En 2017 abrazó la figura de Cristina cuando todos la repudiaban. Se convirtió en diputado nacional y muchos le aseguraban una gobernación que quedó muy lejos. Derrotero de quien ya no personalizará alternativa política futura en Salta.

Promediando el 2016, Leavy bajaba del norte salteño y sorprendía al activo político salteño. No sólo había pacificado a un Tartagal que se deglutió a todos los intendentes hasta su arribo a la intendencia en el año 2007, también empezaba a usar munición gruesa contra un Urtubey que todavía era el gran elector provincial tras la paliza por 20 puntos que le propinó a Juan Carlos Romero en las elecciones a gobernador del 2015. Para muchos, Leavy no tenía nada para envidiarle a los cuadros políticos de la provincia. Él también aparecía como un dirigente capaz de otorgarle objetivos estratégicos a un conglomerado con intenciones de generar un proyecto provincial.

La bandera que portaba era una herejía absoluta por entonces: reivindicar los gobiernos kirchneristas y reconocer el liderazgo de Cristina Fernández de cara al futuro. Con ese enunciado y un armado electoral asentado en el interior de la provincia se convirtió en diputado nacional en el año 2017 y su figura adquirió musculatura. Desde entonces y hasta las PASO provinciales del 6 de octubre pasado, muchos creyeron que disputaría cabeza a cabeza la gobernación con Gustavo Sáenz.

Las PASO nacionales del 11 de agosto ratificaron la convicción compartida hasta por sus rivales: en su condición de candidato a senador nacional – colgado de la boleta de Alberto y Cristina – sumó individualmente 296.774 votos (47%) en la provincia y 104.752 (34%) en la Capital provincial. Los números parecían mostrar que la campaña con la que sus rivales impugnaron su doble candidatura (senador para las nacionales y gobernador en la provincia) no había rendido frutos. Esos mismos números combinados con el contundente triunfo de Alberto y Cristina en la nación más la cercanía temporal entre las generales nacionales y las provinciales convenció a varios de que la historia haría una excepción y que por primera vez se encargaría de transferir a Leavy los votos que siendo de Alberto y Cristina no eran enteramente de él.

Esa convicción explica lo ocurrido el 12 de agosto: un torrente de dirigentes provinciales que hasta entonces coqueteaban con Gustavo Sáenz, tenían compromisos con la candidatura a vicepresidente de Urtubey o dudaban en incorporarse al Frente de Todos; dieron el salto robusteciendo un armado político que acalló los reproches que en forma de susurros alertaban ya sobre ciertos límites: las dificultades de Leavy para conducir al todo, el error de replicar en la Capital un modelo de construcción y conducción propio de Tartagal y una conducta sectaria que se tradujo en excluir de la decisiones importantes a quienes no formaran parte del entorno inmediato del tartagalense y que se reducía a José Vilariño, Nora Giménez y algún otro.

La campaña se redujo entonces a nacionalizar la elección vociferando “Alberto – Cristina” y “Alberto – Cristina”. La mayoría se subordinó. Algunos convencidos, otros impotentes. Todos sintieron que la bala de plata que debía coronar la estrategia no se usaría cuando la ex presidente suspendió la presentación de su libro “Sinceramente”, ocho días antes de las PASO provinciales del 6 de octubre. Eso y las improlijidades y hasta mezquindades en la organización del frustrado acto que incluyó el retaceo de pulseras para permitir el ingreso de dirigentes y militantes del “Frente” al estadio Delmi presagiaron lo peor. Ni la rápida reacción de Alberto por suplantar a Cristina ese día sin representar lo que representa la ex presidente para los salteños, impidieron que por primera vez los dirigentes y militantes más lúcidos admitieran que estaban en problemas.

Las PASO fueron una sonora bofetada. Los 296.559 (47%) votos de Leavy en agosto como candidato de Cristina se redujeron a 162.896 (24%) como candidato a gobernador en octubre. La debacle fue aún mayor en la Capital: los 104.752 (34%) de agosto se redujeron a 38.915 (13,21%). La historia no hizo excepción alguna: el prestigio de los grandes dirigentes nacionales puede dar un empujón a terceros, pero no le transfiere las voluntades. Eso y el destrato a su rival interno – Miguel Isa – desde el momento del cierre de frentes hasta el acto en el Delmi hacían imposible que los dirigentes que respondían al actual vice gobernador se comprometieran con Leavy para las elecciones de hoy. Luego se supo de destratos similares en el interior provincial que se pagarían caro. La suerte estaba echada y como suele ocurrir en estos casos la diáspora era un hecho.

Los números de hoy apenas mejoraron con respecto a los del 6 de octubre: con el 99% de las mesas escrutadas, Sergio Leavy cosechó 181.612 votos (26% del padrón). Lo mismo ocurrió en la Capital: 43.154 sufragios que supusieron el 14,28% de los votos quedando en tercer lugar por debajo de Sáenz y Alfredo Olmedo.

Las cifras solo pueden explicarse por los aciertos del candidato que ganó y la falta de reacción del equipo de Sergio Leavy que en lo central mantuvo los errores que la euforia de las PASO nacionales del 11 de agosto disimularon: no haber aceptado nunca que el candidato Sáenz era mejor que un Leavy que jamás permitió el protagonismo de figuras con pergaminos propios que pudieran generar la idea de un equipo que potenciaba las individualidades; y un tipo de proselitismo que además de no recibir la visita de Cristina, nunca consiguió los recursos ni imaginó las formas comunicacionales que permitieran presentar la mejor versión del candidato a la sociedad.

Leavy, en definitiva, perdió la gobernación, pero también la posibilidad de representar en el futuro una especia de camino central para forjar una alternativa política en el futuro salteño.