Asamblea docente en el Nicolás Vitale (Foto: Canal 10 UVC)

Tras dos semanas de una medida que acorraló al gobierno, la asamblea de ayer estuvo atravesada por pistoletazos dialécticos entre docentes. A pesar de lo formalmente decidido, la huelga empezó a morir. (Daniel Avalos)

Hasta el jueves todo era agitación y ansiedad optimista entre los docentes salteños. Dos aspectos lo explicaban: mientras la parca ministra de Educación recurría al término “incomprensible” para explicar su desconcierto ante la escalada del conflicto, los docentes comunicaban mejor cómo la variable inflación y otras medidas acordadas entre el gobierno nacional y provincial (Fondo Compensador Docente e Incentivo Docente) afectaban mes a mes el salario del sector; buenas razones que adquirían musculatura a medida que la euforia se contagiaba y las movilizaciones se intensificaban, hasta lograr que los prudentísimos secretarios generales de la “intergremial” decidieran sumarse a un paro en el que no tenían opinión alguna.

Municipalidad de Salta

Ayer todo se desmoronó. Ocurrió tras la propuesta que el gobierno provincial realizó al sector en la madrugada del viernes. La misma incluía nuevos ofrecimientos que deslizaron a un sector a considerar la posibilidad de levantar la medida. Fue entonces cuando el entusiasmo mutó en un torrente de acusaciones cruzadas que quien escribe comenzó a recibir mientras conducía -junto a Franco Hessling- el programa Cuarto Oscuro (FM Capital 97,7). Los audios de WhatsApp que se filtraban por doquier daban cuenta de las iracundas quejas de los docentes del interior que clamaban por dilatar la asamblea hasta el arribo de sus colegas del norte; quejas iracundas que devinieron en acusaciones de traición contra aquellos con quienes habían marchado por las calles codo a codo 24 horas antes; acusados que devolvían la descalificación señalando a los primeros de ser miembros del Partido Obrero (PO), cosa que los señalados negaban jurando aborrecer al PO y a cualquier tipo de partido o ideología política.

Mientras eso ocurría, el colega Óscar «Kenny» Serrano transmitía en vivo para FM Capital el minuto a minuto de la asamblea en el Complejo Nicolás Vitale: la mujer que conducía la asamblea reprochaba a sus colegas los insultos permanentes; las explicaciones confusas de las misma sobre quiénes debían sentarse y quiénes mantenerse de pie para hacer los conteos correspondientes; un maestro de Tartagal usando el aire de la 97.7 para insistir con que todos los delegados de Capital eran traidores; voces que advertían que aquellos a favor de aceptar la propuesta del gobierno debían dirigirse a la tribuna tal, mientras el resto ubicarse en la tribuna del frente; Kenny que realiza in situ un poroteo y concluye que el rechazo a la propuesta es mayor, pero por un margen escaso; Kenny que entrevista a una docente de Rosario de la Frontera quien adelanta que independientemente de la votación, ella y los suyos vuelven al pago y el lunes regresan a clases; Kenny que propone al piso y a los oyentes escuchar el sonido ambiente del Nicolás Vitale donde se impone el cántico “paro, paro, paro compañero; el que no hace paro es esclavo del gobierno”.

Mientras escuchábamos el cántico, a quien escribe se le vino a la mente la frase que las crónicas de las antigua Grecia le atribuyen al general Pirro de Epiro, 200 años antes de Jesucristo: “una victoria más de estas y estaremos perdidos”. Así fue. Ni bien se impuso la moción de continuar con la huelga, cerca de la mitad de los asistentes empezaron a abandonar el complejo. Algunos de los que se quedaron celebraban el haber “dado vuelta” una decisión que horas antes creían perdida. No entendían que en el mejor de los casos el quiebre de la asamblea lo opacaba todo, y en el peor hería de muerte la huelga misma. Lo seguro, en cambio, es que las clases empezarán a normalizarse y que la herramienta que estaba doblegando al gobierno se debilita inexorablemente para alivio del propio Grand Bourg y tranquilidad de las conducciones de gremios “legalizados” que abrazan la inercia sindical siempre funcional a los poderes de turno, que retribuyen el favor manteniéndolos como interlocutores de un sector potente al que representan poco o nada.

En las horas posteriores, muchos empezaron a preguntarse sobre las causas del desencuentro. No faltaron quienes atribuyeron al Partido Obrero el maximalismo que desmadró todo. Tampoco los que impugnaron la acusación, recordando que tal partido padece un proceso de desintegración evidente que impide a sus militantes otorgar dirección sindical y política a colectivo alguno. Los que así razonan se inclinan por atribuir el maximalismo a los docentes del norte provincial que apegados a la concepción del “todo o nada”, prefirieron una derrota heroica en vez de un triunfo parcial que estando al alcance de las manos conjugaba ciertas ventajas económicas, moral robustecida, prestigio colectivo y consolidación de una herramienta gremial sorprendente de cara al futuro.

Quedará para el debate la cuestión sobre los móviles que explican la conducta. Hay quienes ya difunden -mal intencionadamente- que la “vocación educativa” de los maestros está subordinada al afán por el billete y a los intereses políticos. Hay quienes bien intencionadamente consideran que el “todo o nada” frustra lo posible por un imposible que no se sabe muy bien en qué consiste. Concepción que aporta a sus profetas un toque de distinción revolucionaria o intelectual, pero casi siempre constituye el camino más seguro a la derrota al prescindir de los razonamientos políticos que siempre requiere de avances y retrocesos, cambios de marcha, frenos, aceleramientos, aliados transitorios, otros permanentes, etc., a fin de ir orientando el día a día hacia objetivos estratégicos.

Por si todo ello fuera poco, la noción del “todo o nada” desliza a quienes la practican a una desviación más perniciosa aún: explicar las derrotas no por los errores propios, las condiciones sociales en las que se enmarca el conflicto o la sapiencia del adversario; sino por la presencia de traidores que concilian sus “mezquinos intereses” con el de los patrones para desmontar la lucha desde el interior de la propia organización. Habrá que admitir que estamos ante una eficiente forma de expiar una culpa propia: la desvalorización de la práctica y el razonamiento político.