La pandemia obliga a cubrir el rostro de hombres y mujeres, aunque hubo épocas en que la práctica se reservaba a las mujeres. Fue el caso de las “tapadas limeñas” que también fueron pinceladas por la literatura salteña. (Raquel Espinosa)

En la nota anterior hemos compartido algunas consideraciones sobre prendas o accesorios que, en estos tiempos de pandemia, funcionan como protectores del rostro y, al mismo tiempo, para ocultarlo en forma total o parcial, como sucede con los barbijos o barbiquejos empleados actualmente. Estos elementos sólo dejan la parte superior descubierta y, como consecuencia, son los ojos los que se destacan.

Los ojos han sido objeto de tratados de distinta índole y leitmotiv en la literatura de todos los tiempos. Valgan como ejemplo los refranes y los dichos populares de los que citaré sólo algunos casos: “Abrojos, abren ojos”, “Cría cuervos y te sacarán los ojos”, “Cuatro ojos ven más que dos”, “El ojo del amo engorda el ganado”, “Ojo por ojo, diente por diente”, “Cuatro ojos ven más que dos”, “Ojos que no ven, corazón que no siente”, etc.

Sabido es que los refranes son expresiones populares y anónimas, cuya finalidad principal es transmitir una enseñanza o mensaje estimulando la reflexión en quienes los leen o escuchan.  Se caracterizan por estar estructurados en versos y rima. Según los especialistas en estos tipos de textos, existen desde hace mucho y se recopilaron en la cultura de Medio Oriente, en la literatura grecolatina y en la Biblia, por citar sólo algunos casos. Han traspasado todos los tiempos y espacios sociales y siguen vigentes. Esto parece suceder en la época que vivimos donde hombres y mujeres de todas las edades estamos obligados o invitados –según las circunstancias- a usar mascarillas y ocultar parte de nuestro rostro, en especial la boca, y entonces pasa lo que dice el refrán: “Cuando los labios callan, los ojos hablan”.

En las sociedades actuales de la mayor parte del planeta una epidemia nos obliga a cubrirnos el rostro tanto a hombres como a mujeres, pero en otras épocas esta costumbre estaba reservada sólo para el sexo femenino como una imposición en algunos casos y como una elección en otros.  En el segundo grupo, el de las que se tapaban el rostro como una opción, merecen citarse las famosas tapadas limeñas.

¿Quiénes eran estas singulares mujeres?

Las tapadas eran las mujeres vestidas de falda larga (saya) y con un mantón (manto) que les cubría toda la cara dejando sólo un ojo al descubierto. También fueron conocidas como “las enfundadas”. El atuendo característico de las tapadas connotaba insinuación, coquetería, prohibición y juego de seducción.

Las mujeres se tapaban para salir al ámbito público y no ser identificadas cuando se reunían con otras mujeres para conversar o compartir chismes, para encuentros clandestinos, para hacer algunas donaciones, para realizar gestiones, para participar de la vida política, etc. Tapadas por completo. pero con un ojo descubierto para ver tranquilamente por dónde caminaban y hacia dónde se dirigían. También para ver quiénes las miraban y qué había o sucedía fuera de su ámbito privado.

En el siglo XIX fueron pintadas por Rugendas y Pancho Fierro y llevadas a escena por Manuel Ascencio Segura, en su obra satírica La saya y el manto. También la escritora Flora Tristán las inmortalizó en Peregrinaciones de una paria. En España, de donde se cree que heredaron esta tradición, se hablaba de “las cobijadas” y un ejemplo de su presencia en la península es la estatua de una cobijada en Vejer de la Frontera, en Cádiz, se trata del Monumento a la mujer “cobija”.

En sus relatos, numerosos viajeros, como Tadeo Haënke, hablan inevitablemente de ellas. Lo hace Sarmiento en sus Discursos Populares y también Juan Bautista Alberdi en Peregrinaciones de Luz del día.

En el ámbito de la literatura salteña Juana Manuela Gorriti, conocedora -e integrante- de la historia y la cultura peruanas en las cuales participó activamente, supo recrearlas en sus obras de ficción. Así, por ejemplo, muchas de las protagonistas de sus relatos son tapadas, a las que ella denomina “encubiertas”. Podemos mencionar “El pozo de Yocci” una de las obras más paradigmáticas de la genial escritora salteña, cuya protagonista aparece en una escena disfrazada de tapada o encubierta para cumplir con una secreta e importante misión.

Además de Juana Manuela otros escritores se refirieron a estas famosas mujeres. Tal el caso del escritor e historiador Bernardo Frías, según el cual Lima constituía la envidia de las mujeres salteñas que soñaban con el valle del Rímac y la sociedad en él establecida que ostentaba riquezas, aristocracia, placeres y esplendores. También las limeñas eran envidiadas: “Las limeñas, sin embargo, eran sus rivales; y si algo odiaban y maldecían desde las quinientas leguas de distancia que las separaban, eran sus ojos negros y seductores como el dos de oros, esos talles gentiles, esas figuras finas, delicadas, flexibles, y esas lenguas parleras con que cautivaban, retenían por meses, por años y perdían también a los jóvenes, sus prometidos, a los hombres, sus esposos, y aún a sus padres… ¡Oh! ¡Aquellas temerosas tapadas!…”

¿Cuál sería en verdad el alcance de lo enunciado por el autor de las Tradiciones Salteñas? ¿No habría mujeres en Salta capaz de competir con las peruanas? Las salteñas de esos tiempos ya remotos ¿no se habrán atrevido a la usanza limeña? En esta ciudad de Lerma, seguramente muchas mujeres debieron movilizar a los hombres tan solo con una mirada pues, como dice otro refrán: “Allá los ojos se van, donde los amores están”.

La literatura y la historia una vez más nos ilustran sobre los sucesos del pasado y sus protagonistas y nos permiten aprender un poquito más. Tal como reza un viejo refrán: “Nunca te acostarás sin saber una cosa más”.