Un día como hoy de 1930 | Joaquín Penina, el primer anarquista fusilado por orden del dictador salteño Félix Uriburu

Albañil de oficio, el joven de 25 años fue asesinado un 9 de septiembre en aplicación de la ley marcial que el militar había decretado al derrocar al presidente Yrigoyen tres días antes. El cuerpo de Penina fue enterrado como NN.

Joaquín Penina Sucarrats había nacido un 1 de mayo de 1905 en un municipio catalán de Berguedá y llegó al país a los 20 años de edad. “Rubio, de mediana estatura, se ganaba la vida como albañil, colocando mosaicos y baldosas. Militaba en la Federación Obrera Regional Argentina” precisó hace unos años Adrián Pignatelli en un emotivo artículo publicado por Infobae.

La caída en desgracia de Penina ocurrió tres días después de que el militar salteño, José Félix Uriburu, encabezara el golpe de Estado (6 de septiembre de 1930) contra el presidente constitucional Hipólito Yrigoyen, Ese mismo día, Uriburu aplicó las típicas medidas de censura pero también los fusilamientos sumarios a través de la ley marcial que establecía: “Todo individuo que sea sorprendido infraganti delito, contra la seguridad y bienes de los habitantes, o que atente contra los servicios y seguridad públicas, será pasado por las armas sin forma alguna de proceso”.

Municipalidad de Salta

“El 9 de septiembre por la mañana detuvieron a Penina en la pieza que alquilaba. Lo acompañaba el carpintero Victorio Constantini, con quien compartía la vivienda, y el azar quiso que a los pocos minutos se sumara otro amigo, el catalán Pablo Porta. Se los acusaba de imprimir y difundir propaganda anarquista contra Uriburu. Según los acusadores la prueba del delito estaba a la vista, un mimeógrafo, de propiedad de Penina. Pero vanos fueron los intentos de explicarles a los policías que hacía dos meses que el aparato no funcionaba”, relata el artículo.

Con las horas Constantini y Porta fueron liberados “pero ya habían decidido la suerte de Penina. A las 22.30 lo subieron esposado a un camión, en el que iba el subteniente Jorge Rodríguez, que justo esa noche era el oficial de guardia. Fue gracias a él que, por el agobio de los remordimientos o por quitarse responsabilidad, que se pudieron conocer los detalles de las últimas horas del militante anarquista”, relata el autor de la nota, para luego detallar los últimos instantes del joven anarquista catalán en la ciudad de Rosario.

“Una vez que partieron de la comisaría, tomaron hacia el barrio de Pueblo Nuevo. A los trescientos metros de haber cruzado el puente sobre el Saladillo, el camión se detuvo y condujeron a Penina hacia la barranca del río. Ahí descendieron. Se improvisó un pelotón de fusilamiento. Fue el subteniente Rodríguez quien dio la orden a los soldados de disparar sus revólveres Colt. Penina, sorprendido, atinó a gritar: «Viva la anarquía». En una primera andanada no se desplomó sino que quedó doblado, y entonces los soldados continuaron disparando. Rodríguez ordenó el alto el fuego. Una vez caído, aún con vida, el subteniente le dio el tiro de gracia. Debió hacerlo dos veces porque el primero lo erró. Alguien murmuró: ‘fue un valiente hasta último momento’. Había recibido siete disparos.

En sus bolsillos había galletas marineras y un giro por cinco pesetas que iba a enviarle a su hermano Juan. Subieron el cuerpo a una ambulancia y lo llevaron al cementerio de La Piedad. En un cajón de pino, cuatro conscriptos lo enterraron como NN en el solar 2 fosa 450. “Sus compañeros, Constantini y Porta, volvieron a sus países, Italia y España. Fue por el testimonio de Porta que en el pueblo natal de Penina se enteraron de lo ocurrido (…) El de Penina fue el primer fusilamiento, pero no sería el único. También enfrentaron a un pelotón, en diversas circunstancias, los hermanos Gatti en el patio de la comisaría de Avellaneda, Severino Di Giovanni y Paulino Scarfó en la Penitenciaría Nacional, entre otros.

“El que abra este cajón será pasado por las armas”, decía la inscripción pintada con letras mayúsculas sobre la tapa del féretro que el municipio usaba para enterrar a los muertos cuyas familias no podían pagar ni siquiera eso. El empleado municipal que era encargado del Cementerio de Rosario, Martín Esaín, tuvo miedo. No solo por la inscripción. También porque el cajón había llegado con los dos enterradores habituales, pero custodiados por cuatro policías armados. Pasaron dos años hasta que los testigos se animaron a hablar. Ya no presidia el país el salteño, sino el hombre que siempre lo había manejado: Agustín Justo.

Se supo entonces que el cuerpo desaparecido de Joaquín Perini estaba en esa fosa y en ese cajón con la inscripción amenazante. “Pero esa mañana de septiembre, al cumplir la orden que le habían dado, el empleado municipal Martín Esaín no sabía nada de eso, ni tampoco que acababa de convertirse en el enterrador del cadáver del primer detenido-desaparecido por una dictadura militar en la Argentina”, destaca el otro artículo Daniel Cecchini.

“Para entonces, los sobrevivientes Constantini y Porta ya no estaban en la Argentina. El carpintero había vuelto a Italia y Porta se había refugiado en España. Allí buscó a los familiares de Joaquín Penina para contarles que lo habían fusilado. El capitán Sarmiento no tardaría en pagar el crimen. El 23 de julio de 1932, mientras manejaba su auto por una ruta de la provincia de San Juan, un hombre le disparó desde un vehículo que se le puso a la par. Las últimas palabras que escuchó antes de morir fueron las de un grito que acompañó a los balazos: “¡Hijo de puta, acordate de Penina!”, finaliza el artículo de Cecchini también publicado por Infobae.

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