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La extirpación de idolatrías en la Salta colonial | El caso del jesuita Juan Darío

Una efeméride desconocida permite el ejercicio historiográfico: la muerte – un 8 de junio de 1635 – del misionero que evangelizó en los valles calchaquíes y cuyo accionar se registró en una Carta Anua de la orden. (D.A.)

“Comenso luego a desvariar con la fuerca de la calentura y entonces se mostraba sin libertad por la boca lo que mas estava en su alma. Todo era recar salmos, echar absoluciones y reprender los vicios comunes de los indios”. Así describió Diego de Boroa los últimos momentos de vida del sacerdote Juan Darío. Como Provincial Jesuita en la antigua Gobernación del Tucumán que contenía a la ciudad de Salta durante la época colonial, Boroa remitía a Roma un informe anual sobre las actividades realizadas por la Orden en su jurisdicción.

El que redactó en 1635 relataba lo actuado entre 1632 y 1634 respetando el protocolo correspondiente: la primera parte destinada a un balance general de la evangelización; la segunda detallaba los hechos salientes ocurridos en las casas jesuitas de los actuales territorios de Paraguay y el NOA y finalmente redactaba una sección necrológica sobre los miembros fallecidos.

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La que anuncia la muerte de Juan Darío posee la singularidad de tener una extensión nunca vista, hasta entonces, en las Cartas Anuas. Diego de Boroa lo había conocido y uno puede interpretar que la singularidad se explica también por cierta amistad. Juntos habían misionado los valles calchaquíes predicando el catolicismo entre diaguitas reacios a abrazarlo. La experiencia quedó registrada en otra Carta Anua, escrita por otro provincial en 1612, que informaba que Juan Darío y Diego Boroa habían derribado lugares sagrados indígenas para emplazar cruces que garantizaran la adoración al Dios cristiano que hasta entonces había sido ofendido.

“Dire del fervor y cognato con que predicava a los indios y les proponía la palabra divina, no perdiendo ocasión en que assi a ellos como a todos los demas fieles no les pusiese por delante sus obligaciones y exhortase al temor del Señor (…) cualquiera pecado parece le sacaba de si y a vezes cuando no podia mas y lo podia hazer sin ofender la justicia dava con un santo coraje contra las casas o ranchos donde se avia cometido una borrachera, que es el pecado mas ordinario y lomne de estos indios y les pegaba fuego como abracando en venganca al demonio con ella”  ( Academia Nacional de la Historia: “Cartas Anuas de la Provincia Jesuítica del Paraguay 1632-1634”. Introducción de Ernesto Maeder. Buenos Aires. 1990).

Sin embargo, fue otra la razón que explica la inusual extensión del informe: el fervor de Juan Darío para defender la ortodoxia católica. Un extirpador tenaz que hizo de las idolatrías indígenas –es decir creencias y costumbres propias de los naturales- su objeto de odio, mientras la “verdad” y las reglas proclamadas por la Iglesia se convirtieron en el objeto de su entrega. Un fanático que dedico a esas cosas acciones y frases descomedidas. La necrología pretende, a fin de cuentas, aportar un modelo a imitar: hasta el último suspiro y en medio de delirios (desvaríos) provocados por la fiebre mortal (calentura) se debe luchar contra los que ofenden al mensaje Divino del que ellos, los jesuitas, se sienten mensajeros de primer orden. Un mandato que subordina la relación de los religiosos con los naturales.

El protagonismo de Juan Darío en estas tierras está registrado en varias Anuas que siempre, resaltan el amor desmedido que habría sentido por los naturales, aunque también su intolerancia radical con sus prácticas reñidas con la fe. No había contradicción en la cosmovisión jesuita. Y no la había porque la lectura de los documentos indica que el compromiso del jesuita no es con el “otro” sino con el mensaje. Y que la valoración de “indio” depende de su actitud ante el mensaje: el natural amado es el que se ha “convertido” al catolicismo, mientras el que se mantiene pagano es presentado como como un indio bestializado.

Diego de Boroa, con su informe, demanda a los jesuitas sumisión absoluta a ese mensaje y sus normas. La vida de Juan Darío se caracterizó por esa sumisión y por ello su vida es presentada como ejemplar. Un relato fascinante no por lo que de real posea, sino por que evidencia lo que los jesuitas pensaban de sí mismos y esperaban de sus miembros en ese entonces.

Cuenta, entonces, que Juan Darío había nacido en Nápoles en donde se graduó en leyes. Que allí se desengaño de la vida terrenal para entregarse a Dios ingresando a la Compañía en 1587. Sólo entonces comienza la vida verdadera que lo lleva a Perú en 1598 y, un año después, a estas tierras donde cumplió tareas espirituales que incluyeron misionar, recomponer enemistades o fundar colegios jesuitas como el de Salta. Los pasajes del relato son curiosos en su mayoría, pero uno sobresale al sugerir una vida libre de pecados y de violaciones a las normas morales emanadas del orden divino. Diego de Boroa lo “colige” –deduce- confiando que fue designio del Señor y por ello el muerto “conservo sin mansilla su pureca virginal en lo florido de su edad en medio de las abominaciones del siglo”.  Muerto que también practicaba flagelaciones purificadoras, aunque no por faltas propias sino ajenas a las que “manconuba consigo (…) y dando contra su cuerpo inocente la vengava en sí mismo”.

La presunción rebela por su soberbia, pero cedamos la razón al que presume esa presunción a condición de intentar trascender la noción de pecado entendida como falta cotidiana y terrenal. Juan Darío es ejemplo magnifico de hombres sometidos a ideas y sentidos de la historia trascendente. No pecó por entregarse a la certeza de una realidad superior que determina al propio ser y su rol en este mundo de manera fatal. Una realidad sobrehumana con final escrito de antemano y a cuyo fin sirve sin evaluar la relación entre éste y los medios para alcanzarlo. Convengamos, sin embargo, que ciertos enfoques actuales comprenderían a Juan Darío y sus arbitrariedades con los indígenas. Dirían que la realidad asfixiante que saturó su existencia explica a un sujeto que incapaz de escapar a ella termina, incluso, reproduciéndola. Y la fuerza del argumento es tal que vuelve más seductor la noción del pecado liberador apostando, por ello, a una apología del mismo como irreverencia ante todo lo que se presenta como divino o natural: Dios, la Ciencia, el mercado, o los autores y libros canonizados. Si todo lo último garantiza certezas que hacen miserable pero predecible la existencia, el pecado lanza al irreverente a procesos sin finales escritos y a la convicción de que el hombre hace la historia, y no a la inversa, optando por el sufrimiento y la incertidumbre de la razón humana en vez de la tranquilidad eterna de las promesas religiosas o las ideologías canonizadas. A los desobedientes, a los pecadores en éste sentido se debe el fin de las prácticas como las reseñadas por Diego Boroa de manera heroica. Pecado y desobediencia contra lo instituido como un ejercicio liberador que echa a andar la historia y del que no participan los Juan Daríos.

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