El día que Güemes tomó un buque inglés a caballo | A 220 años de la gran hazaña del prócer salteño

El 12 de agosto de 1806 un grupo de jinetes al mando del héroe gaucho tomó un barco inglés en la costa de Buenos Aires. Fue en el marco de las primeras invasiones inglesas que terminaron con el rechazo del invasor.

“No hay ningún juego de palabras ni sorpresa oculta. Un grupo de combatientes, montados en sus caballos, llegaron hasta la fragata inglesa Justina y la tomaron. Fue la primera vez en la historia bélica moderna que algo así sucedió”, destaca un artículo publicado por Tomás Aguirre en el sitio Cenital el 12 de e agosto del año pasado.

Tras relatar el ingreso de Güemes a la carrera militar con sólo 14 años y los pormenores del proceso que incluyeron varios viajes a Buenos Aires, el autor resalta cuando en octubre de 1805 partió hacia esa ciudad acompañando a unos músicos salteños que se incorporarían al regimiento de la Capital. Estando allá ocurrió la primera invasión inglesa que a muchos tomó a muchos por sorpresa, especialmente al virrey Sobremonte.

Municipalidad de Salta

Los ingleses desembarcaron frente a Quilmes y un ejército de 1.600 soldados conquistó la ciudad de Buenos Aires que tenía unos 40.000 habitantes. El primer intento de las milicias criollas por defender la ciudad fracasa, abandonado a su suerte por el propio virrey que debía comandarlos. El 2 de julio, Beresford firmó la rendición del ejército local.

“Juan Martín de Pueyrredón, de quien Güemes se había hecho amigo, comenzó a organizar la guerra contra el ejército invasor. El salteño participa de los primeros combates contra la invasión. Bajo las órdenes del teniente coronel Juan Antonio Olondriz se apuesta en el Puente de Gálvez (actual Puente Pueyrredón) con dos cañones que utilizan hasta que se agotan las municiones y deben replegarse. Pero, a principios de agosto, parte rumbo a Córdoba con otra misión. Debía devolver a Salta a los músicos que había traído en su viaje original”, reseña Aguirre.

“Llegando a la provincia, en La Posta de las Candelarias, se encuentra al virrey Sobremonte, que todavía es su comandante en jefe. Este le da una contraorden. Debe regresar a Buenos Aires con un mensaje que el virrey quiere enviarle a Santiago de Liniers, al mando de un ejército que había partido hacia Buenos Aires para iniciar la Reconquista. La fama de Güemes como jinete lo antecede, por eso Sobremonte le pide que vaya “a mata caballo”, es decir, sin frenar en las postas. El jinete cumplió el cometido y en dos días recorrió las 79 leguas (381 kilómetros) que lo separaban de Buenos Aires. El mensaje llega a Liniers. Le pide a Sobremonte que no se arriesgue a combatir sin tener asegurado el éxito, que mejor esperase una operación combinada. Liniers lo desestima. Pero incorpora al joven Güemes como su ayudante personal para lo que queda de batalla”, agrega.

Se llega así al 12 de agosto, cuando las tropas de Beresford fueron arrinconadas en el Fuerte de la Ciudad (actualmente parte del Museo de la Casa Rosada). El comandante inglés firma la rendición. Salen del Fuerte y los ingleses abandonan sus armas a los pies de Liniers. La noche anterior, sus hombres habían tomado los cuarteles de Retiro y, desde allí, se habían desplazado hasta la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo) para la batalla final. Había desatado, escribe Gálvez, “una apoteosis popular imposible de frenar”.

“Comienza a caer la tarde. La invasión ha finalizado. Desde la barranca de Retiro, un grupo de oficiales observa a la fragata inglesa Justina. Es un barco mercante rearmado por los ingleses con 26 cañones y cien marineros de escuadra. Ha tenido la mala fortuna de quedar encallado en las costas de Buenos Aires por el retiro de la marea en el Río de la Plata, a unos 400 metros de la Plaza de Toros de Retiro. Entre los oficiales que observan el barco está Güemes, recién llegado de su travesía a Córdoba ida y vuelta. Pastor Obligado escribe en 1920 un recuento de esta historia en el diario La Razón, que Luis Güemes luego certifica con algunos otros documentos en el libro Güemes documentado”.

“Liniers está mirando al horizonte con su catalejo y descubre que el palo mayor del Justina está roto, fruto del bombardeo que él mismo le propinó el día anterior. Le pasa el catalejo y una orden a su ayudante, el joven salteño”.

–Usted que anda siempre bien montado, galope por la orilla de la Alameda que ha de encontrar a Pueyrredón y comuníquese orden de avanzar soldados de caballería por la playa.

Otra vez, el jinete cumple la orden y avanza por la playa hacia los hombres de Pueyrredón con quienes enfilan hacia el buque. Este recibe la orden y pone bajo el mando de Güemes unos cincuenta gauchos a caballo armados con lanzas, boleadoras, sables y algunas tercerolas salen galopando con destino: el Río de la Plata. “Al galope tendido –describe Pastor la escena– con el agua al encuentro de sus caballos rompían el fuego las tercerolas, cuando asomó el jefe inglés, haciendo señas con un pañuelo blanco desde el alcázar de popa, rindiéndose”. No alcanzaron a combatir cuerpo a cuerpo pero cumplieron un objetivo militar inédito para la historia militar del mundo. Habían tomado, a caballo, un barco.

“La tropa acuática no solo tomó prisioneros sino también la bandera del Justina como trofeo de guerra (…) Si uno quisiera ir a observar la parte del río en la que, por única vez en la historia mundial, tropas de caballería tomaron un barco, no lo encontraría. Porque esas aguas ya no son más aguas. El espacio ha sido ganado al río por la tierra. Por suerte el lugar es fácil de reconocer. Hay emplazada allí una enorme torre que, ironías de la historia, es conocida como la Torre de los ingleses”, concluye el escrito.

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