Tony López vuelve a la radio salteña | Para no saber cómo es la soledad

El periodista retorna esta noche con La Balsa, su clásico programa que ya lleva 25 años al aire. En esta entrevista con CUARTO, repasa sus orígenes y reconoce que sale al aire como una manera de no estar solo. (Federico Anzardi)

Esta noche, Tony López volverá a hacer radio. Retornará al éter salteño con La Balsa, su clásico programa que comenzó hace 25 años y lleva más de 2200 emisiones. Será por Radio Dínamo, desde hoy, todos los sábados de 21 a 00 horas. Tony vuelve menos de tres meses después de anunciar su despedida del aire. Parece contradictorio, pero en su vida la pasión siempre pudo más que los desencantos pasajeros. A esta altura se puede decir que Tony López no puede dejar de estar frente al micrófono, aunque él lo niegue, aunque diga que está tranquilo junto a sus padres en su casa del Oeste de la ciudad, rodeado de los vinilos, CDs, casetes, revistas y libros de rock que acumuló en los últimos cuarenta años. A esta altura, se puede secir que Tony hace radio para difundir la música que le gusta, para compartirla, para no quedarse solo.

“Cualquier proyecto que llevás adelante, si no lo tenés con la pasión y con el corazón a pleno, no funciona. He visto a tantos pasar, estar un año o dos, de alguna manera caretearla. Se nota que no tenían pasión. Para mí la pasión es fundamental”, dice Tony, que siempre intentó ser coherente con el eslogan de La Balsa: “Lejos de lo estándar, cerca del corazón”, una frase que se le ocurrió cuando se dio cuenta de que quería hacer un programa que no difundiera las canciones que pasaban todos los demás. Lo logró, lo volvió su marca. Cuando Tony López hace radio, habla de rock y elige canciones, los demás se callan. O deberían hacerlo.

Aprendizaje

Nacido en febrero de 1970 en una familia trabajadora que tenía sus orígenes en los Valles Calchaquíes, Tony, al principio, no entendía demasiado de música. Sus intereses se limitaban a lo que se escuchaba en casa. “Crecí escuchando música boliviana, básicamente, y música bolichera, que era la música disco. Después fue mutando a lo tecno europeo, la música de esa época, fines de los 70 hasta mediados de los 80. Cuarteto, qué sé yo. Pero de rock no tenía la más puta idea de nada. Posiblemente lo más cercano haya sido Michael Jackson con Thriller”, dice.

Todo cambió cuando Tony comenzó la secundaria e ingresó a la Escuela Normal. “Salgo de la escuela de Villa Primavera, la Juan Carlos Dávalos, para llegar a la Normal, y fue un quiebre mental tremendo. ¿Vos viste la película de Gladiador? ¿Viste que cuando llegan los esclavos al Coliseo se impresionan? Yo tuve esa misma sensación cuando llego a la Escuela Normal, porque era inmensa, era toda la cuadra, imaginate. Fue un shock tremendo, un quiebre para mí, porque casi no conocía el centro, nada”.

Tony llegó al aula y se sintió fuera de lugar. Cuenta que “el 80 por ciento” de sus compañeros eran “nenes y nenas de papá”. “Hijos de contador, hija de abogado, hijos de pindonga, hijos de todo, ¿entendés?”, dice, y se describe a sí mismo como uno más de “los marginales que vivían en lugares alejados del centro”. “En ese tiempo mi barrio era, quizás, lo más extremo del Oeste. Ahora hay como setenta barrios arriba mío”, dice.

Tony empezó a relacionarse con sus nuevos compañeros, pese a todo. Uno, según cuenta, era hijo de un funcionario del Gobierno provincial. Alguien con acceso. “Él me hablaba. ‘¿Qué escuchás vos?’, me decía. Y yo le decía Chébere, Sebastián. Se me cagaban de risa. ‘¿Y no escuchaste Gieco, Seru Giran?’. No, qué mierda es eso, dije. Y así me fui empezando a meter. Me empezaron a hacer escuchar”.

Dicen que la primera impresión es la que cuenta, pero a Tony el rock no lo conquistó de inmediato. Fue, más bien, un proceso lento, de aprendizaje y descubrimiento. “Había un programa que pasaba un disco que se llamaba Llena tu cabeza de rock, un compilado de artistas. Yo tenía un grabadorcito re chiquitito y mi viejo me compra un centro musical Hitachi, que lo tengo hasta el día de hoy. Para mí era una nave espacial: bandeja, casetera, radio. Mi papá me lleva a una librería en la peatonal que tenía un anexo disquería. Tenía cuenta corriente ahí”, dice.

Con los años, el momento adquirió los tintes míticos de las escenas que tienen tanta potencia que pueden torcer el camino de una vida durante décadas.

“Entonces me dice ‘¿Querés llevarte un disco?’. Y elegí ese: Llena tu cabeza de rock 84, que traía The Romantics, The Police, Quiet Riot”, dice, y canta el estribillo de “Cum on Feel the Noize”.

– Traía eso, Bob Dylan, Men at Work, Bonnie Tyler. La mayoría eran hits.
– ¿En vinilo o casete?
– Vinilo.
– ¿Lo tenés todavía?
– Sí, obvio. Tengo la colección de Llena tu cabeza de rock. Los cinco que salieron.

Tony López

En el Oeste está el agite

Tony empezó a comprar más discos y casetes. Por esa época estaba enganchado con una canción más o menos nueva de Charly García, “No me dejan salir”, un hit que había colaborado en la renovación del rock argentino post dictadura. La quiso tener, pero compró el disco equivocado. En lugar de Clics modernos se llevó Piano Bar, otro discazo. El error no le importó. Se volvió loco. “Ahí empecé a interiorizarme más con el tema del rock”, dice. Tony se quedaba noches enteras encerrado en su pieza poniendo un disco atrás del otro. Lo que no podía comprar lo escuchaba por FM Génesis. Lo que no llegaba a Salta lo imaginaba leyendo Pelo y Cantarock. En poco tiempo, el conocimiento de Tony creció hasta dejar a su compañero de colegio, al hijo del funcionario, el mismo que se había burlado, como un ignorante.

“Yo me dije ‘Antes que terminemos quinto año lo voy a asesinar escuchando música, sabiendo de música, sabiendo de rock, escuchando rock’. Era una cuestión de resentimiento, venganza, y bueno, cuando llegamos a quinto año me lo comí hablando de música, me lo recontra comí escuchando música, y ahí ya no había vuelta atrás”.

Diego Maita y Tony López en los primeros programas de La Balsa.

Al aire

Cuando terminó la secundaria, Tony se fue, como todos los veranos, a Cafayate, a visitar parientes y amigos. Pensaba quedarse unos meses, pero se quedó tres años. Allá hizo radio por primera vez. En 1988 colaboró durante unos meses en un programa de FM Cafayate que ya no recuerda cómo se llamaba. Un proyecto ajeno que no lo tenía de protagonista. Al año siguiente, cuando su mamá le mandó una encomienda con discos, casetes y revistas, empezó con su primer programa propio: En acción, una referencia a “Estamos en acción”, una canción de La Torre, uno de los grupos más populares del rock argentino de esos años.

En acción se emitía por FM Del Valle y duró todo el 89. Tony conducía, musicalizaba y hacía la operación técnica, algo que mantiene hasta el día de hoy cada vez que sale al aire Aunque, claro, no eran épocas de mp3. “Era un arte eso. Dejar en pie la bandeja lista para que suene el tema, para que no haya tantos baches. Tenías que estar ahí”, recuerda.

La estadía en los valles se extendió más allá de aquel verano post secundaria porque Tony también se volvió cantante del Grupo Vértigo, una banda que animaba fiestas y bailes por toda la zona. Tony llamó la atención de los músicos cuando cantó “Te vi en un tren”, de Los Enanitos Verdes, en un concurso.

“Saqué el segundo premio y ahí nomás los vagos vienen y me hablan. Ellos tenían cantantes de cuarteto, de cumbia, pero no hacían Enanitos, GIT, Cadillacs, Pericos. Estuve un año y terminé cantando cuarteto, cumbia. Se fueron todos los cantantes, me bancaba un baile solo y me pagaban muy buena plata. Bailantas, fiestas patronales en San Carlos, Animaná, Santa María. Yo tenía 19 años”, cuenta.

La experiencia con el Grupo Vértigo se terminó cuando Tony empezó a sentirse incómodo. Una constante en su vida: cuando algo no le cierra termina yéndose, tarde o temprano, aunque después vuelva. De hecho, su experiencia como cantante no se terminó ahí. Muchos años después se puso al frente de La Vittonera, un grupo que reunía a varios exponentes de la escena del rock salteño.

Tony volvió a la ciudad de Salta en 1990, la década en la que afianzó su oficio. Se anotó en la carrera de Historia y formó parte de agrupaciones políticas de la Facultad de Humanidades, como Tercera Posición, que organizaba los “Pozos Culturales”, eventos con choripaneadas y shows en vivo de bandas locales que se realizaban los viernes, gratis en la UNSa, y donde circulaba el vino mezclado con jugo en sobre.

Por esos años también empezó a trabajar como encargado de Piscis, un video club que estaba al frente del Mercado Artesanal. Tony instaló un equipo de música en el local y el lugar funcionaba como punto de reunión de varios chicos de la zona oeste. “Trabajaba casi todos los días. Empecé a tener plata. Me bancaba la universidad yo solo, a mis viejos no les pedía ni una moneda para fotocopias. Me compraba pilchas, discos, CDs, me equipé más, me compré mi primera compactera. Cuando te das cuenta tenés más y se convierte en una adicción tener música y escuchar. Salíamos de joda en el auto y yo ponía los casetes. Mucha música”, cuenta.

En octubre del 97, después de algunos proyectos efímeros, Tony arrancó con La Balsa gracias al espacio que le ofreció un amigo en FM Cerebro, una radio que quedaba a la vuelta de la plaza 9 de Julio y no tenía teléfono para recibir mensajes de los oyentes.

“Yo daba el teléfono del chango que estaba a cargo de la radio, que vivía por El Tribuno. Lo veía dos días después del programa y nos traía dos hojas con pedidos, saludos. No lo podía creer. Fui como cuatro domingos, pero como a mi amigo no le pagaban me fui a la mierda”, cuenta.

Tony López en las primeras épocas de La Balsa.

Cerca del corazón

Al año siguiente, La Balsa volvió al aire, esta vez en la radio de la UNSa. Dos veces por semana, miércoles y viernes, primero, y miércoles y sábados, después. El espacio le sirvió a Tony para sentar sus bases ideológicas definitivas, como el eslogan del programa. “La Balsa era eso. Quería poner la música que yo escuchaba en mi casa. Los otros programas tenían la misma playlist casi todos. Yo iba por otro lado”, dice.

“Los primeros cuatro o cinco programas en la UNSa los hago con Sergio, un amigo del barrio que tenía cero radio, laburaba en un taller de heladeras, pero cada vez que se machaba ponía voz de locutor y salía bien. Entonces íbamos los dos”, cuenta Tony.

Sergio acompañó cuatro o cinco programas y abandonó. La radio no era lo suyo. Casi al mismo tiempo, Tony formó el equipo que lo acompañó las primeras temporadas. Incorporó a Diego Maita, un estudiante de la UNSa al que conocía como cliente del video club, y a Hugo Leyes, un oyente que llamaba siempre.

“Había pedidos, sacaba un parlantito afuera de la radio y algunos pibes se quedaban a escuchar el programa ahí. Se sentaban, se llevaban una birra y se quedaban a escuchar el programa. Era re loco. Nosotros los mandábamos a comprar birra y salían con la bici. No controlaba nadie, era un desierto la UNSa en ese tiempo”, dice Tony.

La Balsa se volvió un pequeño furor en la UNSa. Tony copó todos los estudios de la radio. Llevó bandas a tocar en vivo. Santuario, Perro Ciego, Anguila Macabra, Los Kuervos y otros grupos locales pasaron por allí. Los adolescentes de Ciudad del Milagro, de Castañares y de otros barrios de la Zona Norte empezaron a visitar la radio. Eso trajo los primeros problemas con las autoridades. “Empezaron con el tema de que los chicos no pueden venir, que no se puede tomar acá. ¡Cuando todos escabiaban en la radio! Yo llevaba amigos y hablaban como habla la gente común, pero me decían ‘ay la gente que llevás no sabe pronunciar una ese’”, cuenta Tony. El programa se fue de la UNSa a mediados de los 2000, cuando a Tony ya no le permitían ni usar las computadoras de la radio para editar un separador.

Desde que comenzó, La Balsa pasó por varias radios: la FM de la UNSa, FM Noticias, Cadena Latina, FM La Plaza. En todas, Tony tuvo problemas por su manera de entender la radio, de hacerla. La concibe como una tertulia colectiva donde cualquiera que le caiga bien está habilitado a salir al aire. Amigos, vecinos y oyentes se mezclaron siempre con invitados y columnistas. Siempre con una cerveza para matizar la velada. O dos. O tres. O cuatro. O cinco. Cada programa, para Tony, es una reunión que se parece mucho a un bar muy bien musicalizado donde lo principal es el disfrute, transmitir una energía que no tiene nada que ver con informar.

La Balsa siempre le dio espacio al rock local.

“La energía esa me alimenta. La verdad que es así. Siento la vibra, me potencio un poco más. He hecho programas solo, muchísimos, pero no siento que salgan tan plenos como cuando caen amigos a visitarme y están ahí, haciendo el aguante. Para mí es fundamental, fundamental, que caigan amigotes a hacer el aguante y poner canciones, salir y charlar un rato, hacer un brindis y volver de nuevo al aire. Es muy importante para mí eso”, dice.

– ¿Para vos el programa sale mejor así?
– No sé, creería que sí, pero yo me siento mucho mejor, ¿entendés? Me siento mucho más liberado, de alguna manera. A ver, La Balsa tiene 2200 y algo de programas. Quinientos los debo haber hecho solo, solo. Y no hay problema en ese sentido, pero le falta eso. Entonces, cuando hay gente, hay invitados, es como que yo me retroalimento de eso, ¿viste? Y para mí es fundamental.
– Pero te trae quilombos en las radios. ¿Eso no te genera una duda interna de si está bueno o no?
– (Silencio) Y… Cuando me tuve que adecuar, me adecué un tiempo. Pero no… Puede ser, qué sé yo… Pero lo concibo así, básicamente. Cuando estaba en Noticias también era «nada de amigos». Pero tenía un equipo de tres, cuatro personas, entonces podíamos pasar y nos sentábamos en la cocina, que te quedaba ahí a metros del estudio, poníamos dos canciones y después volvíamos. Pero era diferente. A mí, lo que pasa, es que si me dejas solo, no… Es como que me cuesta, ¿entendés? Lo hago, pero me cuesta. Pero bueno, sí, muchos roces vienen por eso también, obviamente. Pasa que yo no puedo prohibirle a un afecto que vaya a la radio. No me sale eso.

Tony cuenta que tras anunciar su despedida del aire, en agosto, recibió muchísimos mensajes de apoyo y propuestas para ir a otras radios o hacer transmisiones online. Eso lo entusiasmó y, dice, lo sorprendió. “No había tomado dimensión del llegue que tenía el programa. Eso fue bastante revelador. Por primera vez me paré y dije mierda, algo hice”.

Tony pasó tanto tiempo al frente de La Balsa que ya nadie lo puede colocar en otro lado, pero, en realidad, hizo mucho más: escribió Estabas ahí, la biografía de Perro Ciego. Hace años que anuncia Remando en la arena, su segundo libro, que todavía no termina, sobre el rock salteño de los 80. Produjo shows en vivo, hizo televisión, escribió para El Tribuno y Rock Salta. Pero, de alguna manera, se lo asocia siempre con la radio, con el micrófono adelante, la consola al frente y el monitor al costado, programando canciones y discos que, como hace 25 años, son difíciles de escuchar en otra radio de Salta.