Sergio Massa – Gustavo Sáenz | Genealogía de un vínculo fuerte

Muchos explican la relación del nuevo superministro y el gobernador salteño a partir de la amistad. Pero se sabe que lo único permanente son los intereses de dos figuras que cada vez que coincidieron se capitalizaron políticamente. (Daniel Avalos)

Decía Juan Domingo Perón que en política los amigos o enemigos son transitorios y lo único permanente son los intereses. El axioma tiene una virtud metodológica para analizar el hecho político del que todos hablan: la asunción de Sergio Massa como superministro nacional y los impactos que pueda tener en Salta a la luz del fuerte vínculo con Gustavo Sáenz. Aclaremos rápido lo siguiente: el axioma no excluye de las relaciones políticas la variable afectiva que siempre supone que los desacuerdos no amenazan el lazo amistoso. Menos en un gobernador que –coinciden varios– le otorga importancia a tal dimensión y por ello mismo tiene fama de muy amable con los leales y de ser duro con aquellos a los que tiene cruzados. Dicho esto, insistamos con que el axioma de Perón otorga centralidad al andar común de actores que aun teniendo fines estratégicos distintos, acumulan capital político mientras caminan juntos.

Esa es la trama que caracteriza los puntos de encuentros entre Sergio Massa y Gustavo Sáenz en los últimos ocho años. Para confirmarlo remontémonos a un año bisagra para el salteño: 2015. Venía de estar dos años en el llano tras perder en 2013 su banca como senador capitalino ante una casi desconocida figura del Partido Obrero, fuerza que por circunstancias que aquí no recordaremos se anotó aquella vez un triunfo impresionante en la ciudad. Varios vaticinaron entonces la muerte política de un Sáenz que tenía en los comicios del 2015 la posibilidad de resucitar. No era fácil. Debía batirse a todo o nada por la candidatura a intendente con un Guillermo Durand Cornejo que podía presumir de buenas performances electorales y era decididamente el candidato de un romerismo potente que tenía, además, al mismísimo Juan Carlos Romero lanzado a la gobernación.

Gustavo Sáenz también tenía sus cosas. La lealtad de armadores como Nicolás Demitropolus y Pablo Outes y sus casi 60 mil votos del 2013 que efectivamente era suyos. La carpa política salteña lo sabía bien. Conocía las internas furiosas que anidaban en el Justicialismo de entonces, la nula simpatía del gobernador Urtubey por Sáenz y la estrategia “U” de a descabezar figuras emergentes que no juraran lealtad al jefe. Sáenz era una de esas figuras y por ello no sorprendió que en 2013 parte del aparato estatal no moviera un dedo para sumarle votos mientras otra parte de ese aparato desvió sufragios a la candidata trotskista que en las PASO había cosechado buenos números y en las generales terminó imponiéndose. Conclusión: los casi 60 mil votos que Sáenz cosechó en aquella derrota eran efectivamente suyos.

Esos votos y ciertas lealtades permanentes no resultaban poca cosa, pero estaban lejos de ser suficientes. Allí sumó su aporte una figura palaciega importante: Ángel Torres, el histórico operador político de Juan Carlos Romero que en octubre de 2014 había sido desplazado del comando de campaña “Romero gobernador” por lo que él denominaba el ala macrista del romerismo. Sea por despecho con el entorno de su jefe e indudablemente por la antipatía que le generaba Durand Cornejo, Torres se encargó de difundir ante periodistas –incluido quien escribe- que colaboraría con la precandidatura de Gustavo Sáenz. Años después, en otra entrevista que le realizara para mi libro “Ángel Torres-Juampi Rodríguez: El Oficio del operador político en Salta”, aseguraba que, ya instalado en Buenos Aires a fines del 2014, reclamó y consiguió apoyo económico y político para Sáenz ante un Sergio Massa con el que había trabajado y que en unos meses iba a disputar la presidencia.

El saenzismo ni confirma ni desmiente tal versión, pero lo cierto es que Massa explicitó el apoyo a Sáenz, que terminó imponiéndose (por 2 puntos) en las internas de abril del 2015 al favorito Durand Cornejo. Un mes después, en las generales, volvió a ganar: derrotó por 8 puntos a Javier David, el candidato de Urtubey. Así, Sáenz y Massa cumplieron sus objetivos del momento: el primero no sólo resucitó, sino que se convirtió en astro con luz propia en el firmamento político salteño; el segundo consolidó su rol de presidenciable celebrando que un candidato propio se impusiera al de Macri (Durand Cornejo) y al de Scioli (Javier David). Ni siquiera hacía falta que él lo presumiera. De ello se encargaron importantes medios nacionales, como Todo Noticias que el 17 de mayo del 2015 tituló: “El candidato de Massa se impuso en la capital salteña” (https://tn.com.ar/politica/el-candidato-de-massa-se-impuso-en-la-capital-saltena_591294/).

Un mes después la relación se consolidaría aún más. El 20 de junio de 2015 cerraba el plazo para la inscripción de las fórmulas presidenciales que competirían en las PASO de agosto. Hay quienes aseguran que la elección de Sáenz como compañero de Massa se dio porque era lo que había a mano. Es una teoría verosímil que nadie admitió. No importó. Los resultados mostraron que en esas elecciones la famosa “ancha avenida del medio” que Massa buscaban representar fue la más voluminosa hasta la fecha: 21% del electorado a nivel nacional. En Salta, el porcentaje fue aún mayor: en las PASO de agosto cosecharon 171.946 votos que representaron el 28% del electorado. En octubre subieron a 236.130 sufragios, que estiró el porcentaje a 34,07% del electorado provincial.

Uno y otro volvieron a capitalizarse políticamente. Sáenz demostró en 2015 que su imagen atravesaba electoralmente al 100% de la capital salteña; sus 116.000 votos de mayo en la ciudad lo ponían por encima del propio Urtubey, que en la misma elección y como candidato a gobernador, cosechó 3.000 votos menos. Los 116.000 votos capitalinos fueron claves para que la fórmula encabezada por Massa alcanzara 130.531 sufragios (41,29%) en la ciudad. El salteño candidato a vicepresidente se mostró sólido en las muchas intervenciones periodísticas que protagonizó en medios nacionales; tuvo roce con la alta política nacional; renovó agenda de contactos que siempre ayudan a abrir las puertas convenientes; y tuvo una exposición mediática y de cartelería que le permitió en cuatro meses conseguir lo que el entones intendente Miguel Isa no había logrado en doce años de gestión: instalar su figura en cada rincón de la provincia sin desembolsar un peso. Sáenz se convirtió así en la figura capaz de sintetizar las aspiraciones de quienes pedían una alternativa al urtubeicismo imperante de entonces.

Sergio Massa también capitalizó. No se convirtió en presidente pero difícilmente haya lanzado su candidatura creyendo que llegaría a serlo ante un kirchnerismo potente que controlaba el Estado nacional y un macrismo que gobernada CABA, había sellado un pacto con la UCR y contaba con el apoyo decidido de los poderes fácticos del país. No obstante, Sergio Massa se quedó con un 21% de los votos, sumó legisladores en Nación y provincia de Buenos Aires y consolidó el “massismo”. Acá las palabras cobran importancia. Cuando hablamos de “massismo”, hablamos de un Sergio Massa que fue capaz de conformar un bloque de legisladores, funcionarios, dirigentes, cuadros técnicos y militantes que trabajan y piden votos en su nombre por considerarlo capaz de dirigir una empresa hacia los objetivos estipulados.

El presente político de Sergio Massa no se explica sin ese “massismo” consolidado en el 2015. Un sector que fue clave para el macrismo en sus primeros dos años de gobierno y que explica por qué Cristina Fernández prefirió olvidar viejas ofensas para incorporarlo en la coalición que derroto a Macri en 2019. Otra vez las palabras de Perón vuelven a escena: en política, los amigos y enemigos son transitorios, lo único permanente son los intereses. Si eso explica las excelentes relaciones entre Massa y Sáenz durante los últimos años, no dudemos en resaltar que el futuro estará regido por el mismo axioma. Seguramente desearán seguir encontrándose para caminar de la mano algunos tramos, pero ello dependerá de la no colisión de intereses de dos personas con estrategias distintas. Todo indica que es posible, pero adentrarse en ello ya es materia de otra columna. Lo seguro es que Massa no obstaculizara el provincialismo con el que el gobernador busca ser reelegido, y que Sáenz tampoco será un problema para la enorme vocación de candidato presidencial del tigrense.