«Para hablar hay que ganar», decía el legendario director técnico campeón del mundo. No es lo que hace la exjefa municipal, que sale a hablar a pesar de que la gente, a través de las urnas, ya le dijo que no le interesa su opinión. (Daniel Avalos)
Curioso caso el de Bettina Romero. De vez en cuando concede alguna entrevista donde expone opiniones a las que disfraza de sentencias. Lo hace como si fuese un consagrado DT de fútbol. De esos que, exponiendo las virtudes del plan de juego, combaten las improvisaciones de sus dirigidos al tiempo que les exige elevar al máximo el rendimiento para coronarse campeones. Cuando eso ocurre, el gran DT ha logrado que la parcialidad propia y ajena piense de él lo que él ya creía de sí mismo: que es un crack con la autoridad suficiente para opinar sobre lo que otros hacen o dejan de hacer con sus dirigidos.
Así habla Bettina Romero cuando reaparece en los medios para balancear su gestión municipal. Volvió a ocurrir hace unos días en el programa de Martín Grande. Uno la escuchaba y no podía más que reflexionar sobre cuánto se esfuerza el cerebro humano, algunas veces, en ocultar la realidad. Están todas las pruebas sobre la mesa y sin embargo la persona se niega a juntar las piezas que pincelan el cuadro que explica el presente.
Se trató de una jefa comunal que hasta días antes de dejar el poder había personalizado la obstinación y que protagonizó una gestión en la que la casualidad parecía reinar ante planes mal trazados y peor ejecutados. Obras paralizadas en barrios periféricos y céntricos; puentes inaugurados sin habilitarse al tránsito; una plaza 9 de Julio abierta al público a medias en plena Fiesta del Milagro; semáforos que no funcionaban; protestas en el exterior del Centro Cívico Municipal y asambleas gremiales en el interior; siete mil millones de déficit presupuestario; funcionarios eyectados súbitamente, otros imputados por la justicia y el resto que al no saber qué hacer terminaban desplazando las dificultades hacia adelante con la esperanza de que el tiempo resolviera lo que la gestión no podía.
Quienes sí juntaron esas piezas fueron los salteños capitalinos. Por eso en una provincia con ciclos políticos de hasta doce años (tres gestiones de Juan Carlos Romero en la provincia, otras tres de Juan Manuel Urtubey e igual número de Miguel Isa en el gobierno de la ciudad), Bettina Romero ni siquiera logró ser reelegida. Fue apabullada por un Emiliano Durand que obtuvo el 38 por ciento de los votos, 18 puntos por encima de la exintendenta. Dicen que los pocos que la reivindican, reparan que el 38 por ciento de Durand fue muy inferior al 52 que había cosechado Bettina en 2019. El reparo no da en el blanco. Ese 52 por ciento se produjo tras las Primarias Abiertas Simultáneas y (por entonces) Obligatorias que, excluyendo a los segundos y hasta terceros precandidatos de un mismo frente, posibilitaban que los sufragios migraran hacia el candidato del espacio que quedaba en carrera. Emiliano Durand no gozó de esa ventaja. Su 38 por ciento en vuelta única fue muy superior al 21 de Bettina Romero en las PASO de 2019.
A dos años de aquellos números, la exintendenta sólo podría echar mano a las admirables fórmulas con que los DT de fútbol explican sus abultadas derrotas. Pero no. Ella se dirige al público como lo hacían los poetas de la antigüedad al indicar que tal o cual periodo merecía ser narrado para la posteridad. La realidad es otra. La de una exfuncionaria que, siendo parte de una familia que durante décadas concentró Poder, hoy se obstina en seguir habitando lugares de la que fue excluida por el establishment y el voto popular.
Tal vez por ello, en cada entrevista que concede, la exintendenta elogia hasta a los concejales libertarios que supuestamente llegaron para “despabilar” al Concejo Deliberante; al tiempo que insiste en poner a disposición de quien sea lo “aprendido” durante su gestión. Difícilmente la convoquen. Simplemente porque a casi todos los atraviesa una certeza: su tiempo de dirigente política acabó demasiado rápido. Por eso sus opiniones no tendrán incidencia en el curso de los acontecimientos, aun cuando algunos finjan escucharla para no enemistarse con lo que queda de su familia poderosa o porque simplemente se trata de una persona capaz de pagar la cuenta al final de la cena.

