aquella hazaña: «Los gauchos de Salta solos están haciendo al enemigo una guerra de recursos tan terrible que lo han obligado a desprenderse de una división con el solo objeto de extraer mulas y ganado».

 

Macacha fue una activa colaboradora tanto en el armado de la guerra gaucha como en las tareas de gobierno. Coordinó una extraordinaria y eficiente red de espionaje y contraespionaje integrada fundamentalmente por mujeres, valientes patriotas que se jugaron con arrojo y sin reparos la vida por la libertad. Ella y también Carmen fueron figuras clave y aliadas indispensables del norteño, tanto en el campo de batalla como en sus acuerdos políticos.

 

Quizá por todo esto, por este modo de entender y llevar adelante su lucha, las historias oficiales lo sepultaron bajo el mote de «caudillo popular», y el poder político de aquel entonces se negaba a mandarle armas y recursos por temor a que surgiera un nuevo Artigas en el Norte, tal y como puede leerse en la prensa hegemónica de aquellos años. Y es que los gobernantes porteños estaban en otra cosa. Les molestaba demasiado el uso del término «gaucho» en los documentos y en las cartas que intercambiaban Güemes y San Martín.

 

Porque gauchos también eran los federales artiguistas, gauchos eran los desocupados, los desheredados de siempre que, por un decreto rivadaviano, habían sido declarados como «vagos y malentretenidos» y si no podían demostrar ser propietarios o exhibir la «papeleta de conchabo», una suerte de contrato de trabajo que muchos patrones se negaban a otorgar, se los condenaba a la línea de fronteras o a la cárcel: eran gauchos y pobres, ese era su delito.

 

En 1814, el Director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Gervasio Antonio de Posadas y Dávila, había publicado en La Gaceta unas cartas de San Martín en las que elogiaba el valor de los gauchos de Güemes. Pero introdujo una «pequeña» modificación: cada vez que el jefe del Ejército del Norte utilizaba la palabra «gauchos», el director la reemplazaba por «patriotas campesinos», una sutileza clasista del tío de Carlos María de Alvear.

 

Dice uno de los más reconocidos biógrafos de don Martín Miguel, su coterráneo Bernardo Frías: «Por haberse puesto de su lado, por haberlos protegido siempre, era que los decentes lo odiaban, lo perseguían con su oposición y habían tratado de derribarlo del poder para restablecer la pasada supremacía de su orgullo, y como así se mostraba víctima generosa de su causa, de lo que llamaban la causa de los pobres, al propio tiempo que se despertaba en ellos un resentimiento airado contra la clase culta, les nacía por Güemes una filial ternura; por lo que llegaron a darle el nombre de “padre de los pobres”, que eran ellos».

 

Los pedidos de ayuda de Güemes eran permanentes. No se resignaba a aceptar que a los sucesivos gobiernos porteños no les importara perder las provincias del norte, aun sabiendo que ese norte que despreciaban era la puerta de entrada de invasiones realistas cuyo objetivo declarado era la propia ciudad de Buenos Aires. Pero, pese a las evidencias, los auxilios nunca llegaron. La situación se volvía insostenible: las clases altas salteñas le retaceaban apoyo por temor a aumentar su poder. También por la desconfianza que les despertaban las partidas de gauchos armados, a los que solo toleraban ver en el rol de peones en sus haciendas.

 

El Güemes gobernador tomó entonces la decisión: les aplicó empréstitos forzosos sobre sus patrimonios y fortunas, sin vueltas. La respuesta fue la conspiración, la traición y la alianza con el enemigo: preferían al invasor español antes que al gobierno del patriota y no pararon hasta verlo muerto. Así convirtieron a Güemes en el único general argentino de toda nuestra historia abatido en combate.

 

Sin embargo, invencible, siempre presente, por ahí anda don Martín, obstinado en vivir y pelear, en ser el «padre de los pobres». Erguido siempre, don Martín listo para sobrevivir al olvido que le quisieron y le quieren imponer los profesionales de la «corrección». Y por ahí se lo escucha a don Martín Miguel de Güemes, el héroe, diciéndoles a los generales del imperio de aquel tiempo: «Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes. No son asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarlos. Con estos únicamente espero a usted, a su ejército y a cuantos mande de España».

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