sábado 20 de julio de 2024
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Rebelión en Chile | Breve historia de la democracia controlada

En medio de las masivas y sostenida rebelión de los chilenos contra las medidas del presidente Piñera, pincelamos un modelo de sociedad pensado por la dictadura para limitar el ascenso de fuerzas alternativas. (Daniel Escotorin)

El 11 de setiembre de 1973 fue un día bisagra para el sistema político chileno, para la sociedad y para el futuro de las generaciones por venir. El entonces presidente Salvador Allende puesto en una disyuntiva crucial, debía optar entre preservar la democracia (las instituciones políticas burguesas) o avanzar hacia el socialismo con reformas de fondo y mayor nivel de confrontación en esa etapa de la lucha de clases; democracia liberal y socialismo eran ya formas irreconciliables y Allende optó por preservar la democracia tal como se había comprometido (ese día anunciaría el llamado a un plebiscito para reafirmar o no su mandato).

Pero ese mismo día las clases dominantes chilenas junto al poder imperial de Estados Unidos habían decidido resolver su propio dilema: democracia o capitalismo. Esa democracia liberal, entendían, ya no garantizaba sus intereses y privilegios con claros síntomas de desbordarse por izquierda; la solución era entonces sacrificar el sistema político para preservar el sistema social y económico, pragmáticos al fin las clases dominantes de cualquier país no tienen pruritos en sacrificar las formas si de cuidar sus privilegios se trata. Como en una tragedia griega ese día fatídico concurrieron los actores a un escenario donde la muerte y la sangre serían parte importante de ese final.

Hacia ese periodo Chile vivía una crisis orgánica y como tal requería una resolución directa y contundente ya que el gobierno socialista de Allende vino acompañado de una gran movilización de masas con un fuerte contenido de clase. Las clases dominantes ya no atinaban a (r)establecer su predominio mediante el consenso y al interior de ellas ninguna tenía un proyecto que las aglutinara ni estableciese una dirección política. La única vía de resolución no podía ser sino a través de la coerción directa. El golpe de estado y la vía autoritaria fue entonces el modo adecuado para que las clases dirigentes recuperasen el poder.

Pero no fue hasta principios de los ochenta – ya en el contexto de la crisis del Estado de bienestar a nivel global y el avance de las teorías neoliberales y más tarde el consenso de Washington – que en Chile se estableció una hegemonía duradera hasta el presente conformada por el creciente poder financiero más el sector primario exportador agrícola y minero. En ese momento es cuando se diseña y sanciona la Constitución de 1980 vigente aun, que estructura el nuevo modelo político que legaría la democracia nueve años después. Un sistema pensado para limitar el ascenso de fuerzas alternativas, el sistema binomial fue eficaz en su función: los cuatro primeros mandatos fueron de la Concertación (alianza socialista con la DC) y luego surgió la alternancia con Alianza por Chile (derecha, con dos mandatos de Sebastián Piñera). El diseño político logró limitar por dos décadas la aparición de fuerzas alternativas, pero el disciplinamiento autoritario y el modelo hegemónico fueron el corsé de la democracia que no pudo tocar ni un resorte básico del modelo neoliberal.

En 1989 la democracia retornó a la vida política de Chile, luego que en 1988 en un histórico plebiscito la sociedad chilena le dijera NO a la continuidad de la dictadura bajo el mando del general Pinochet. Es una democracia muy condicionada, el poder militar no se retiró derrotado, sino que controló resortes fundamentales de decisión: el mismo Pinochet asumió como senador vitalicio y controlaba automáticamente un tercio del Senado nacional. Año emblemático, crítico ya que al calor del nuevo fervor democrático en el contexto global caía simultáneamente el socialismo europeo con la posterior debacle soviética: el fin de la utopía revolucionaria del siglo XX y profunda crisis de identidad en el campo de las izquierdas clásicas. Esto en Chile tendrá un impacto particular ya que el Partido Socialista otrora fuerza del ex presidente Allende viraría a un espacio de plena aceptación de las reglas del juego impuestas; el Partido Comunista no escaparía a esta crisis quedando relegado de la alianza progresista a la vez que arrastraba diferencias internas anteriores. Ante semejante crisis ideológica de la izquierda el orden establecido estaba garantizado, y así fue.

Esta es la primera crisis política grave en periodo democrático y que pone en jaque la representación política; en la sumatoria de demandas nunca resueltas, en una desigualdad persistente, agobiante y evidente por las carencias de los de abajo y también por la ostentación de los de arriba es que se produce esta explosión.  La sociedad chilena y fracciones de las clases populares fueron emergiendo y manifestando malestares que nunca cuajaron en proyectos, disputas y direccionalidad política no obstante una presencia cada vez más fuerte y constante; enumeremos: el movimiento de Derechos Humanos que desde la misma dictadura luchó por la Justicia y por saber el destino de sus familiares detenidos y desaparecidos, a la vez que junto a otros sectores dieron una ardua batalla por la memoria y que se simbolizó en las movilizaciones y conmemoraciones de cada 11 de setiembre. El movimiento que más relevancia, presencia y fortaleza política y social tuvo en estos años en Chile fue el estudiantil juvenil tanto secundario como universitario. El sistema educativo es uno de los pilares del modelo neoliberal: descentralizado, arancelado y privatizado; altamente segmentado socialmente y desigual, obliga a los estudiantes a endeudarse con créditos bancarios por años, los colegios secundarios públicos expresan la desigualdad social sobre la base de los recursos de las comunas y sus habitantes. En el 2006 comenzó la “revolución de los pingüinos”, lucha de los secundarios y que luego contagiaría a los universitarios. Duras y épicas jornadas de movilizaciones, tomas, asambleas, represiones que lograron poner en la agenda política esta temática con logros parciales pero asegurando la continuidad de las luchas y demandas con nuevos objetivos. El movimiento del “NO + AFP” contra el sistema de pensiones que condenó a miles de jubilados a percibir ingresos miserables en una verdadera estafa social a los trabajadores jubilados, lucha aún vigente. Así también el disgregado y debilitado campo sindical con las luchas docentes, empleados públicos y mineros entre otros; las luchas comunitarias ambientalistas contra emprendimientos contaminantes o depredatorios; la lucha secular de las comunidades originarias sobre todo la del pueblo mapuche y el fenómeno actual del movimiento de mujeres que es transversal a otras reivindicaciones y luchas sociales. De manera más o menos solapada fue incubándose el germen de esta primera gran crisis política del régimen neoliberal.

En forma paralela la clase dirigente fue tomando carriles que marcaban la distancia entre una sociedad excluida de las decisiones que tomaban y poco beneficiaba a las mayorías. Una población que asistía a una incitación obscena al consumismo, pero con crecientes dificultades para acceder a esos bienes, un espejismo que empujó a un mayor nivel de endeudamiento económico mientras que los servicios básicos, derechos elementales están sujetos a las leyes del mercado: todo se paga. El descreimiento en la dirigencia política, la incapacidad para construir proyectos alternativos por parte de los sectores progresistas y de izquierda, la percepción de un vínculo estrecho con los poderes por parte de la dirigencia mayoritaria llevaron a ahondar la crisis de representación y la indiferencia electoral mientras corrientes subterráneas afloraban en superficie de forma intermitente y como una congruencia natural, el octubre chileno sacudió como un terremoto inesperado la paz de las elites nacional; inesperado y previsible a la vez.

La reacción violenta del gobierno hablando de “guerra” y consecuentemente sacando el Ejército a las calles, decretando el Estado de Emergencia y el toque de queda convirtió a ese malestar social en una marea sin freno que día tras día, noche tras noche, de ciudad en ciudad ocupan las calles y plazas desafiando el autoritarismo y la necedad política del presidente Piñera. Las denuncias por violaciones a los derechos y garantías personales por parte del Ejército y Carabineros son ya un punto indiscutible en la urgente próxima agenda política; sus accionares han retrotraído a situaciones propias de la dictadura militar. Por parte de la oposición de Nueva Mayoría (ex Concertación) y el Frente Amplio estuvieron lentos de reflejos no leyendo la magnitud del fenómeno en curso. La matriz de este conflicto es el modelo económico social sostenido desde hace treinta años vía consenso democrático, allí entonces la responsabilidad es compartida por fuerzas progresistas y conservadoras: aquellas gobernaron la mayor cantidad de periodos, cinco contra dos de la derecha, pero ésta profundizó la desigualdad avanzó sobre derechos y demandas de los sectores populares.

 

Este estallido social espontaneo, sin canales ni direccionalidad política, masivo y transversal socialmente comienza a marcar el fin de una etapa histórica y el comienzo de un proceso que tendrá vaivenes en tanto la clase política atenderá la necesidad de reformas sociales y económicas pero nunca irán más allá de lo que los factores de poder permitan, y dependerá del estado de movilización que la sociedad chilena mantenga tanto en persistencia como en sus formas. El nivel de violencia alcanzado por el Estado es un elemento que marca también que el reaseguro coercitivo está garantizado, aunque una parte del colectivo político va a demandar saber porque se actuó así y quienes son los responsables políticos. No hay atisbos de una crisis hegemónica en el corto plazo ya que no hay fracciones sociales y políticas que emerjan como posibles contendientes de este modelo, las clases subalternas están aún presas del corsé legal y político que se les impuso para limitar su capacidad de acción política autónoma. Sin embargo, de esta coyuntura el poder no saldrá indemne, algo se quebró en su vínculo orgánico con la sociedad y ésta adquirió un buen sentido de reflejo y musculatura en la acción. Este octubre chileno es un punto de inflexión histórico, viene a cerrar el ciclo de la democracia controlada; lo que el futuro depare estará en manos de la propia conciencia y fortaleza del pueblo.

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