Como dijo el genial escritor de Evita, no es que la negrada le perdonáramos al Diego sus lujos, sus insolencias, sus arrebatos. La verdad es que se la celebrábamos: era uno de los nuestros vengándonos de la soberbia de los ladrones poderosos.

La crónica dice que Diego Armando Maradona murió este miércoles tras una descompensación, luego de que su salud se viera deteriorada por su adicción al alcohol y la dependencia a los psicofármacos que derivó en un cuadro quirúrgico por un hematoma subdural en su cabeza. También que el 11 de noviembre el más maravilloso y ganador jugador de fútbol surgido de este país, había recibido el alta clínica en el sanatorio de Olivos, donde fue operado el 3 de noviembre, para continuar con un tratamiento ambulatorio en una casa ubicada en un barrio cerrado de Nordelta donde finalmente falleció por un paro cardiorrespiratorio.

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Acá sólo diremos lo que dijo de él Eduardo Galeano. «Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable. Pero los dioses no se jubilan, por muy humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero». Así puede leerse en el libro póstumo ‘Cerrado por fútbol’ del uruguayo Eduardo Galeano, publicado en 2017. En ese texto el escritor oriental agregaba: «Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio. Más devastadora que la cocaína es la ‘exitoína’. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga».