Salta, la ciudad | Dos visiones de la ciudad en la década de 1960 a 1970

Izquierda: Los Chalchaleros (1960). Derecha: Palito Ortega en "El club del clan".

La autora analiza en esta cuarta entrega cómo sobre la ciudad colonial de los 40 emerge en los 60 otra donde el progreso y las modernas técnicas desplazan los esplendores de un tiempo que se va. Las nostalgias de algunos y celebraciones de otros. (Raquel Espinosa)

La Salta colonial a la que me referí en artículos anteriores ha sido analizada en relación a las viejas casonas de estilo colonial o neocolonial que poco a poco fueron demolidas por seguridad o por imposición de nuevas modas o ideologías. Los recuerdos de esas casonas o la pervivencia de algunas de ellas permitieron a muchos lectores de la ciudad expresar sus opiniones al respecto y dejarnos testimonios de otros tiempos. Lo que sucede en el ámbito de la arquitectura también se manifiesta en algunos objetos que permiten reflexionar nuevamente sobre el pasado.

En “Esplendores y cenizas de un tiempo ya sin retorno” del diario El Intransigente de 1968 son tres los elementos que se seleccionan para analizar: las piezas artísticas o “antigüedades”, las estatuas y los coches de plaza. Respecto de las primeras se dice de ellas que son “vestigios de la pompa de otros días”. Muebles, joyas o adornos antiguos son considerados como verdaderos tesoros que no tenían un valor meramente utilitario; eran, sobre todo, obras artísticas, “producto de una larga y madurada paciencia, de un trabajo efectuado con dedicación y cariño”. Tal como las viejas casonas se oponían a los modernos monobloques, en este caso, las antigüedades, de carácter artesanal, se oponen a los objetos fabricados en serie.

El progreso y las modernas técnicas aparecen para desplazar los esplendores de un tiempo que se va. El pasado dejó marcas positivas en esos objetos antiguos que están en extinción: belleza, ritmo, personalidad, pompa, suntuosidad, tesoros, arte. En contraste, el progreso trae notas negativas: automatización, “despersonalización”, negocios, utilitarismo, vulgaridad, siempre desde la perspectiva de quienes escriben los artículos periodísticos aquí analizados.

En cuanto a las estatuas se habla de aquellas que se encuentran en los parques y las plazas destinadas para adornar lugares públicos. Esculpidas en la piedra o forjadas en el bronce “tienen la vida imperecedera que les ha impreso el artista”. Simbolizan la lucha contra el tiempo porque fueron creadas con un propósito superior: “Estas obras de arte nacieron para producir en el alma y en la sensibilidad una emoción estética…”

El periodista de este artículo denuncia que en el caso de las antigüedades son buscadas en ese momento por coleccionistas y vendedores que sólo ven en ellas un preciado botín. Así, un simple lavatorio o un plato de porcelana antigua son presas codiciadas por “esos cazadores insaciables”. Mientras estos objetos tienen para algunos sólo el valor de las mercancías, las estatuas, también productos artísticos pero fuera del circuito de la producción del Mercado, han dejado de tener valor alguno. Están olvidadas, en sombra y silencio: “En nuestra plaza 9 de julio hay cuatro de esas pequeñas estatuas, pero hay gente que nunca ha reparado en su existencia. Injusto destino el de esas obras, que nacieron para ser contempladas y deben soportar la más absoluta indiferencia de los que pasan a su lado”.

Por último, los coches de plaza, víctimas del progreso y el avance de la técnica, también agonizan: “Los coches de plaza dormitan su lenta muerte en determinadas calles de la ciudad”. Tal como las viejas casonas, estos objetos son presentados como seres vivientes: nacen, viven y mueren. En su juventud y madurez fueron esplendorosos. Eran entonces hermosos y brillantes. Transportaban a jóvenes que iban a dar serenatas o llevaban, jubilosos, a los enamorados. En la vejez, sobreviven prestando algunos servicios de carga y paseando a ocasionales viajeros. Son parte de costumbres abandonadas y, como las estatuas, caen en la indiferencia y el olvido: “Como seres fantasmales los sentimos cruzar algunas veces, por la noche, marcando con su ruido el rumbo definitivo de la derrota”.

La nueva ciudad

Frente a la imagen de la Salta del ayer comienza a aparecer en el relato periodístico la imagen de otra ciudad dispuesta a desplazarla. “La gran ciudad” de El Tribuno del 14 de septiembre de 1968 da testimonio de esta realidad. Según las estadísticas a las que se recurre, Salta ha experimentado, en esos años, un notable crecimiento que la ubica en el quinto lugar del país después de Mar del Plata, Córdoba, Rosario y Bahía Blanca. El desarrollo trajo lógicas transformaciones: “…lo que ayer fue barrio, hoy es centro, y lo que ayer fue campo, hoy es barrio”.

Sin embargo, la ciudad tiene “sabor a pasado reciente”; eso provoca nostalgia en sus habitantes: “(Hay) quienes recuerdan, por ejemplo, momentos en que el estrépito del tranvía hacía vibrar paredes y despertar el temeroso comentario de alguna vieja que, horrorizada, no podía abstenerse de persignarse cuando se enfrentaba a uno de esos impresionantes vehículos”. De esos transportes, en 1968, sólo quedaban los últimos vestigios en el cruce de las calles San Martín e Ituzaingó.

Contrastando con ese pasado, aparece la nueva Salta y el periodista de El Tribuno no comparte la nostalgia de la Salta de antes que él sólo describe para resaltar todo lo positivo del presente que vive y del porvenir que se diseña. La nueva Salta según su percepción se caracteriza por el perfeccionamiento urbanístico y por ser “digno ejemplo de toda la república”. Salta tiene una meta: convertirse en “la gran ciudad” y el salteño, como parte y artífice de la misma debe sentirse orgulloso. Para eso el ciudadano debe estar preparado, conocer su ciudad y estar al servicio del turista.

Resulta interesante una lectura reflexiva del artículo “Apuntes para un manual de cicerone” de El Tribuno, del 26 de julio de 1968 en el que se afirma que este periódico, colabora con la campaña de promoción y cultura turística en la que todos los salteños están de alguna manera empeñados. Brinda en esta nota algunos elementos de información con los que las personas podrán contestar los requerimientos de los ocasionales visitantes. Y, a continuación,  se ofrece al lector un registro de lugares del centro de la ciudad, de sus alrededores y de localidades del interior que pueden ser de interés para los turistas. Todos ellos tienen valor histórico, lo que, voluntaria o involuntariamente, lleva a quien escribe a revalorizar el pasado. La diferencia radica en que ese tiempo ido ya no está relacionado con la nostalgia, sino con un fin productivo. Se explota lo que el pasado tiene de “vendible”. Reconvertido en términos económicos, renace y se ofrece a través de sus símbolos y lugares emblemáticos.

“La Salta de antes”, la ciudad colonial ya no es tal. Forma parte de un mundo ido, de un pasado que no se puede recuperar. De ella sólo queda una imagen, una representación convertida en mito. Pero también se construye el mito en relación con el presente y el  futuro: la imagen de la gran ciudad, aquella que se identifica con el progreso, la que sueña con ser una de las mejores del país. Ambos mitos conviven. A veces, se oponen; otras, se complementan. Los argumentos esgrimidos a favor de uno o de otro aparecen en el discurso periodístico de la década del ´60, mientras la ciudad sobre la que se habla sigue su lógico transcurrir. En los diarios de 1968 consultados se anuncia la licitación pública para la compra e instalación de semáforos en la capital de la provincia. En otros espacios, las carteleras de los cines dan cuenta de los estrenos de las películas: “El príncipe y el mendigo” con Guy Williams, “La orquídea negra” con Sofía Loren y Anthony Queen, “El regreso del pistolero” con Giuliano Gemma, “Rubias contra pelirrojas” con Elvis Presley, “La fuga de los generales” con Paul Newman, entre otros estrenos que no hacen más que difundir en la pantalla mitos extranjeros.

Los habitantes de esta ciudad, definitivamente escindida entre la tradición y el progreso, encuentran en los periódicos información sobre los ídolos del momento: Palito Ortega, Juan Ramón, Los Monkees, Violeta Rivas, Leo Dan… También se enteran de quiénes integran el cuadro de honor de las distintas escuelas de Salta y de las emisiones de “La campana del saber”, difundidas por LV9 Radio Güemes y dan a conocer hechos que interesan a la comunidad, como la construcción de la pileta de natación en el colegio Santa Rosa de Viterbo o la convención de hippies programada para realizarse en nuestra ciudad en el transcurso del año ´68.

Los mitos no han muerto aún. Alimentados por distintas ideologías y encuadrados en circunstancias cambiantes, siguen vigentes. Desentrañar sus esencias y los mecanismos que los regulan es una propuesta que el lector podría aceptar porque al decir de Roland Barthes: “los mitos no son otra cosa que una demanda incesante, infatigable, una exigencia insidiosa e inflexible de que todos los hombres se reconozcan en esa imagen eterna y sin embargo situada en el tiempo que se formó de ellos en un momento dado como  si debiera perdurar siempre”. Coincido con el punto de vista del semiólogo porque como lectores críticos debemos cuestionar constantemente los usos que los hombres hacen de las cosas, del lenguaje y de los hombres mismos.