Los primeros reclaman mano dura desde la comodidad del jugoso ingreso mensual; los segundos se exponen al contagio para garantizar productos y servicios a una población aterrada que incluye a quienes subsisten como pueden. (Daniel Avalos)

Entre las 6,30 y las 10 horas de cada día, un acuarentenado cualquiera puede escuchar el andar de esos héroes anónimos cuya característica central es la de parecerse – nada más y nada menos – a los miles de salteños que diariamente ejercen su oficio para dar respuesta a una necesidad vital: contar con un ingreso que les permita no morirse de hambre. Hablamos del recolector de residuos que corre por las calles vacías para garantizar la limpieza urbana; de la empleada de farmacia que día a día parte al local en el que pasa más de ocho horas diarias por una paga miserable cuya mitad es en blanco y la otra en negro; del trabajador informal que se las arreglará para proveer a las familias acuarentenadas de los productos de higiene doméstica y que al cabo de ocho o más horas contará con un jornal inferior a los $1000; o ese chofer de las ambulancias del SAMEC que, mientras traslada a pacientes sospechosos de haber contraído el virus, descubre que lo hace en compañía de un enfermero, porque muchos médicos encontraron la forma de evitar los móviles aduciendo su rol esencial en los centros de salud, o incluso certificando una licencia médica que lo obliga a dejar la trinchera.

Son algunas de las escenas de la vida salteña en tiempos de coronavirus. Las mismas vienen a confirmarnos que la heroicidad nunca depende de la tenencia de un título académico y que el heroísmo existe, aunque casi nunca es una condición que alguien sale a buscarla como va en búsqueda de un trabajo. “Es lo que nos toca”, le declaran a quien escribe casi todos los trabajadores esenciales consultados. Ninguno de ellos se siente un ser súper civilizado. Todos sospechan que los súper civilizados con cargos importantes los catalogan de primitivos. Pero allí están, asumiendo una responsabilidad que les cayó sobre sus cabezas y la cumplen con una hidalguía y un temor callado sin que medie cálculo alguno de proyección personal.

“¿Tenés miedo?”, le pregunto a un chófer de ambulancia telefónicamente. Reparo al instante que los segundos que tardó en responder los utilizó para reprimir sus ganas de explicitar lo pelotuda que es la pregunta. Sin embargo, él dejó pasar esos segundos para luego, con la paciencia y la didáctica propia de un maestro zen, explicarme que entre ellos hablan de la necesidad de convertir al miedo en aliado, que el miedo en vez de paralizarte debe ayudarte a extremar los cuidados para evitar “hacer cagadas” que afectaran al sospechoso de tener el virus, a ellos y a quienes lo rodean. Y uno lo escucha y dice “¡Caramba!”, estos sí que piensan en los otros; estos sí que practican eso que varios dicen: “Debemos cuidarnos entre todos”.

En el otro extremo debemos mirar a la clase política. Es lógico hacerlo: allí están los hombres y mujeres que, al someterse a la elección popular para acceder a importantes cargos, poseen la íntima convicción de contar con fuerzas especiales e intransferibles a terceros que le permitirán direccionar el todo hacia algo que ellos creen deseable. Entre ellos conviven quienes ahora no aparecen ni entre los vivos ni los muertos, otros que parecen sobreactuar y otros que, en vez de aportar a la organización en medio de la confusión se han vuelto parte de esta última. Los tres subgrupos comparten rasgos fundamentales: trabajo con título pomposo, sueldo abundante, beneficios que millones envidian y horarios elásticos.

De los borrados, solo podemos decir que la conducta es inclasificable en términos políticos. De los que sobreactúan, digamos que la desviación tiene sentido entre quienes se creen próceres en potencia. Van desde los ridículos casos de líderes que resultaron patanes, como Donald Trump o Jair Bolsonaro, a funcionarios locales que buscan emular a un Alberto Fernández que, para gusto de “K” y anti “K”, devino en gobernante digno de confianza por una combinación de factores: aparece como alguien inusualmente informado; para compartir lo que sabe se aleja de las elucubraciones complicadas para ir a los aspectos fundamentales; con esa fórmula explicitó claramente su estrategia: bajar la curva de contagios para evitar el colapso del sistema sanitario; para logarlo, aseguró que el país necesita desplegar una enorme esfuerzo de desmovilización que garantice un aislamiento. El resultado de esa combinación lo convirtió en la voz que millones esperan escuchar para tranquilizarse un poco y para saber cómo deben comportarse, aun cuando haya sectores que violan la cuarentena.

Cuando alguien quiere emular la conducta forzando gestos, deviene en un simulacro de comandante, en alguien que exagera cosas cuando hacer lo justo es lo recomendable y que en esta crisis supone, por ejemplo, convertirse en correa de transmisión entre lo que dicta la cúpula y la población. Una tarea enorme para el logro de los objetivos estratégicos que revelan además la enorme generosidad de quien la lleva adelante. Los ejemplos en contrario sobran y son muchos e imposibles de analizarlos a todos. No vamos daremos aquí nombres y apellidos. En tiempos como los que corren alcanza con problematizar situaciones como la protagonizada ayer por un importante diputado que al constatar el enojo del Presidente con los que colapsaron los controles vehiculares en Buenos Aires, interpretó que era el momento adecuado para recordar que el gobernador salteño le pidió a Fernández sacar el Ejército y que “todos le pedimos que lo haga”.

Quien escribe sólo sabe una cosa: no soy parte del “todos” del que el diputado se proclama vocero. También sé que hoy conviene escuchar al que se presenta como voz autorizada en la nación y no a quien hace años siente una intensa satisfacción cuando llama la atención con un posteo en las redes sociales. Satisfacción que supone algunos riesgos. Y es que así como los cibernautas no siempre evalúan fríamente los peligros que asumen al sacarse una foto para subirla a Facebook para obtener miles de “Me Gusta”, hay funcionarios que no siempre evalúan con rigor los “análisis y las evaluaciones” que postear y que casi siempre están guiadas por objetivos políticamente mezquinos: encumbrar al jefe político y conseguir un lugar propio en la carpa política del oficialismo.

Posemos la mirada ahora en quienes, sin ser políticamente mezquinos, aportan a la confusión. El ejemplo a mano ocurrió el 17 de marzo pasado cuando se conoció el primer caso de coronavirus en Salta. Fue entonces cuando un Secretario de Estado escrachó en tiempo real el apellido y la fotografía del paciente en sus redes sociales. Violó así las leyes que regulan la difusión de ese tipo de datos. El funcionario bien pago eliminó el posteo ensayando un pedido de disculpas tibio, pero de disculpas al fin. La cordura duró solo un par de horas. Seguramente habrá descubierto que la violación a la norma era celebrada en las redes sociales y entonces desenfundó nuevamente el teclado para presentar su irresponsabilidad como un arrojo heroico en pos de la población. “Mi posición en principio y ante versiones cruzadas, fue advertir a todas las personas que estuvieron en contacto, para que se informen a través del 911 y eviten seguir contagiando a más salteños. Y lo voy a volver a hacer, estoy convencido que con la información nos vamos a cuidar entre todos”.

La conducta vino a confirmarnos que la ignorancia también es una postura activa que consiste en negarse a adquirir saberes. Y es que entre la eliminación del posteo escrachador y el otro -en donde alardeó que volvería a hacerlo- pasaron dos horas, tiempo suficiente como para recurrir al dios omnipresente Google que, en cuestión de segundos, le habría informado que la Agencia de Acceso a la Información Pública (AAIP) comunicó que tratamientos de este tipo deben realizarse de acuerdo a la Ley 25.326 de Protección de Datos Personales y cuyos aspectos fundamentales impugnaban lo que hizo el funcionario. Entre otras cosas, porque leyes de ese tipo buscan sintetizar décadas y hasta siglos de experiencia en el manejo de crisis donde, además de controlar a los infectados, hay que organizar a la gente que teme infectarse. Gente que al ver trastocada su existencia cotidiana de manera radical, se malhumora e irrita contra la “peste” y la personalización de la misma: los “empestados” y el entorno inmediato, que a veces prefiere desoír la voz de la ciencia en nombre del amor, o simplemente por miedo a no saber cómo mierda termina todo esto.

Los gobiernos y los funcionarios no pueden, en definitiva, aportar al deseo colectivo de querer tomar por asalto a los enfermos o sospechosos de serlo. Y que no se diga que quien escribe presume de una racionalidad jurídica a prueba de miedos evidentes. Quien escribe es uno más de esta ciudad y como ella se siente más silencioso, más abatido y hasta más fóbico. La razón es obvia: nos acecha el fantasma de la fiebre, los dolores del cuerpo y la muerte, pero también la posibilidad de que el paciente reciba el trato de delincuente o de pecador más que de enfermo. Contribuir a ello convierte a quienes deben comandar esta crisis en seres desespiritualizados, a diferencia de esos héroes anónimos que día a día se enfrentan cara a cara con la peste con el objetivo de acondicionar el terreno que permita combatirla. Los políticos deberían ponerse a la altura de esos hombres y mujeres que, como muchos, saben que hay una parte sana en esa política, gente que trabaja en pos de soluciones colectivas, que comprende y sufre con el otro; aunque a todos nos quede la desoladora sensación de que esas personas magníficas carecen aún de la fuerza para arrebatarle el control a los charlatanes que con la crisis dejan ver su peor rostro.