domingo 25 de febrero de 2024
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La Salta que conmueve | Fer, la niña triste que cambió su vida cuando Gustavo y Adolfo la adoptaron

La menor, con síndrome de Down y una discapacidad motriz, fue adoptada por un matrimonio que conoció su historia a través de una convocatoria pública de adopción.

La historia de Gustavo, Adolfo y Fer integra el trabajo “Crónica de una adopción: historias de familias que marcaron identidad desde el amor”, publicado por Editorial Dunken. Es el último libro de Natalia Florido, escritora y referente de la Red Argentina por la Adopción, una organización que promueve el derecho de niñas y los niños a vivir en una familia. Ese trabajo fue editado en n largo informe por María Ayuso y publicado por el diario LA NACIÓN.

La pequeña Fer esperaba ser adoptada por una familia desde que tenía dos años. La familia llegó de la mano de Gustavo y Adolfo que tras conocer su historia se postularon para adoptarla; dos meses después se convirtieron en sus papás. “Un viernes de febrero de 2015, al psicopedagogo Gustavo Gómez Toranzos le compartieron una convocatoria pública de adopción que circulaba en Facebook: la Secretaría Tutelar de Salta, su provincia, buscaba una familia para una niña de cinco años con síndrome Down y una discapacidad motriz adquirida por la falta de estimulación. Además de las iniciales de la pequeña y un teléfono, no había otra información. Era apenas un párrafo, breve y conciso, que alcanzó para detener el mundo de Gustavo. Inmediatamente y sin dudarlo, llamó, incluso antes de consultarlo con su marido, Adolfo Montenegro”, destaca el informe.

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Adolfo declaró que en un principio él tenía temores, pero que su compañero Gustavo – que tiene pacientes con síndrome de Down – se encargó de acompañarlo en el proceso de entender más sobre la discapacidad. Luz María Fernanda, o Fer, se convertiría dos meses después en la hija de ambos. Hoy tiene 13 años y es la “reina” de una familia enorme que incluye muchos tíos, primos, amigos del matrimonio y una abuela, María Eugenia, con la que la niña tiene una química única. “Su llegada fue un antes y un después para todos. Poco a poco nos fuimos conociendo: ella aprendió a ser hija y nosotros, a ser padres”, resumen Gustavo y Adolfo en diálogo telefónico con LA NACION.

Gustavo (46 años) y Adolfo (49) llevan 19 años juntos y nueve de casados. En enero de 2014 pasaron por el registro civil para formalizar la unión en la que el deseo de la paternidad estuvo desde el comienzo. El camino no fue fácil. “Vivimos en una sociedad, la salteña, que es muy conservadora y primero tuvimos que atravesar todo un proceso de aceptación de nosotros mismos, como personas gays. El sueño de ser padres al comienzo parecía inalcanzable. Cuando lo empezamos a conversar ni siquiera estaba la ley de matrimonio igualitario y por eso desistimos de la adopción, ya que creíamos que no sería posible para nosotros”, recuerda Gustavo.

Sus temores seguían presentes cuando se postularon para la adopción: “Era un preconcepto nuestro y la realidad que nos encontramos fue muy distinta: el equipo de la Secretaría Tutelar fue excelente, desde lo profesional y personal, con una calidez que nos sorprendió”, detalla Adolfo y sigue: “Ahí entendimos que no importaba nuestra orientación sexual, sino que la premisa era el bienestar de Fer. Obviamente, debíamos cumplir con los requisitos legales y con las evaluaciones que demostraran que podíamos brindarle a ella lo que necesitaba”.

“La pequeña tenía dos años cuando fue apartada de su familia de origen tras ser encontrada en un estado grave de negligencia y abandono. Tenía una desnutrición severa y luego de pasar por una internación para estabilizarla, fue llevada al Hogar Casa Cuna, donde vivió casi tres años. Como el juzgado no encontró a nadie dentro de su familia extensa que pudiera ocuparse de la niña, se declaró su situación de adoptabilidad”, resume el artículo.

Una semana después de que el matrimonio presentara la ficha con sus datos, Adolfo y Gustavo fueron convocados para una primera entrevista. Mientras esperaban s tomaron una decisión definitiva. “Estamos acá y sea el cuadro que sea, vamos para adelante”, se dijeron en relación al estado de salud de Fer, que, como sabrían minutos después, era delicado. “Después de que el secretario nos contó sobre su condición más allá del síndrome Down, nos preguntó si estábamos decididos a continuar. Ni lo dudamos: dijimos que sí, que teníamos la misma intención que al comienzo”, reconstruyen los papás.

A partir de ese momento empezó un proceso de evaluaciones ambientales y psicológicas a cargo de un equipo interdisciplinario, que incluso se reunió un día en la casa del matrimonio junto a sus familiares y amigos. “Yo tengo dos hermanos y Adolfo cinco, y desde la Secretaría Tutelar nos subrayaron que no sólo íbamos a adoptar nosotros, sino que Fer iba a pasar a tener tíos, primos, abuela”, recuerda Gustavo. Un mes y medio después de que vieran la convocatoria en Facebook, el juez llamó a Gustavo para contarle que habían sido la pareja seleccionada para convertirse en los papás de Fer. Al día siguiente, el viernes 10 de abril, podían ir al hogar a conocerla.

La cita en el hogar era al mediodía. “Nos levantamos temprano, nos bañamos, nos pusimos la mejor ropa que teníamos y fuimos a conocerla. Primero nos entrevistó la directora del hogar junto con la psicóloga, que nos volvió a hacer la pregunta clave. Nos dijo: ‘Este es el momento: si dicen que no quieren avanzar, está todo bien y vamos a respetar su decisión, están en todo su derecho’. Lo importante era priorizar a la niña. Dijimos otra vez que sí y la psicóloga fue a buscarla”, reconstruye Adolfo.

“Ahí estaba ella, tal cual como la habíamos imaginado, con el pelo largo y negro. Era muy chiquita, faltaban dos días para que cumpliera cinco años y pesaba 9 kilos. No caminaba por su cuenta, solo con ayuda. La condición era muy delicada: a pesar de todos los cuidados que le brindaron en el hogar, faltaba lo más importante: una familia”, cuentan los papás.

Adolfo, que se define como “re llorón”, no se pudo aguantar. “Gustavo me decía: ‘¡No llores que la vas a asustar!’. Fer estiró los brazos como si nos hubiese estado esperando. Nos abrazó a los dos y nos consoló ella a nosotros. La directora del hogar dijo: ‘Llevo muchos años en este trabajo y es la primera vez que veo algo así, los voy a dejar solos: este momento es de ustedes tres’. Nos quedamos así, abrazados. Fue como si siempre hubiésemos estado conectados”, asegura.

El proceso de vinculación fue breve. Durante una semana, todos los días iban a visitar a la niña y el sábado siguiente los autorizaron a llevarla a dormir a su casa. Ya tenía su cuarto armado y la directora del hogar los alertó: “Si llora, porque no durmió nunca sola, me la traen a la hora que sea”. Le pusieron el pijama, le dieron la mamadera, y durmió plácidamente hasta el día siguiente. Llevarla de vuelta al hogar, en cambio, fue un drama: Fer se pasó la noche entera del domingo llorando, y el lunes temprano el juez llamó a Adolfo y Gustavo para preguntarles si podían buscarla. Desde ese día, nunca más se separaron.

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