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Efemérides | Tomás Godoy Cruz, el operador político de San Martín en el Congreso de Tucumán de 1816

Un 15 de mayo de 1852 moría el delegado de San Martín en el Congreso de Tucumán de 1816. El intercambio epistolar entre ellos muestra cómo desde Mendoza San Martín movía hilos para precipitar la declaración de la independencia.

Para muchos argentinos ese nombre sólo se asocia al principal club de fútbol mendocino. Enfaticemos acá que efectivamente Tomás Godoy Cruz era mendocino, pero también un íntimo amigo de José de San Martín y por ello un destinatario de cartas que el primero le remitiera.

Algunas de ellas nos permiten conocer algunas convicciones intimas de San Martín con respecto al proceso revolucionario desatado en mayo de 1810 en tanto, como buen político, no siempre decía en público lo que sí hablaba en privado. Hay un ejemplo preciso al respecto. Para entenderlo conviene recordar que Godoy Cruz fue congresal en Tucumán el 9 de julio de 1816 por influencia del propio San Martín quien anoticiado que entre los congresales había tibieza para declarar la Independencia, le escribe a su amigo: “resulta insólito no declarar la independencia, el país acuña moneda, tiene bandera y hace la guerra a España pero no se dice independiente de ella”.

Con la confianza que otorga la amistad, Godoy Cruz contraataca y le advierte al padre de la patria que la Independencia no es soplar y hacer botellas a lo que San Martín responde “mil veces es más fácil hacer la independencia que el que haya un americano que haga una sola botella”. San Martín era así, un revolucionario impaciente que además de rigurosos análisis al servicio del triunfo apelaba a las emociones: “para los hombres de corazón se han hecho las empresas”, remataba.

Finalmente la Independencia se declara y San Martín lo celebra pero inconformista incorregible, le escribe a su amigo: “Ha dado el Congreso el golpe magistral con la declaración de la Independencia. Sólo hubiera deseado que al mismo tiempo (…) hiciera una exposición de los justos motivos que tenemos los americanos para emanciparnos”.

La observación tenía sentido. Y es que el Acta de Independencia era breve: trescientas setenta y ocho palabras, sólo ciento veintidos más que las usadas para indicar el cargo, la procedencia y los nombres de quienes la rubricaron. Un Acta que con palabras apasionadas rompía vínculos con España pero se inclinaba por la imprecisión a la hora de planear el futuro de la naciente nación cuando se redactó: “Quedan en consecuencia (las provincias unidas) en amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia…”.

Visto a la distancia tal imprecisión tenía sentido: en todo proceso revolucionario es más fácil acordar sobre aquello que no se quiere, que acordar en aquello que sí: monarquía o república, centralismo o federalismo, etc. En definitiva, la declaración acababa con el Estado colonial pero era incapaz de consensuar las características que tendría el nuevo Estado con lo cual, la guerra civil que finalmente duraría cuarenta años se estaba incubando.

Pero eso ya es otra historia que requeriría de otras efemérides. La de hoy concluye con eso, con remarcar los razonamientos íntimos de hombres como San Martín que con sus confesiones defendía la concepción según la cual son los hombres quienes hacen andar a la Historia.

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