Oligarca salteño reivindicado por libertarios | Robustiano Patrón Costas, el prócer adecuado en la era de la crueldad

Durante el debate en el Congreso, una senadora dijo que la Reforma Laboral venía a reparar la ira de Don Robustiano, que nunca perdonó al peronismo haber empoderado a “negritos”. Joaquín Benegas Lynch reaccionó calificando al fundador del Ingenio El Tabacal como un ser excepcional. (Daniel Avalos)

La frase que la historia adjudica a Robustiano Patrón Costas es la siguiente: “Lo que nunca voy a perdonar a Perón es que, durante su gobierno, el negrito que venía a pelear por su salario se atrevía a mirarnos a los ojos y ya no pedía, sino que discutía”. Quien la citó ayer en el recinto durante el debate por la Reforma Laboral fue la senadora Ana Marks, que así definía al proyecto libertario como una revancha tras décadas de leyes que garantizaban derechos al trabajador.

Quien cruzó a Marks fue el libertario Joaquín Benegas Lynch, senador por Entre Ríos. Se declaró bisnieto de “Don” Robustiano y en su defensa desenfundó un discurso de 1937 que Alfredo Palacios emitió en el Senado para celebrar la modernidad del Ingenio El Tabacal, fundado en Orán en 1920. Tal discurso existió, pero muchos recuerdan que en los tiempos del “fraude patriótico” sólo los conservadores llegaban al parlamento. Y también que Palacios era socialista de salón. Uno que apostaba al avance de fábricas que parieran al obrero industrial que luego devendría en sujeto de la revolución. A Palacios no le importaba que campesinos e indígenas fueran literalmente cazados por el ingenio para que trabajaran allí en condiciones infrahumanas y a fuerza de latigazos que se cobraron miles de vidas. Fueron esas condiciones las que deslizaron al historiador francés Alain Rouquie a definir a Patrón Costas como “un anacrónico patrón de campo que trata a sus peones como esclavos”. Para Palacios esos seres eran la resaca de sistemas productivos precapitalistas que debían alimentar al monstruo para la nueva civilización emergiera también en el país.

Municipalidad de Salta

“Don Robustiano fue un ejemplar político y empresario”, dijo Benegas Lynch. Los libertarios son así. Juran que sus diez o quince palabras representan sentencias cívicas y edificantes que arrancarán a la plebe de la estupidez. Aquí vamos a impugnarle el reduccionismo repasando la historia empresarial y sobre todo política de Robustiano Patrón Costas y el contexto general que le dio sentido.

Don Robustiano pertenecía a un sector social que amasó fortunas en el siglo XVIII, proveyendo de mercancías a las minas del Alto Perú. La riqueza, con sus idas y vueltas, devino en poder político que también tuvo sus vaivenes. Pero lo uno y lo otro se enderezó con la consolidación del moderno Estado nacional y particularmente con la presidencia de Julio Argentino Roca a fines del siglo XIX. Un roquismo que representó el triunfo de la burguesía porteña sobre la aristocracia del interior que, sin embargo, aceptó su derrota a cambio de políticas que protegieran la industria azucarera y vitivinícola de provincias como la nuestra, y el acceso de aristócratas del interior a cargos en el gobierno nacional. Ejemplos: entre 1880 y 1916 la elite salteña aportó dos presidentes y once ministros al gobierno nacional; fue una de las dos provincias (la otra fue Buenos Aires) que nunca fue intervenida por el régimen conservador; y, por supuesto, monopolizó el poder económico, político y social en Salta.

Robustiano Patrón Costas fue pieza clave en ese proceso. Con 24 años fue ministro de gobierno de Salta y a los 35 se convirtió en gobernador (1913-1916) de la mano del partido que él mismo fundó: la Unión Provincial. El año en que dejó la gobernación coincidió con el triunfo electoral de Hipólito Yrigoyen, el candidato a presidente de la UCR, aunque la elite local aguantó la ola democratizadora e impuso a sus candidatos de la Unión Provincial en la categoría gobernador. Patrón Costas también fue clave en ese triunfo, no abandonó su rol de “Don” en la política provincial y tampoco descuidó su lado empresarial: fundó el Ingenio El Tabacal cuando el arribo del ferrocarril a Orán le permitió transportar la producción al resto del país, posibilitando que el barón del azúcar se incorporase holgadamente a la ostentosa elite nacional.

La emergencia del radicalismo, sin embargo, también trastocó a las familias tradicionales salteñas. Se dividieron en conservadores y radicales y ninguno planteaba un modelo económico nacional distinto al del proveedor de materia prima a la metrópoli por entonces inglesa, pero el radicalismo reclamaba la representación de los sectores subalternos y por ello defendía el sufragio universal como herramienta democrática que le permitía imponerse en comicios transparentes. Patrón Costas quedó en el otro bando. El de los conservadores que “idiotizaban” a los sectores populares para justificar su postura de excluirlos de la ciudadanía efectiva.

Antes de odiar a Perón, Patrón Costas odió a Hipólito Yrigoyen. Y cuando este volvió a ganar la presidencia en 1928 trabajó para horadar la base de adhesión civil del presidente radical. Sus esfuerzos culminaron de la peor manera: apoyando el Golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930 que derrocó al presidente constitucional. Quien encabezó el Golpe fue otro miembro de las tradicionales familias salteñas y al que Patrón Costas conocía muy bien: José Félix Uriburu. Un simulacro del “Duce” italiano que intervino las provincias, también las universidades, redujo la obra pública, cesanteó empleados públicos, suspendió leyes laborales, habilitó la tortura para perseguir a comunistas, instauró la Ley Marcial con la que fusiló a anarquistas y hasta ordenó bombardear -en enero de 1932– a la ciudad entrerriana de La Paz para sofocar una revuelta en contra de su dictadura.

Para apoyar al proceso salpicado de sangre, Patrón Costas montó una estructura que lo devolvió a la política nacional: la Federación Nacional Democrática. No obstante, Robustiano desconfiaba del experimento filo fascista y no tuvo reparos en decírselo al dictador cuando este visitó la provincia el 20 de febrero de 1931, para la inauguración del Monumento a Güemes. El azucarero le advirtió que sus ideas corporativistas no generaban confianza entre la clase dirigente nacional, y que temía que el fracaso permitiera el retorno del yrigoyenismo. Como buen conservador, Patrón Costas prefería rearmar el régimen que el caudillo radical había trastocado a partir de 1916. Con ese objetivo participó de la fundación del Partido Demócrata Nacional al que presidió entre 1931 y 1936.

Uriburu hizo entonces su último aporte. Llamó a elecciones para fines del 1931 e impuso muchas y ridículas condiciones para que la UCR participara de las mismas. El objetivo era quebrarlos moralmente para desistieran de participar. Las maniobras dieron fruto cuando directamente proscribieron a los candidatos a presidente y vice del radicalismo, que finalmente decidió retirarse de la contienda. La abstención posibilitó el triunfo de Agustín P. Justo, a quien Uriburu le puso la banda presidencial en febrero de 1932. Comenzaba la Década Infame y al “fraude patriótico”. Patrón Costas fue clave para que eso ocurriera y por supuesto sacó jugosos beneficios de ese periodo en el que la clase a la que defendía recuperó el control del Estado mediante la violencia y el fraude.

La política nacional devino entonces en tango discepoliano. Una oposición incapacitada de imponerse al régimen que terminó contentándose con señalar las inequidades que el mismo producía. Quienes mejor lo expusieron fueron intelectuales de la UCR -Arturo Jauretche, Homero Manzi, Raúl Scalabrini Ortiz, Gabriel del Mazo- que en 1935 fundaron la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina. En los llamados cuadernos de FORJA publicaban los informes en donde mostraban a un país diseñado por el capital inglés con las oligarquías provinciales que se proclamaban federales sólo para garantizar que sus intereses coincidieran con los del capital foráneo, mientras obturaran cualquier tipo de participación popular en la cosa pública. En ese contexto, Alfredo Palacios reivindicaba la figura de Robustiano y a su ingenio azucarero.

Fue la mejor etapa política del salteño. Acumuló fuerza entre los conservadores de la nación y logró que en 1942 se lo señalara como el candidato del régimen. Su triunfo era tan seguro mediante la violencia y el fraude, que el 4 de junio de 1943 sectores del ejército ejecutaron un Golpe de Estado. Adujeron dos motivos: evitar que el fraude electoral convirtiera a Robustiano Patrón Costas en presidente de la Nación y que el salteño diera inicio a políticas tendientes a subordinar al país a la nueva potencia emergente: Estados Unidos. No desarrollaremos este punto. Sí diremos que la llamada “revolución de los coroneles” fue celebrada hasta por el ala más conservadora de la UCR.

En Salta también. Lo confirma el editorial del diario El Intransigente publicada el mismo 4 de junio y que seguramente fue redactada por su propietario, David Michel Torino. “Todo el país de punta a punta será recorrido por un estremecimiento y habrá la impresión de que se vive uno de esos días grandes de la historia. Y cómo no ha de serlo este día en que se concluye quiera Dios y para siempre una de las épocas más oscuras y nefastas que le tocara vivir al país”, destacó. Robustiano Patrón Costas perdía su condición de hombre fuerte a nivel nacional. La mantuvo en Salta, aunque la misma iba languideciendo en el plano empresarial y político. Sin el auxilio de las bayonetas y sin el recurso del fraude sólo podía contentarse con administrar viejas riquezas, celebrar golpes de estado que depusieran al peronismo, aplaudir la proscripción del mismo y donar terrenos en donde pudieran levantarse universidades como la Católica para propagar desde sus aulas un tipo de salteñidad en donde lo hispano y católico fuera lo imperante.

Admitamos, no obstante, que la defensa de Patrón Costas por parte del libertario Joaquín Benegas Lynch tiene absoluto sentido. Trasciende lo estrictamente familiar. Es la defensa del programa de un partido que se autopercibe moderno pero tiene como horizonte al pasado. Lleva adelante un programa en el que anida el resentimiento de poderosos bien comidos que buscan recuperar un orden que el yrigoyenismo en lo político y el peronismo en lo económico y social trastocaron para siempre. El gorilaje es así. Seres que detestan a líderes populares que les imponen obligaciones, pero -sobre todo- seres que aborrecen a las masas que adhieren a esos líderes y se atreven a mirar a los ojos a los garcas de turno.

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