Trabajadoras sexuales fuera del closet | Contra el patriarcado y el feminismo abolicionista

A la izquierda, Nina (Foto de Alexandra Sánchez). A la derecha, Red en la marcha del 8M en Nueva York. El paraguas rojo es el símbolo de las trabajadoras sexuales.

Cuarto.com.ar dialogó con dos trabajadoras sexuales. Una vive en Buenos Aires, la otra en New York. Se presentan públicamente como tales y cargan sin complejos contra el patriarcado, la estigmatización y el feminismo abolicionista. (Andrea Verdún)

Nina tiene 31 años, es de Formosa, pero desde los 18 vive en Buenos Aires; Red tiene 30, es de Chicago y vive en Nueva York. Viven lejos una de otra, pero comparten su lejanía con los tabúes, y liberadas y orgullosas se presentan públicamente como trabajadoras sexuales.

El término «trabajo sexual» fue creado en los 70 por Carol Leigh, una neoyorkina, artista y activista feminista luego de detectar que, a lo largo de la historia, las mujeres que elegían prostituirse «fueron exitosamente silenciadas por otros y por su propia vergüenza paralizante.»

A Leigh le preocupaba el anonimato al que históricamente fueron forzadas las prostitutas y pretendía terminar con esta división entre las buenas mujeres (novias y esposas) y las malas mujeres (prostitutas). Es más, su objetivo era que las «malas» tuvieran un espacio dentro del feminismo. De allí que el término sea una contribución feminista al lenguaje que además busca unir a las mujeres de las distintas facetas de la industria: las que hacen porno, trabajos eróticos, las webcamers, las dominatrix, escorts, las strippers. En fin, todas aquellas que usen su sexualidad como herramienta laboral.

Nina reconoce que blanquear con su familia que había comenzado a ejercer el trabajo sexual le llevó mucho menos tiempo que a varias de sus compañeras. Con su mamá, por ejemplo, le tomó seis meses; con sus amigas fue casi inmediato y a parte de su entorno ya le había adelantado la idea antes de comenzar.

Red, desde New York, aclara que ella elije presentarse como “queer non-binary femme” (algo así como “mujer queer no binaria”) y como una artista y trabajadora sexual. Milita activamente por los derechos de los y las trabajadoras sexuales en Estados Unidos y considera que, si bien hay mayor visibilización, la mayoría todavía se oculta y solo se reconocen como trabajadores sexuales en lugares de confianza y en determinadas plataformas de internet.

Admitir abiertamente el ejercicio del trabajo sexual puede llevar años y, a veces, toda la vida. Nina, por ejemplo, forma parte de AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina) y cuenta que el principal miedo de las trabajadoras es el rechazo familiar y asegura que, en su caso, ese proceso se simplificó gracias a la militancia de otras compañeras: «A mayor información, era mayor la convicción y las ganas de dejar de omitir lo que hacía y comenzar a hablar en primera persona.»

Llegar a fin de mes

Iniciarse en el trabajo sexual tiene un eje en común, tanto para Carol Leigh en los ’70, como para Red y Nina hoy, cuya pertenencia social está lejos de ser la que generalmente se atribuye a todas las trabajadoras sexuales. Una en Buenos Aires y otra en EEUU, tuvieron acceso a la educación, a consumos culturales y gozaron de empleos, aunque la flexibilización laboral les fue despertando la inquietud de poder repensarse ofreciendo un servicio desde su sexualidad y genitalidad.

La decisión de Red fue netamente económica. Tenía un trabajo en una escuela y también como artista y colorista. Pero estos empleos no le permitían pagar todas sus deudas y tampoco conseguía un trabajo con una remuneración justa, aun accediendo a puestos de tiempo completo.

Para Nina la situación fue similar. Había decidido separarse y se mudó con su hija. Tenía un empleo que no le satisfacía y encima mal pago. Además, la idea de trabajar catorce horas para pagar una niñera que terminara conociendo más a su hija que ella la estresaba. Literalmente, quería manejar sus horarios, carecer de jefes y salir lo menos posible de su casa. Había comenzado un taller de lectura donde escribía relatos eróticos, se había empoderado de información, ingresó recomendada por una amiga a un grupo de WhatsApp de trabajadoras sexuales donde se ayudan e intercambian información, y al poco tiempo ya tenía sus primeros clientes.

Forzadas al anonimato

En Estados Unidos la situación no es muy diferente a la de Argentina: las trabajadoras siguen siendo forzadas al anonimato, publicitarte es un delito y los lugares donde se ejerce el trabajo sexual están criminalizados. Mientras en Argentina Instagram y Twitter siguen siendo un espacio «seguro», en Estados Unidos el asedio y la persecución dentro de las plataformas es más fuerte y ha traído como consecuencia el cierre de anuncios para adultos de páginas como Backpage.com, Rentboy y Craiglist.

En definitiva, revelar la identidad de las trabajadoras en Estados Unidos puede traer serias consecuencias, lo que limita la posibilidad de visibilizarse. Sin embargo, dice Red, «no estamos todos en la misma página, hay más exposición de la identidad pero también hay disparidad en cómo maneja sus cuentas cada usuario; al mismo tiempo hay mayor apoyo y solidaridad entre trabajadores.»

Whorephobia dentro del feminismo  

Así le llama Red al miedo a las putas y a quienes buscan desalentar y erradicar la prostitución. El debate abolir-regular dentro del feminismo se encuentra vigente y afecta a las trabajadoras de manera directa como indirecta.

Argentina lleva 32 Encuentros Nacionales de Mujeres (ENM): en el número 31, en Rosario, fue la primera vez que las trabajadoras sexuales tuvieron un taller que en principio debía ser sólo uno, aunque terminaron abriéndose seis comisiones donde participaron más de 700 mujeres. Durante trece años las trabajadoras sexuales asistían a los ENM y participaban de los talleres de prostitución y trata, donde más que discutir sobre cómo resolver sus problemáticas debían someterse a interrogatorios y debates en torno a si eran víctimas o no del capitalismo; si su actividad era un trabajo o no; o si la profesión se elige, o no.

En Estados Unidos, las trabajadoras sexuales reclaman que sus demandas no fueron incluidas tanto en el movimiento Time´s Up (el movimiento surgido entre actrices que, tras los escándalos de acoso en Hollywood,  luchan contra los abusos en todos los ámbitos) como en el #MeToo, que significa “Yo también” y que surgió tras los mismos escándalos y luchan por lo mismo. Eso no es todo. Las trabajadoras sexuales le reprochan a la mundialmente famosa conductora de televisión Oprah, no haberlas nombrado en su aclamado discurso en los Golden Globes.

También reclaman no ser apoyadas como todas las mujeres en el #MeToo, ya que cuando relatan sus episodios de abuso sexual reciben burlas, dando a entender que las trabajadoras sexuales no pueden ser abusadas y acosadas. Como en el caso de la actriz porno Jessica Drake que, como tantas otras mujeres, acusó al presidente Donald Trump de comportamiento sexual inapropiado, a lo que él respondió: «Ella es una estrella porno….ah claro, ¡me imagino que nunca nadie se aprovechó de ella!.»

En la última marcha de mujeres en Nueva York, activistas estuvieron con sus paraguas rojos, símbolo internacional en solidaridad con los derechos de los trabajadores sexuales, exigiendo la inclusión plena en el movimiento, libertad para las trabajadoras presas y descriminalización.

Sin ánimos de romantizar

Los riesgos y la violencia dentro del trabajo sexual existen. Lo que no existe es una oficina de recursos humanos donde denunciarlo. No se puede acudir a la policía si un cliente no cumple con lo arreglado. Entre otras cosas, porque la sociedad, a través de los años, les ha quitado la credibilidad y puso a las trabajadores sexuales en el lugar de «malas víctimas», sin olvidar que muchas veces es la policía quien abusa de ellas.

Pero esas violencias que suceden en el marco de un intercambio de dinero por un servicio sexual, tanto para Red como para Nina no les ocurren porque son prostitutas; las sufren porque son mujeres, condición que se potencia por ejercer un trabajo no regularizado y cargado de estigmas y prejuicios.

Por otro lado, asociar el trabajo sexual y autónomo con la “trata de personas” con fines de explotación sexual, trajo una consecuencia tremenda para el sector, tanto en Argentina como en Estados Unidos: el cierre de lugares donde el trabajo sexual se ejerce de manera autónoma. El resultado es que, en lugares como Nueva Orleáns, los strippers están tomando las calles por la clausura los boliches durante el momento de actividad para ellos y para el staff.

En resumen, la whorephobia se manifiesta de manera física, verbal y simbólica por parte del Estado, de los clientes, el feminismo abolicionista y del sexismo arraigado en la sociedad.

Del anonimato al mainstream

Las voces de los y las trabajadoras sexuales se amplifican más allá de su comunidad; Red entiende que la whorephobia es un fracaso del feminismo y que no entender que nadie será libre en la medida en que todas lo seamos – trabajadoras sexuales incluidas – supone el triunfo del patriarcado.

Las limitaciones que encuentran al intentar hacer público su trabajo las llevan a la situación angustiante de ocultarlo, a veces durante toda la vida; mientras la clandestinidad en la que ejercen el trabajo sexual las pone en una situación de desprotección en términos de derechos y de discriminación social. Nina dice al respecto: «Las putas siempre tuvimos voz, sólo que no nos daban los micrófonos.»

El activismo y la información fueron herramientas poderosas para que las voces y la lucha de las trabajadoras sexuales se hicieran mainstream, organizadas, alejadas del miedo y la vergüenza. Así, se llegó al momento en que levantan la bandera por los derechos de las trabajadoras sexuales.