Salta, la ciudad | Cuando el progreso se cobró la vida de los coches plaza

Coche de plaza en el Convento San Bernardo.

En esta tercera entrega sobre la ciudad de los 40´, la autora bucea en una época donde el tránsito lento y monótono que caracterizaba a la ciudad va dejando de existir arrastrando a la muerte a los coches plazas. (Raquel Espinosa)

La ciudad de Salta tenía, en 1942, según los datos proporcionados por los periódicos de la época, 70.000 habitantes. Agrego otros datos referentes al número de vehículos a rodado que en 1941 sacaron las patentes correspondientes en la Dirección de Control de la Municipalidad de la Capital, publicados en el diario El Intransigente en enero de 1942. Dicha estadística es la siguiente: “Automóviles particulares, 612; camiones particulares y de alquiler, 308; automóviles de alquiler, 90; furgones fúnebres, 3; carros con elásticos, 84; jardineras, 257; coches de plaza, 154; chatas de cuatro ruedas, 5; bicicletas, 3.500; carritos de mano, 93; triciclos, 54”.

Estos datos publicados con total objetividad contrastan, al mismo tiempo que se complementan, con una nota cuyo título invita a la reflexión y la polémica: “Con la amenaza que se cierne sobre la producción de automóviles ¿renacerá el prestigio del coche de plaza?”

La nota está encabezada por una fotografía cuyo epígrafe detalla que se trata de un auriga que está leyendo un diario, precisamente, El Intransigente. Éste alude al peligro de disminución notable en la producción de automóviles a causa de la guerra (segunda guerra mundial). Deja flotando en el aire, como oportuna estrategia discursiva, la siguiente pregunta que refuerza la intencionalidad expresada en el título: “¿Habrá llegado el momento de que renazca el apogeo de los coches?” A continuación el periodista se dedica a exponer ideas sobre los coches de plaza. Éstos adquieren, a través del texto, la categoría de símbolos. Símbolos con valores similares al de los balcones de los que hablamos en el anterior artículo, pues evocan un pasado idealizado.

De origen remoto, los coches de plaza, “la imagen de un mundo que se desdibuja en el fondo del tiempo”, evocan una época con ritmo lento y monótono: “El coche es la expresión más gráfica de la provincia que se va muriendo…de aquella provincia que se tuteaba con el campo…El coche viene de aquellos tiempos llenos de color y de fragancia. Por eso es pariente de los tejados manchados de musgo, de las rejas antiguas, donde aún se enredan flores y de las guitarras, cada vez más ausentes”.

El coche es, pues, sinónimo de naturaleza, tranquilidad y, también, romanticismo. La visión idílica que sobre él existe, unida al pasado como un paraíso perdido, se rompe al contrastarlo con el presente del periodista que muestra la otra cara de la realidad.

El coche, atado al caballo, lleva sobre el pescante a un hombre humilde del pueblo. Hombre que sufre, que lleva una vida de sacrificios y que debe competir duramente con los automóviles y los ómnibus. Sólo los niños lo idealizan porque creen que se gana la vida paseando. La nota devela datos interesantes: su mayor clientela está en los suburbios y en las cantinas. Está ligado a la pobreza y a la vida licenciosa. Arrinconado por el progreso, subsiste a duras penas: “Tal es por ahora la situación del cochero. Esperar una lluvia o un entierro. Pararse en las esquinas para dividir su esperanza en cuatro tajadas…”

Se muestran así dos realidades: cara y cruz de la misma moneda. Finalmente, el periodista retoma, más con ironía que con real convicción, las preguntas que abren la nota. ¿Habrá llegado el momento de que renazca el apogeo de los coches? La verdadera noticia se transmite en forma escueta y directa: “Ha comenzado a disminuir la importación de vehículos automotores, que se irá restringiendo cada vez más. La Unión ha puesto todas sus fábricas al servicio de la guerra…”

El final retoma los juicios de valor y se vaticina un futuro donde el automóvil será un objeto de lujo y donde el coche de plaza reconquistará su prestigio. ¿Marcha atrás en el progreso o vuelta a un pasado mejor? En realidad, el autor de la nota no defiende al cochero sino el automóvil. Revela datos oportunos que desmitifican ese pasado glorioso que está en la literatura y en el imaginario social. Presenta una ciudad escindida. Centro y periferia, atraso y progreso, bienestar y pobreza borran las imágenes ideales, románticas y presentan una mirada más realista y cruda. Veamos entonces algunos ejemplos referidos al centro y a la periferia de la ciudad de Lerma.

El centro de la ciudad es un lugar privilegiado. En la concepción tradicional de las ciudades de provincia y de los pueblos, el centro de la ciudad es donde se agrupa cierta cantidad de cafés, hoteles y comercios. Un lugar de encuentro donde los itinerarios individuales se cruzan y se mezclan, donde se intercambian palabras y se olvida por un instante la soledad según lo teoriza Marc Augé.

Es el punto de reunión de toda ciudad, punto de referencia y con valor simbólico. Lugar para ser exhibido y donde los individuos se exhiben a sí mismos. El centro recibe cuidados especiales y sobre él se centra la atención de la mayoría. Por esta razón está asociado, en el imaginario, con lo estético. Sin embargo, desde el centro mismo de la Salta de los años 40 surgen los contrastes y sobre él se enuncian las críticas. Así, en el diario opuesto al gobierno que aquí analizamos, el 8 de mayo de 1942, se publica un artículo sobre el problema de los sitios baldíos en la ciudad capital.

En los primeros párrafos se plantea la problemática de numerosos “sitios abiertos”, los baldíos, que contrastan con algunos edificios modernos, en pleno centro de la capital. Se mencionan los que existen en las avenidas Belgrano y Sarmiento, las dos principales avenidas de la época, que de esta manera adquieren un aspecto antiestético. Pero el caso particular que se analiza es el baldío de la Plaza 9 de Julio, que da sobre calle Zuviría.

Allí existió el Teatro Victoria, que luego fuera adquirido por la Compañía Cinematográfica del Norte con la promesa de construir en el lugar un soberbio edificio. A la demolición siguió el abandono, resguardando el baldío con un cerco de madera: “Y aquí viene lo sugestivo: los propietarios del baldío, han resuelto construir una tapia de poca altura, para cerrarlo. Como pretendiendo disimular el adefesio, lo han hecho de estilo ‘colonial’…”

Casos similares se denuncian en otras notas y en ellas se alude a la necesidad de utilizar esos baldíos para edificar nuevas viviendas que cumplan una real función social. Los baldíos y los edificios viejos son espacios ligados a las ruinas, al deterioro o la decadencia y constituyen en el imaginario motivos antiestéticos. Tal el caso también citado en el artículo del edificio del lazareto que se hallaba por aquella época en muy mal estado.

Si esto es observado en el centro de la ciudad, en la periferia los problemas se agravan. Se afirma que gran parte de la población salteña habita en condiciones lamentables. Hay zonas donde los habitantes se amontonan en viviendas malsanas, estrechas, inseguras. Proliferan construcciones deficientes y calles cubiertas de barriales. También se habla de “rancheríos”. Esto implica otras consecuencias; lo urbanístico trasciende lo social: “Saliendo del asfalto, la ciudad adquiere otra fisonomía, que contrasta con la arquitectura del núcleo central.  Para el observador, ello revela una palpable desigualdad…”

El periódico también deja constancia de otros casos lamentables: la subsistencia de los conventillos, la gran cantidad de perros sueltos que invaden las calles de la ciudad, el exceso de velocidad de los ómnibus en el radio urbano, el “pavoroso problema del agua”, etc. Así, a través de estos casos, se descubre el lado oscuro de la ciudad. Ésta deja de ser bella y, además, no es funcional. Nadie vive tranquilo ni seguro en ella.

Otra nota publicada con el título de “Escombros” en el diario La Provincia el 14 de agosto de 1942 sintetiza esta situación: “…tal como se encuentran la mayoría de sus calles, en las que, con la mayor desaprensión imaginable contratistas, constructores y albañiles acumulan escombros de las casas en construcción, más parece la nuestra una ciudad que ha sufrido un bombardeo que la Arcadia felicísima de que tan a justo título nos enorgullecemos”.

¿Cuál es la Salta verdadera? ¿La ciudad de los sueños y de las promesas? ¿La ciudad de los recuerdos? ¿Aquella de los románticos balcones y los paseos en coche? ¿La de las escandalosas imperfecciones o descuidos?

Linda y fea a la vez, la ciudad se muestra y se oculta según la ocasión. Parafraseando a Roland Barthes, digo que dominando todas las lecturas de diversas categorías de lectores, se elaboraría el lenguaje de la ciudad. Por eso es importante multiplicar esas lecturas de la ciudad que, en última instancia, siempre serán imprecisas, recusables e indomables.