El álbum de la banda británica fue una respuesta al conflicto bélico. Un trabajo rabioso y pacifista en medio de una guerra interna entre los integrantes del grupo. Escuchalo acá.

«¿Fuiste vos? ¿Fui yo? ¿Vi mucha televisión?», se preguntaba Roger Waters, con mucha culpa infantil, en «The Post War Dream», la primera canción de The Final Cut (El corte final), el disco que Pink Floyd publicó en 1983 en respuesta a la Guerra de Malvinas.

La banda, por entonces liderada por el bajista y cantante Roger Waters, venía del éxito mundial de The Wall, de 1979, que los había posicionado aún más arriba en el mapa del rock con hits, buenas críticas y una gira breve pero impresionante en la que se había construido una pared real que dividía a la audiencia de los músicos. En ese álbum doble, Waters exploraba algunas de sus obsesiones. La guerra era una de ellas. En las primeras canciones del disco recordaba a su padre, Eric Fletcher Waters, muerto en la Batalla de Anzio, durante la Segunda Guerra Mundial. Cantaba sobre la ausencia, sobre la infancia sin una figura paterna y reflexionaba sobre los alcances de la guerra para los hombres comunes, aquellos que sólo eran utilizados por los gobiernos en el frente de batalla.

Cuando estalló la Guerra de Malvinas, en 1982, Waters se sintió decepcionado por el gobierno inglés, liderado entonces por Margaret Thatcher. «¿Qué hicimos, Maggie? ¿Qué pasó con el sueño de la posguerra?», cantaba. La idea de una europa pacífica se perdía con el conflicto bélico en el sur del mundo. Waters no pudo soportarlo. Sintió que su país estaba faltando el respeto de todos los veteranos y caídos ingleses, especialmente de su padre.

La formación clásica de Pink Floyd: el tecladista Rick Wright (que no participó de The Final Cut), Roger Waters, el baterista Nick Mason y el guitarrista David Gilmour, circa 1973.

Entonces, The Final Cut es prácticamente un disco solista de Waters, que se ocupó de casi todo durante los meses que llevó grabarlo, algo que generó resquemores en la banda. Un álbum oscuro y triste, con un poco de ironía y mucha bronca escupida contra algo que parece no tener cura: la mano de los poderosos contra los más débiles.

En trece canciones, Waters parodió a Thatcher y a Lepoldo Fortunato Galtieri, se puso en el papel de un veterano y habló sobre la depresión, la soledad y las frustraciones. Todo por «un desierto» a miles de kilómetros de Inglaterra.

El disco fue el último álbum de estudio que tuvo a Waters como miembro de Pink Floyd. La relación con sus compañeros, David Gilmour (guitarra) y Nick Mason (batería), era cada vez más insostenible. Especialmente con el guitarrista, con quien chocaba constantemente y pujaba internamente por el liderazgo. The Final Cut, al igual que The Wall, se realizó en un clima insoportable. Sin embargo, el resultado fue memorable. Se trata de uno de los discos ineludibles a la hora de hablar de Malvinas y las guerras en general.