Salta de cumpleaños | Cuando la ciudad fue escenario de la lucha entre la tradición y la modernidad 

(1940) Plaza 9 de Julio.

Reproducimos los escritos que la escritora Raquel Espinosa produjo para este medio sobre la historia de la ciudad entre las décadas del ´40 y ´70 del siglo XX. Entre la ciudad que dejó de ser y la que pretendió ser.

La ciudad de los 40 que ya no es

Michel de Certeau dice que “los lugares son historias fragmentadas y replegadas, pasados robados a la legibilidad por el prójimo, tiempos amontonados que pueden replegarse pero que están allí más bien como relatos a la espera”. Creo que realmente esto es así y que hay lugares de los que no podemos dejar de hablar porque forman parte de nuestra existencia. Tal el caso de la ciudad en la que vivimos. Por esta razón trataremos de desplegar algunos de esos tiempos y de realizar ciertas lecturas posibles sobre Salta. Ahora bien, hablar de Salta nos exige conceptuar la idea de ciudad y señalar cómo se la construye a través de la historia.

El diccionario define al vocablo “ciudad” como “población grande”. Del latín civitatem, remite a un núcleo urbano de población generalmente densa. Representa lo urbano en oposición a lo rural. En forma más integral, se habla de ciudad como una unidad política constituida por una población y su territorio circundante.

No puede, sin embargo, circunscribirse la ciudad al espacio físico en el que habita un grupo de personas o al conjunto de sus habitantes. Los límites de la ciudad desbordan lo meramente físico para convertirse en signo cultural. En este sentido la ciudad es una compleja red simbólica en permanente construcción y expansión. Nunca acabada. Una y múltiple a la vez. El espacio en que se erige y la arquitectura que la sustenta actúan como esqueletos sobre los cuales se van encarnando los símbolos que sobre ella construyen sus moradores.

Como todo lugar, la ciudad puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico; por eso cambia y también cambian las representaciones que sobre ella elaboran sus habitantes o los que la visitan. Así, la ciudad es un espacio –real y simbólico- de miradas que confluyen coincidiendo, a veces, y oponiéndose, complementándose o superponiéndose, otras tantas.

Salta, al igual que otras urbes, tiene un origen y una historia que puede reconstruirse a través de documentos históricos y de textos de carácter testimonial como los periodísticos. En diarios como El Intransigente y La Provincia podemos atisbar una Salta que ya se fue, la de la década de 1940 a 1950, a través de algunos ejemplos como los que a continuación veremos.

El 27 de junio de 1942, Eduardo Gallardo Arteaga, Cónsul de Chile en Salta, publica en El Intransigente, una nota titulada “Ciudades del norte argentino”. Al referirse a Salta enuncia una frase donde predomina la objetividad: “Salta, ciudad fundada por el Licenciado Hernando de Lerma el 16 de abril de 1582. Se encuentra a unos 1.600 km. de Buenos Aires y a 1.100 metros sobre el nivel del mar; está ubicada al pie del cerro San Bernardo, en el hermoso y amplio valle de Lerma”. La subjetividad, sin embargo, está presente ostensiblemente en los adjetivos “hermoso” y “amplio”. Quien así describe la ciudad fue residente en Salta desde muchos años atrás y, en el momento de la publicación, debe volver a su país natal.

En la nota el cónsul agrega otros datos sobre la ciudad. Dice que en sus construcciones se conserva aún mucho del estilo colonial, siendo considerada como una de las ciudades más típicas del país, que en esos años la población era de 70.000 habitantes y las calles eran asfaltadas y hormigonadas. El resto del artículo abunda en lugares comunes que hablan del benigno clima y de la religiosidad del pueblo. La ciudad es caracterizada como “tierra de paz”, “cuna de hechos históricos” y “uno de los rincones más hermosos, agradables y pintorescos con que cuenta la República Argentina”.

Eduardo Gallardo Arteaga menciona y describe plazas, monumentos y edificios públicos para luego vaticinar que la provincia toda tiene un gran porvenir. Finalmente asegura que cuando regrese a su patria sentirá añoranza por esta ciudad a la que ha calificado de “culta y simpática” y también “apacible y señorial”. La visión idealizada del que escribe no admite fisuras por donde atisbar otros aspectos menos positivos de la ciudad. Se proyecta un futuro promisorio en base al presente vivido y a un pasado que vive y persiste en Salta con caracteres cercanos al mito.

En relación con el tema tomaré otro ejemplo que complementa al anterior. El 25 de enero de 1942 el diario La Provincia, órgano oficial del Partido Demócrata Nacional, publica como noticia la adjudicación de premios a los mejores edificios en el estilo colonial en base a las solicitudes presentadas ante la Comisión de Urbanismo, integrada entre otros por el Intendente Sr. Ceferino Velarde. La comisión adjudicó los premios de la ordenanza sobre fomento edilicio en estilo colonial; entre ellos pueden citarse los siguientes: Año 1939: 1er Premio: (Exoneración de impuesto por doce años y medalla de oro) a la propiedad de la Sra. Ana María Fleming de López, calle Sgo. Del Estero, entre Zuviría y Deán Funes. Año 1940: 1er Premio a la propiedad de la Sra. Emilia A. de Royo, Leguizamón y Balcarce.

El 5 de abril del mismo año, La Provincia publica otro artículo del que extraemos el siguiente párrafo: “Se ha afirmado y nadie puede ponerlo en duda, que Salta, la más hispana de las ciudades del país, es la que conserva en mayor grado la tradición colonial, pero también es cierto que mientras nos complacemos por tales títulos, ocurre que la ciudad va perdiendo en forma alarmante sus características propias”. Para demostrar lo afirmado se citan gran cantidad de edificios de estilo moderno que en pleno centro de la ciudad, y a pesar del empeño oficial, se están levantando en la época. Así, los edificios coloniales iban desapareciendo ante “un mal entendido progreso” que respondía, según estos lectores de la ciudad, a simples intereses económicos.

Muchas notas como las citadas abundan en diarios de la época con marcadas coincidencias, ciertas ideas recurrentes que tienden a rescatar un pasado, el pasado colonial. Es un pasado usado y abusado como elemento fundamental en la representación que de la ciudad de Salta se lleva a cabo. A través de estos artículos se vislumbra la nostalgia por una época en la que para muchos Salta era más importante que Buenos Aires y Córdoba por cuanto recibía la influencia directa de Lima y los edificios coloniales eran testimonios vivientes de la extinguida grandeza.

Si tal como dice Salazar Bondy “toda ciudad es un destino porque es, en principio, una utopía”, Salta no escapa a la regla. La época colonial idealizada se transmite en la supervivencia de los monumentos y de la arquitectura pero, sobre todo, en la mente de quienes habitan la ciudad y de sus ocasionales visitantes. Unos y otros son hechizados por un pasado que muestra ciertas facetas, no todas, para seguir seduciendo a sus lectores.

(1940) Esquina de Mitre y Caseros.

Salta, la ciudad que la intelectualidad de los años 40 deseaba convertir en metrópoli del norte

La Salta colonial idealizada ocupa mucho espacio en los diarios de la década comprendida entre 1940 y 1950. La visión engañosa de una época dorada, sin tensiones y en plena armonía, sin descontentos ni intereses encontrados, sin jerarquías ni elementos antiestéticos, donde todo es belleza y paz, se rescata para seguir representando a Salta como un lugar ideal.

Como ciudad colonial, Salta pervive en el imaginario asociada a ciertos estereotipos que producen ilusión y la dotan de especial encanto: sus célebres tejados, las floridas rejas, los engalanados patios, los alegres jardines, los tradicionales barrios, los concurridos paseos, las farolas y la presencia imponente de los balcones, verdaderos símbolos de la época colonial.

En “El ritmo de la ciudad”, artículo publicado en El Intransigente el 23 de marzo de 1942 se hace una apología de los balcones antiguos, por ser una de “esas cosas típicas de Salta”. Quien lo escribe toma como pretexto la visión embelesada de un turista que contempla un balcón de hierro antiguo. De este tipo de construcciones rescata su prestigio casi legendario por ser una expresión de austeridad, de fuerza y de señorío. De ellos dice que “eran fuertes, oscuros y hasta tercos; había que suavizarlos, pues, con el adorno galante de las flores. Y en esa mezcla de hierros y jazmines sí que hallaremos el símbolo de una edad que se caracterizaba por el nervio firme de sus varones y el romanticismo de sus mujeres”.

Estos balcones antiguos son comparados con los considerados modernos por los habitantes de la ciudad en 1942, que aparecen frente a aquellos como frágiles y sin gracia. Los balcones son también el pretexto para rememorar otras épocas donde esos baluartes arquitectónicos eran pocos porque también eran escasos los habitantes de la ciudad. Los balcones cumplían una función estética y, a la vez, una función social: eran sitios de reunión y de esparcimiento. En ellos se efectuaban las tertulias estivales, las serenatas o las despedidas. Por estas razones asumen la categoría de blasones al frente de las residencias que los poseen.

Los balcones eran para los usuarios un sitio para estar en casa y atisbar al mismo tiempo la ciudad. Una visión desde adentro hacia afuera. Para los turistas o los residentes en la ciudad, una forma de penetrar al interior de la vivienda, asistir a su pasado y a su privacidad. Una visión desde afuera hacia adentro.

Esta visión de la ciudad “ideal”, la ciudad colonial, así forjada en el imaginario social de la década de 1940 a1950 se inscribe en un espacio mayor, la provincia, también idealizada por sus habitantes-lectores. En “El gran sueño de los salteños”, artículo publicado por La Provincia, se enuncia que “Salta es la provincia de los grandes sueños”. Está destinada, por lo tanto, a las hazañas más titánicas, a las empresas de perfiles colosales, a las iniciativas electrizantes, a las proezas sin cuento. Su marca identificatoria es su “constante y noble actividad creadora” tanto en la lucha por el ideal como en la escena del trabajo: “Estamos acostumbrados a soñar con el corazón. Si no es grande la empresa, sería mengua concebirla. Es por eso que se sueña aquí en grande, sin temor a lo espinoso del camino o a los obstáculos impropios a la materialización del anhelo”. “Aquí” refiere a la posición física del observador que habla de Salta desde el ámbito de la provincia a la que pertenece, en la que se incluye. El “aquí” deíctivo remite a un espacio cuyos rasgos positivos están ligados al progreso y a la acción. Se esboza la utopía: “Salta debe ser la metrópoli del Norte”, “Esto es precisamente lo que se han propuesto los salteños. Hacer de Salta un pequeño mundo poderoso”.

Quien escribe señala las causas que justifican sus contundentes afirmaciones. La construcción del ferrocarril Huaytiquina, la perspectiva de la salida al mar, la explotación de sus ricos yacimientos de hierro, cobre y aluminio, la instalación del frigorífico por el que se está luchando en la época, la extracción de combustibles sólidos como el carbón de Chicoana, el reflorecimiento de la potencia ganadera, la intensificación de los cultivos y la industrialización de la provincia son los factores invocados para realizar los sueños.

“Aquí” es, en el presente de quien escribe, la provincia de los sueños pero, proyectado al futuro, “aquí” es la tierra prometida, la de los sueños hechos realidad: “Tanto el gobierno de la Provincia y los hombres de buena voluntad que nos representan en el Congreso de la Nación están realizando supremos esfuerzos para alcanzar este fin. Apoyarlos equivaldrá a realizar una inteligente obra de defensa común y de bienestar colectivo. Y de salvación de las nuevas generaciones…de liberación”. Finalmente, “aquí” es la provincia de las promesas que fomentan la ilusión y alimentan los sueños de un futuro mejor, de “salvación” y “liberación”.

La recuperación de la ciudad desdibujada por el vaivén del tiempo y la acción del progreso, de los cambios producidos en su arquitectura, en su diseño, en sus dimensiones y en su población se logra mediante el acto de la memoria transformada en escritura, en discurso. En este caso, específicamente, escrituras y discursos periodísticos. La reconstrucción del pasado salteño capacita para ver –y rever- los sucesos lejanos, la historia o las historias y reflexionar sobre ellos.

En los casos citados en este artículo los análisis de los periodistas evocan representaciones sociales de Salta que son visiones positivas y satisfactorias, complacientes con la ciudad vista y vivida como un hábitat acogedor, placentero. Ahora queda por ver otros artículos de la misma época donde se produce un desplazamiento, donde ya no se miran las mismas cosas, objetos y espacios. Donde surge otra Salta que muestra las tensiones entre “Salta la linda / Salta la fea”. Entre esa Salta idealizada que, a veces, mira el pasado –especie de paraíso perdido- y, otras veces, el futuro –como promesa de algo mejor- se cuela la realidad con sus tonos grises, rutinarios y comunes que le sale al encuentro.

Actual peatonal Caseros, en 1945.

Salta, cuando el progreso se cobró la vida de los coches plaza

La ciudad de Salta tenía, en 1942, según los datos proporcionados por los periódicos de la época, 70.000 habitantes. Agrego otros datos referentes al número de vehículos a rodado que en 1941 sacaron las patentes correspondientes en la Dirección de Control de la Municipalidad de la Capital, publicados en el diario El Intransigente en enero de 1942. Dicha estadística es la siguiente: “Automóviles particulares, 612; camiones particulares y de alquiler, 308; automóviles de alquiler, 90; furgones fúnebres, 3; carros con elásticos, 84; jardineras, 257; coches de plaza, 154; chatas de cuatro ruedas, 5; bicicletas, 3.500; carritos de mano, 93; triciclos, 54”.

Estos datos publicados con total objetividad contrastan, al mismo tiempo que se complementan, con una nota cuyo título invita a la reflexión y la polémica: “Con la amenaza que se cierne sobre la producción de automóviles ¿renacerá el prestigio del coche de plaza?”

La nota está encabezada por una fotografía cuyo epígrafe detalla que se trata de un auriga que está leyendo un diario, precisamente, El Intransigente. Éste alude al peligro de disminución notable en la producción de automóviles a causa de la guerra (segunda guerra mundial). Deja flotando en el aire, como oportuna estrategia discursiva, la siguiente pregunta que refuerza la intencionalidad expresada en el título: “¿Habrá llegado el momento de que renazca el apogeo de los coches?” A continuación el periodista se dedica a exponer ideas sobre los coches de plaza. Éstos adquieren, a través del texto, la categoría de símbolos. Símbolos con valores similares al de los balcones de los que hablamos en el anterior artículo, pues evocan un pasado idealizado.

De origen remoto, los coches de plaza, “la imagen de un mundo que se desdibuja en el fondo del tiempo”, evocan una época con ritmo lento y monótono: “El coche es la expresión más gráfica de la provincia que se va muriendo…de aquella provincia que se tuteaba con el campo…El coche viene de aquellos tiempos llenos de color y de fragancia. Por eso es pariente de los tejados manchados de musgo, de las rejas antiguas, donde aún se enredan flores y de las guitarras, cada vez más ausentes”.

El coche es, pues, sinónimo de naturaleza, tranquilidad y, también, romanticismo. La visión idílica que sobre él existe, unida al pasado como un paraíso perdido, se rompe al contrastarlo con el presente del periodista que muestra la otra cara de la realidad.

El coche, atado al caballo, lleva sobre el pescante a un hombre humilde del pueblo. Hombre que sufre, que lleva una vida de sacrificios y que debe competir duramente con los automóviles y los ómnibus. Sólo los niños lo idealizan porque creen que se gana la vida paseando. La nota devela datos interesantes: su mayor clientela está en los suburbios y en las cantinas. Está ligado a la pobreza y a la vida licenciosa. Arrinconado por el progreso, subsiste a duras penas: “Tal es por ahora la situación del cochero. Esperar una lluvia o un entierro. Pararse en las esquinas para dividir su esperanza en cuatro tajadas…”

Se muestran así dos realidades: cara y cruz de la misma moneda. Finalmente, el periodista retoma, más con ironía que con real convicción, las preguntas que abren la nota. ¿Habrá llegado el momento de que renazca el apogeo de los coches? La verdadera noticia se transmite en forma escueta y directa: “Ha comenzado a disminuir la importación de vehículos automotores, que se irá restringiendo cada vez más. La Unión ha puesto todas sus fábricas al servicio de la guerra…”

El final retoma los juicios de valor y se vaticina un futuro donde el automóvil será un objeto de lujo y donde el coche de plaza reconquistará su prestigio. ¿Marcha atrás en el progreso o vuelta a un pasado mejor? En realidad, el autor de la nota no defiende al cochero sino el automóvil. Revela datos oportunos que desmitifican ese pasado glorioso que está en la literatura y en el imaginario social. Presenta una ciudad escindida. Centro y periferia, atraso y progreso, bienestar y pobreza borran las imágenes ideales, románticas y presentan una mirada más realista y cruda. Veamos entonces algunos ejemplos referidos al centro y a la periferia de la ciudad de Lerma.

El centro de la ciudad es un lugar privilegiado. En la concepción tradicional de las ciudades de provincia y de los pueblos, el centro de la ciudad es donde se agrupa cierta cantidad de cafés, hoteles y comercios. Un lugar de encuentro donde los itinerarios individuales se cruzan y se mezclan, donde se intercambian palabras y se olvida por un instante la soledad según lo teoriza Marc Augé.

Es el punto de reunión de toda ciudad, punto de referencia y con valor simbólico. Lugar para ser exhibido y donde los individuos se exhiben a sí mismos. El centro recibe cuidados especiales y sobre él se centra la atención de la mayoría. Por esta razón está asociado, en el imaginario, con lo estético. Sin embargo, desde el centro mismo de la Salta de los años 40 surgen los contrastes y sobre él se enuncian las críticas. Así, en el diario opuesto al gobierno que aquí analizamos, el 8 de mayo de 1942, se publica un artículo sobre el problema de los sitios baldíos en la ciudad capital.

En los primeros párrafos se plantea la problemática de numerosos “sitios abiertos”, los baldíos, que contrastan con algunos edificios modernos, en pleno centro de la capital. Se mencionan los que existen en las avenidas Belgrano y Sarmiento, las dos principales avenidas de la época, que de esta manera adquieren un aspecto antiestético. Pero el caso particular que se analiza es el baldío de la Plaza 9 de Julio, que da sobre calle Zuviría.

Allí existió el Teatro Victoria, que luego fuera adquirido por la Compañía Cinematográfica del Norte con la promesa de construir en el lugar un soberbio edificio. A la demolición siguió el abandono, resguardando el baldío con un cerco de madera: “Y aquí viene lo sugestivo: los propietarios del baldío, han resuelto construir una tapia de poca altura, para cerrarlo. Como pretendiendo disimular el adefesio, lo han hecho de estilo ‘colonial’…”

Casos similares se denuncian en otras notas y en ellas se alude a la necesidad de utilizar esos baldíos para edificar nuevas viviendas que cumplan una real función social. Los baldíos y los edificios viejos son espacios ligados a las ruinas, al deterioro o la decadencia y constituyen en el imaginario motivos antiestéticos. Tal el caso también citado en el artículo del edificio del lazareto que se hallaba por aquella época en muy mal estado.

Si esto es observado en el centro de la ciudad, en la periferia los problemas se agravan. Se afirma que gran parte de la población salteña habita en condiciones lamentables. Hay zonas donde los habitantes se amontonan en viviendas malsanas, estrechas, inseguras. Proliferan construcciones deficientes y calles cubiertas de barriales. También se habla de “rancheríos”. Esto implica otras consecuencias; lo urbanístico trasciende lo social: “Saliendo del asfalto, la ciudad adquiere otra fisonomía, que contrasta con la arquitectura del núcleo central.  Para el observador, ello revela una palpable desigualdad…”

El periódico también deja constancia de otros casos lamentables: la subsistencia de los conventillos, la gran cantidad de perros sueltos que invaden las calles de la ciudad, el exceso de velocidad de los ómnibus en el radio urbano, el “pavoroso problema del agua”, etc. Así, a través de estos casos, se descubre el lado oscuro de la ciudad. Ésta deja de ser bella y, además, no es funcional. Nadie vive tranquilo ni seguro en ella.

Otra nota publicada con el título de “Escombros” en el diario La Provincia el 14 de agosto de 1942 sintetiza esta situación: “…tal como se encuentran la mayoría de sus calles, en las que, con la mayor desaprensión imaginable contratistas, constructores y albañiles acumulan escombros de las casas en construcción, más parece la nuestra una ciudad que ha sufrido un bombardeo que la Arcadia felicísima de que tan a justo título nos enorgullecemos”.

¿Cuál es la Salta verdadera? ¿La ciudad de los sueños y de las promesas? ¿La ciudad de los recuerdos? ¿Aquella de los románticos balcones y los paseos en coche? ¿La de las escandalosas imperfecciones o descuidos?

Linda y fea a la vez, la ciudad se muestra y se oculta según la ocasión. Parafraseando a Roland Barthes, digo que dominando todas las lecturas de diversas categorías de lectores, se elaboraría el lenguaje de la ciudad. Por eso es importante multiplicar esas lecturas de la ciudad que, en última instancia, siempre serán imprecisas, recusables e indomables.

Coche de plaza en el Convento San Bernardo.

Salta, las dos visiones de la ciudad en los 60 y 70

La Salta colonial a la que me referí en artículos anteriores ha sido analizada en relación a las viejas casonas de estilo colonial o neocolonial que poco a poco fueron demolidas por seguridad o por imposición de nuevas modas o ideologías. Los recuerdos de esas casonas o la pervivencia de algunas de ellas permitieron a muchos lectores de la ciudad expresar sus opiniones al respecto y dejarnos testimonios de otros tiempos. Lo que sucede en el ámbito de la arquitectura también se manifiesta en algunos objetos que permiten reflexionar nuevamente sobre el pasado.

En “Esplendores y cenizas de un tiempo ya sin retorno” del diario El Intransigente de 1968 son tres los elementos que se seleccionan para analizar: las piezas artísticas o “antigüedades”, las estatuas y los coches de plaza. Respecto de las primeras se dice de ellas que son “vestigios de la pompa de otros días”. Muebles, joyas o adornos antiguos son considerados como verdaderos tesoros que no tenían un valor meramente utilitario; eran, sobre todo, obras artísticas, “producto de una larga y madurada paciencia, de un trabajo efectuado con dedicación y cariño”. Tal como las viejas casonas se oponían a los modernos monobloques, en este caso, las antigüedades, de carácter artesanal, se oponen a los objetos fabricados en serie.

El progreso y las modernas técnicas aparecen para desplazar los esplendores de un tiempo que se va. El pasado dejó marcas positivas en esos objetos antiguos que están en extinción: belleza, ritmo, personalidad, pompa, suntuosidad, tesoros, arte. En contraste, el progreso trae notas negativas: automatización, “despersonalización”, negocios, utilitarismo, vulgaridad, siempre desde la perspectiva de quienes escriben los artículos periodísticos aquí analizados.

En cuanto a las estatuas se habla de aquellas que se encuentran en los parques y las plazas destinadas para adornar lugares públicos. Esculpidas en la piedra o forjadas en el bronce “tienen la vida imperecedera que les ha impreso el artista”. Simbolizan la lucha contra el tiempo porque fueron creadas con un propósito superior: “Estas obras de arte nacieron para producir en el alma y en la sensibilidad una emoción estética…”

El periodista de este artículo denuncia que en el caso de las antigüedades son buscadas en ese momento por coleccionistas y vendedores que sólo ven en ellas un preciado botín. Así, un simple lavatorio o un plato de porcelana antigua son presas codiciadas por “esos cazadores insaciables”. Mientras estos objetos tienen para algunos sólo el valor de las mercancías, las estatuas, también productos artísticos pero fuera del circuito de la producción del Mercado, han dejado de tener valor alguno. Están olvidadas, en sombra y silencio: “En nuestra plaza 9 de julio hay cuatro de esas pequeñas estatuas, pero hay gente que nunca ha reparado en su existencia. Injusto destino el de esas obras, que nacieron para ser contempladas y deben soportar la más absoluta indiferencia de los que pasan a su lado”.

Por último, los coches de plaza, víctimas del progreso y el avance de la técnica, también agonizan: “Los coches de plaza dormitan su lenta muerte en determinadas calles de la ciudad”. Tal como las viejas casonas, estos objetos son presentados como seres vivientes: nacen, viven y mueren. En su juventud y madurez fueron esplendorosos. Eran entonces hermosos y brillantes. Transportaban a jóvenes que iban a dar serenatas o llevaban, jubilosos, a los enamorados. En la vejez, sobreviven prestando algunos servicios de carga y paseando a ocasionales viajeros. Son parte de costumbres abandonadas y, como las estatuas, caen en la indiferencia y el olvido: “Como seres fantasmales los sentimos cruzar algunas veces, por la noche, marcando con su ruido el rumbo definitivo de la derrota”.

La nueva ciudad

Frente a la imagen de la Salta del ayer comienza a aparecer en el relato periodístico la imagen de otra ciudad dispuesta a desplazarla. “La gran ciudad” de El Tribuno del 14 de septiembre de 1968 da testimonio de esta realidad. Según las estadísticas a las que se recurre, Salta ha experimentado, en esos años, un notable crecimiento que la ubica en el quinto lugar del país después de Mar del Plata, Córdoba, Rosario y Bahía Blanca. El desarrollo trajo lógicas transformaciones: “…lo que ayer fue barrio, hoy es centro, y lo que ayer fue campo, hoy es barrio”.

Sin embargo, la ciudad tiene “sabor a pasado reciente”; eso provoca nostalgia en sus habitantes: “(Hay) quienes recuerdan, por ejemplo, momentos en que el estrépito del tranvía hacía vibrar paredes y despertar el temeroso comentario de alguna vieja que, horrorizada, no podía abstenerse de persignarse cuando se enfrentaba a uno de esos impresionantes vehículos”. De esos transportes, en 1968, sólo quedaban los últimos vestigios en el cruce de las calles San Martín e Ituzaingó.

Contrastando con ese pasado, aparece la nueva Salta y el periodista de El Tribuno no comparte la nostalgia de la Salta de antes que él sólo describe para resaltar todo lo positivo del presente que vive y del porvenir que se diseña. La nueva Salta según su percepción se caracteriza por el perfeccionamiento urbanístico y por ser “digno ejemplo de toda la república”. Salta tiene una meta: convertirse en “la gran ciudad” y el salteño, como parte y artífice de la misma debe sentirse orgulloso. Para eso el ciudadano debe estar preparado, conocer su ciudad y estar al servicio del turista.

Resulta interesante una lectura reflexiva del artículo “Apuntes para un manual de cicerone” de El Tribuno, del 26 de julio de 1968 en el que se afirma que este periódico, colabora con la campaña de promoción y cultura turística en la que todos los salteños están de alguna manera empeñados. Brinda en esta nota algunos elementos de información con los que las personas podrán contestar los requerimientos de los ocasionales visitantes. Y, a continuación,  se ofrece al lector un registro de lugares del centro de la ciudad, de sus alrededores y de localidades del interior que pueden ser de interés para los turistas. Todos ellos tienen valor histórico, lo que, voluntaria o involuntariamente, lleva a quien escribe a revalorizar el pasado. La diferencia radica en que ese tiempo ido ya no está relacionado con la nostalgia, sino con un fin productivo. Se explota lo que el pasado tiene de “vendible”. Reconvertido en términos económicos, renace y se ofrece a través de sus símbolos y lugares emblemáticos.

“La Salta de antes”, la ciudad colonial ya no es tal. Forma parte de un mundo ido, de un pasado que no se puede recuperar. De ella sólo queda una imagen, una representación convertida en mito. Pero también se construye el mito en relación con el presente y el  futuro: la imagen de la gran ciudad, aquella que se identifica con el progreso, la que sueña con ser una de las mejores del país. Ambos mitos conviven. A veces, se oponen; otras, se complementan. Los argumentos esgrimidos a favor de uno o de otro aparecen en el discurso periodístico de la década del ´60, mientras la ciudad sobre la que se habla sigue su lógico transcurrir. En los diarios de 1968 consultados se anuncia la licitación pública para la compra e instalación de semáforos en la capital de la provincia. En otros espacios, las carteleras de los cines dan cuenta de los estrenos de las películas: “El príncipe y el mendigo” con Guy Williams, “La orquídea negra” con Sofía Loren y Anthony Queen, “El regreso del pistolero” con Giuliano Gemma, “Rubias contra pelirrojas” con Elvis Presley, “La fuga de los generales” con Paul Newman, entre otros estrenos que no hacen más que difundir en la pantalla mitos extranjeros.

Los habitantes de esta ciudad, definitivamente escindida entre la tradición y el progreso, encuentran en los periódicos información sobre los ídolos del momento: Palito Ortega, Juan Ramón, Los Monkees, Violeta Rivas, Leo Dan… También se enteran de quiénes integran el cuadro de honor de las distintas escuelas de Salta y de las emisiones de “La campana del saber”, difundidas por LV9 Radio Güemes y dan a conocer hechos que interesan a la comunidad, como la construcción de la pileta de natación en el colegio Santa Rosa de Viterbo o la convención de hippies programada para realizarse en nuestra ciudad en el transcurso del año ´68.

Los mitos no han muerto aún. Alimentados por distintas ideologías y encuadrados en circunstancias cambiantes, siguen vigentes. Desentrañar sus esencias y los mecanismos que los regulan es una propuesta que el lector podría aceptar porque al decir de Roland Barthes: “los mitos no son otra cosa que una demanda incesante, infatigable, una exigencia insidiosa e inflexible de que todos los hombres se reconozcan en esa imagen eterna y sin embargo situada en el tiempo que se formó de ellos en un momento dado como  si debiera perdurar siempre”. Coincido con el punto de vista del semiólogo porque como lectores críticos debemos cuestionar constantemente los usos que los hombres hacen de las cosas, del lenguaje y de los hombres mismos.

Izquierda: Los Chalchaleros (1960). Derecha: Palito Ortega en «El club del clan».