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Militante, poeta, humano | A 45 años de la muerte de Paco Urondo

Símbolo de una época, su historia resume el compromiso, la lucha y las contradicciones de una generación que sigue vigente.

Francisco Reynaldo Urondo nació el 10 de enero de 1930 en Santa Fe. Fue el segundo hijo del matrimonio del ingeniero químico Francisco Enrique Urondo y Gloria Edelma Angélica Invernizzi, una mujer que tenía “magnetismo sobre la gente”, según le contó Beatriz, la primogénita, al periodista Pablo Montanaro en “La palabra en acción: biografía de un poeta y militante”.

En los 46 años que compartieron juntos, Beatriz y Paco nunca se dijeron “te quiero”, pero desde niños fueron compinches. Pronto se convirtieron en compañeros de juegos. Los dos hermanos actuaban escenas de drama policial en los que Paquito, a los tiros, salvaba a la pobre niña. Era un anuncio de lo que estaba por llegar: un escritor y guionista capaz de empuñar un arma para intentar beneficiar a los menos poderosos.

En el documental Poesía y Revolución, emitido por Canal (a), el historiador Roberto Baschetti aseguraba que había más de un Paco Urondo. Separaba sus facetas: militante, escritor y humano. Aseguraba que cada una tenía “aristas muy particulares”. La descripción fragmentada se parece a la que suelen hacer de Diego Maradona, otro poeta combativo. Muchos se apuran en aclarar que bancan al 10 sólo en su etapa como jugador y señalan que “como persona” es todo lo contrario. Lo cierto es que Maradona fue el jugador que fue por el talento y la personalidad explosiva que aún lo rodea. Las inyecciones que se clavaba durante los entretiempos, las puteadas durante el Himno y los eternos regresos no hubiesen existido si Maradona no fuera quien es en su vida cotidiana, que es pública desde 1976, cuando debutó en primera división, el mismo año que Urondo prefirió morir antes que ser atrapado por los servicios de la dictadura.

Un hombre es perseguido, una
familia entera, una organización, un pueblo. La
responsable de esta situación no es la codicia,
sino un
comerciante con sus precios, con la imposición
de las reglas del juego. Los empresarios, la policía
con la imposición de las reglas del juego. Por eso
ese hombre, ese pueblo, esa familia,
esa organización, se
siente perseguida. Es más, comienzan
a perseguirse entre ellos, a delatarse,
a difamarse, y juntos, a su vez, se lanzan a perseguir
quimeras, a olvidarse de las legítimas,
de las costosas pero realizables aspiraciones;
marginan la penosa esperanza. Entonces
toda la familia, todo el pueblo, entra
en el nivel más alto de la persecución: la
paranoia, esa
refinada búsqueda de los
perseguidos históricos y culturales.

Y ésta
es la triste historia de los pueblos
derrotados, de las familias envilecidas
de las organizaciones inútiles, de los hombres
solitarios, la
llama que se consume sin el viento, los aires
que soplan sin amor, los amores que se marchitan
sobre la memoria del amor o sus fatuas
presunciones.

(“Por soledades”)

Urondo tenía que seguir el mandato paterno de la universidad. Viajó a Santa Fe nuevamente, cuando su familia ya se había instalado en Buenos Aires, pero su experiencia académica en el Litoral no se prolongó demasiado. Paco tenía otras expectativas. Se lo dijo sin vueltas a su padre en una carta: “Yo quiero: pensar, decir y sobre todo hacer. Hacer qué me dirás. Es difícil y es fácil de explicarlo. Se sintetiza en una palabra: vivir”.

Paco se casó con Graciela Murúa y tuvieron a Javier y a Claudia. Urondo fue funcionario de Cultura del gobierno de Santa Fe, realizó presentaciones de títeres, escribió y publicó libros de poesía hasta que en 1960 se separó y se mudó a Buenos Aires.

Estoy en los ruidos de la tristeza,
en las tablas de la perdición,
en el aire de este tiempo maldito, infortunado;
llovizna criminal y sucia.

En aventuras, en la queja
del muerto y el terror de los vivos y el soplo
de los convalecientes.

Estoy en el clamor encontrado, fuera
de la felicidad y el fascismo y el olvido sin escuchar
la clausura y la ausencia,
sin tolerar la conmiseración, o desconocer
la alegría o la bondad o el dolor del caído.

Sin sentir resignaciones, sufriendo con rabia
la esperanza, viviendo a mi manera.

(“Fin y principios”)

En Buenos Aires, Urondo se sumergió definitivamente en el mundo cultural de la ciudad. Recitaba y publicaba. Se enamoró de la actriz Zulema Katz y vivió en una casa comunitaria gigantesca en la que muchos dormían y todos discutían. Juan Gelman, Federico Luppi, Miguel Brascó, Rodolfo Kuhn, Piri Lugones y otros le dieron un clima intelectual a la casona. Paco se volvió guionista de cine y también empezó a trabajar en periodismo. En 1966, publicó su primer libro de narrativa, “Todo eso”, que incluyó tres cuentos. Por esos años, ingresó a Clarín. Así lo recordaba Osvaldo Bayer en el libro de Montanaro: “Paco era el prototipo del hombre fino, se vestía de forma muy atildada. Era el que mejor se vestía de todos los que conformaban la redacción del diario. Tenía una sonrisa que parecía como si hubiera sido un gesto de su cara. Era muy simpático, tenía gestos de bonhomía y le gustaban los chistes. Era agradable en las conversaciones y se podía hablar de diversos temas. Nunca lo vi enojado ni jamás lo escuché hablar de nadie. Era muy culto y de conversación tranquila. Puedo decir que lo conocí en un período en que era un hombre muy afecto a la cultura y a la literatura, le gustaba discutir sobre escritores: era una especie de izquierdista moderado ilustrado. Como periodista era muy bueno, bien calificado por los secretarios de redacción”.

En 1967, Paco viajó a Cuba para participar del Encuentro Rubén Darío junto a Julio Cortázar, Leopoldo Marechal, David Viñas, Idea Vilariño y otros escritores. Noé Jitrik recordó que esa experiencia tuvo que haber impactado en la visión de Urondo. “En ese tiempo debe haberse producido algún cambio en Paco, en el sentido de una politización mayor que la que había tenido hasta entonces. No tenía vocación ni formación política”, dijo en “La palabra en acción”.

En 1968 volvió a Cuba, esta vez acompañado de Rodolfo Walsh, Cortázar, Eduardo Galeano, Mario Benedetti y Ricardo Piglia. Participó de un congreso cultural. Un viaje fundamental para su compromiso político. Ese año ingresó a la revista Panorama. Ya estaba vinculado a lo que luego serían las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

No hay serenidad, hay silencio
nadie levanta la voz aunque duden
porque realmente es raro que pudieran acorralarlo
nadie cree nada, aunque siga lloviendo

Y las ilusiones son rescatadas

Compro el diario y mojándome veo esas fotos
dios santo, con esos ojos abiertos
rompiendo el porvenir
y esa especie de sonrisa y con la boca fuerte
pero muerta.

Y yo pienso que si él ha muerto así
nosotros, hombres de su generación
también terminaremos de mala manera
derrotados o con un balazo trapero
y los ojos abiertos para llegar a mirar como gatos
en plena noche
en plena violencia
los primeros pasos del único mundo que admitimos

(“Poema al Che”)

La militancia de Paco Urondo y su compromiso activo fue una maniobra que sorprendió a más de uno de su entorno. Participó de la toma de Garín del 30 de julio de 1970 que realizaron las FAR, donde también militaba su hija Claudia. En el 71, ingresó al diario La Opinión, con Gelman, Osvaldo Soriano, Horacio Verbitsky, Miguel Bonasso y otros. Paco se volvía cada vez más duro en sus opiniones. Preciso. Y peronista.

En diciembre de 1972, Urondo alquiló una quinta en la provincia de Buenos Aires. Ya estaba en pareja con Lili Mazzaferro. Allí llegaron los integrantes de FAR y Montoneros, que estudiaban la unificación. En febrero de 1973, son detenidos en la quinta Paco, Claudia, Lili y otras cuatro personas. Urondo escribe:

Quiero denunciar ante todos, público
y clero, el robo de un par de anteojos, de alguna
camiseta sucia y pañuelo usado, un número
impreciso de poemas que venía escribiendo
en los últimos años de esta guerra, un aparato
de televisor, discos, armas, souvenires
varios: un libro de Lenin, un disco
de don Pepe de la Matrona que me regalara
el divino Divinsky por recomendación
del marqués del Cante, don Fernando
Quiñones, un asiento argelino, piedritas, cartas, dos botellas de vino chileno,
documentos reales y apócrifos y otras
cosas pequeñas pero queridas,
nada de esto, ni de otras cosas que
omito han reaparecido. Fueron
robados por la policía en mi domicilio, entonces
ilegal para ellos. Las armas perdidas ya
han sido debidamente detalladas; las largas
y las cortas, las buenas y las malas. Los
objetos eran comunes, como esos que se venden
por allí; los versos hablaban de una 11,25 que
ha dejado una marca en el nacimiento
del muslo izquierdo; otro hacía referencia
a los problemas de la balística en relación con
los sentimientos; uno recordaba el miedo
que tenía un sargento cuando
fuera atacado por sorpresa, y otros
temas que he olvidado por buenas razones. Algunos de
estos papeles desaparecidos por el miedo que la policía
metió a mucha gente, entre ellas a una mujer llamada
Lucila, que materialmente quemó uno que otro.

Otros fueron destruidos por la propia policía o los militares
de los servicios de informaciones que también
vinieron a buscarme y también me llevaron.

Hago esta denuncia,
especialmente por la pérdida
de armas y poemas, ya que ambas son irreparables. Han
sido robadas al pueblo de la república, a
quien naturalmente pertenecían.

El día de la asunción de Héctor Cámpora, el 25 de mayo de 1973, se produjo la liberación de 371 presos políticos. Entre ellos, Paco Urondo, quien el día anterior logró entrevistar a los tres sobrevivientes de la Masacre de Trelew, una conversación que se publicó como el libro “La Patria Fusilada”.

Tras la liberación, Urondo fue nombrado en la Facultad de Letras de la UBA. Su puesto duró cuatro meses. Estaba más politizado que nunca y creía de manera ciega en Perón, algo que muchos de sus amigos hoy ven como un error. Sin embargo, en esos años, la única posibilidad revolucionaria en la Argentina tenía que ver con el peronismo.

Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o de la producción.

Los sueños, sueños son; recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos, aquellos
gritos irreales de dolor real de los torturados en
el angelus eterno y siniestro en una brigada de policía
cualquiera
son parte de la memoria, no suponen necesariamente el presente, pero
pertenecen a la realidad. La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo inmenso cubriendo la Patagonia
porque las
masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad como
la esperanza recatada de la pólvora, de la inocencia
estival: son la realidad, como el coraje y la convalecencia
del miedo, ese aire que se resiste a volver después del peligro
como los designios de todo un pueblo que marcha hacia la victoria
o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a defenderse, a rescatar
lo suyo, su
realidad.

Aunque parezca a veces una mentira, la única
mentira no es siquiera la traición, es
simplemente una reja que no pertenece a la realidad.

(“La verdad es la única realidad”)

Ya en Montoneros, su participación en el asesinato de José Ignacio Rucci aún hoy es discutida. Estuvo en el operativo que liberó a Jorge Born el 20 de junio de 1975.

Paco ya estaba en pareja con Alicia Raboy, una militante que había conocido al compartir los días en el diario montonero Noticias. La relación cayó muy mal en la cúpula montonera, que castigó a Urondo, despromoviéndolo. Eso no afectó el amor: el 28 de junio de 1975 nació Ángela, la tercera hija de Paco. Terminó ese año como encargado de la prensa del Partido Peronista Auténtico.

En mayo de 1976, Urondo, Alicia y Ángela llegaron a Mendoza, donde Montoneros habían destinado a Paco, a pesar de que éste les había pedido no viajar a esa provincia.

Mendoza estaba en una situación crítica, muy apretada por la dictadura y con una persecución durísima contra los opositores al régimen. Además, Urondo tenía miedo porque ya había estado en la provincia y muchos podían reconocerlo.

El 17 de junio de 1976, en Guaymallén, Paco, Alicia, Ángela y Renée Ahualli, otra militante, fueron interceptados por los servicios cuando acudían a una cita de control de Montoneros. Aníbal Torres, un ex comisario de San Juan que estaba en la organización, cantó la cita y traicionó a sus compañeros. En la corta persecución, intercambiaron disparos e intentaron huir. Chocaron en la esquina de Remedios de Escalada y Tucumán. En ese momento, Paco Urondo, fiel a lo que había asegurado en tiempos más tranquilos (“vivo no me agarran”) tomó una pastilla de cianuro y les dijo a sus compañeras que escaparan. “Pero, papi, ¿por qué hiciste eso?”, le preguntó Alicia, antes de correr media cuadra, donde fue capturada. Hoy continúa desaparecida.

No quiero volver
a ese lugar
intransitable
y escuálido donde todo parece dormido.

Quiero calor,
dolor; sin soledades
sentir
alegría, a pesar de todo.

No quiero ausencias,
ni lágrimas. No me gustan
la madres, ni las caricias, ni los buenos entendidos:
fortunas quietas, venturas inanimadas:
llegar de otros lugares,
para volver. Regresar
a mi punto de partida,
verterme como una jarra seca y consecuente.

No quiero seguir durmiendo
junto a esa fuente
que ninguna sed calma. Propongo
vivir sin dominios, simplemente.

No tengo ganas de regresar,
que mi santo sepulcro no pretenda esperarme. Quiero
inventarlo a último momento
sin pensar demasiado, sin mucho rencor,
cuando sea necesario.

(“La vuelta al pago”)

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