Iglesia y cementerio de El Chamical. Imagen ilustrativa.

A mediados de ese año, una familia fue víctima de un horrendo crimen rural que conmocionó a toda la provincia. Asesinatos realizados con saña en un paraje alejado, casi impenetrable.

“¿Será Martín Vera el único responsable?” preguntaba El Intransigente el 13 de julio de 1978. El diario le daba muchísima trascendencia al crimen de una familia de campesinos de Huaico Hondo, cerca de El Chamical, a 42 kilómetros de la ciudad de Salta. Un mes antes, el martes 13 de junio, Antonio Tomás Ramos, su hija Tomasa, su yerno Agustín Burgos, y el pequeño Benjamín Ramos, habían sido asesinados con una brutalidad que impactó en toda la provincia. Se decía que era el homicidio más importante de la historia salteña.

Los cuerpos fueron descubiertos el 15 de junio por Carmen Farfán (19) sobrina de Agustín Burgos (57). El hombre estaba casado con Tomasa (22) y la pareja criaba dos niños: Benjamín (5, hijo de Tomasa) y Felipa Burgos (1). Antonio (75) vivía cerca de Huaico Hondo, en el paraje La Troja. El 13 de junio había ido a visitar a su hija, como hacía habitualmente. Había llegado con dos caballos. En uno viajaba y en el otro tenía una carga de zapallos y mandarinas para regalar a la familia, que vivía de la cría de ganado y poseía una pequeña explotación agrícola.

Farfán, que vivía a una hora de caballo de la casa de la familia Burgos, encontró los cadáveres y a la pequeña Felipa, ilesa. Tomó a la beba y volvió inmediatamente a su hogar, donde relató lo sucedido. El mensaje de alerta se trasladó hasta el cabo Aramayo, jefe del Destacamento Policial de El Chamical. A caballo, durante cinco horas, por una zona de gran altura que presentaba muy bajas temperaturas, la Policía recién llegó al lugar del crimen el sábado 17.

El 22 de junio apareció una foto en la tapa de El Tribuno: se veía una casa de adobe que apenas tenía la presencia de un perro que no quería abandonarla. La imagen compartía portada con Henry Kissinger, sonriente junto a Jorge Rafael Videla. Además, era un día de festejos: la noche anterior, Argentina le había ganado 6 a 0 a Perú y había clasificado a la final del Mundial. Ese día se publicó el comunicado oficial sobre el múltiple homicidio. El texto aseguraba que “una comisión policial” había llegado hasta “una precaria vivienda ubicada en una hondonada rodeada de cerros”.

El artículo agregaba que doscientos metros antes de llegar a la casa se hallaba el cadáver de Burgos, “quien presentaba heridas producidas por arma blanca y de fuego”. Por una de esas heridas “escapaban los intestinos, siendo evidente que no tuvo oportunidad de defenderse pues todavía portaba envainados dos cuchillos”. A cincuenta metros había un perro muerto a balazos. A treinta, bajo unos árboles, estaba el cuerpo del anciano Ramos. Mostraba una muerte similar a la de su yerno.

“Al llegar a la casa, personal comisionado se vio obligado a forzar la puerta, observándose en el piso, boca arriba, el cadáver de una mujer, que mostraba heridas en la cabeza y otras partes del cuerpo, también producidas por arma blanca y de fuego”, continuaba el comunicado. En el siguiente párrafo agregaba que a cuatro metros de la vivienda, detrás de una cocina hecha con troncos, en el suelo, estaba el cadáver de un niño con “heridas en el rostro y cabeza, producidas por las armas mencionadas anteriormente”.

Luego se supo que el chico había muerto de un hachazo aplicado desde atrás, al parecer cuando trataba de huir. Al hacer la requisa, los policías se llevaron el hacha manchada con sangre y un frasco de vidrio que estaba roto donde, suponían, había dinero. Comprobaron que faltaba uno de los caballos de Ramos e instrumentos musicales de Burgos. La comisión llevó los cadáveres en mula hasta El Chamical.

Los cuerpos fueron inhumados en el cementerio de la Iglesia de San Francisco, monumento nacional porque albergó los restos de Martín Miguel de Güemes desde 1821 hasta 1823. A la ceremonia concurrieron numerosos pobladores. Nadie podía creer lo que había sucedido y la sospecha entre ellos mismos crecía a medida que el o los asesinos no eran hallados. Todos coincidían en que las víctimas no merecían ese final. Matías Chuchuy, de 70 años de edad, encargado de la iglesia y del cementerio, aseguraba que eran personas conocidas y muy buenas.

Otro artículo de El Tribuno del 22 de junio, titulado “El lugar del crimen del Chamical presenta testimonios de la masacre”, resultó uno de los mejores de la crónica policial salteña. Sus descripciones encontraron belleza en los despojos de la muerte, en los restos de las vidas que habían terminado. Decía: “El espectáculo de la pequeña vivienda, enterrada en la inmensa soledad del lugar, presentaba la imagen de algo detenido en el tiempo. Los rastros de la tragedia estaban allí (…) Un perro solitario ladraba desesperadamente, tratando de impedir la entrada de los intrusos al lado de los restos de otro perro, que presentaba claramente las marcas de la perdigonada que lo había ultimado. En el centro del patio, un tronco rodeado de astillas que probablemente había sido hachado en el momento de producirse la tragedia. El hacha, que se había convertido en el arma mortal que cortó la vida del niño Benjamín Ramos, está en manos de la policía. La casa cerrada, sus puertas cubiertas con tablones rodeados por una cadena y sellada por un candado. Los rastros de la vida familiar aún se encontraban a la vista. Una taza servida, un par de zapatillas cerca de una pared, un queso a la sombra de los árboles vecinos a la casa”.

El texto cerraba contando el clima que se vivía entre los vecinos de la zona: “Todos los pobladores se encuentran en un estado de gran nerviosismo, acotando continuamente que un hecho como el que nos ocupa no sucedió nunca. El único parangón es el de un asalto perpetrado hace más o menos 25 años, pero las víctimas, luego de ser amarradas, no sufrieron ningún daño físico. La tensión hizo que se posterguen muchas tareas rurales. Chamical no ha terminado de sufrir su hora dramática”.

A la caza del hombre

La Policía comenzó una razzia zonal inmediatamente. Detuvo a más de quince personas que habitaban en las cercanías de la casa de los Burgos y no las liberó hasta que pudieron probar que no tenían nada que ver con el hecho. La hipótesis que se manejaba era que los homicidios habían sido realizados por personas conocedoras del lugar que tenían intenciones de robar a la familia. El juez Rogelio Saravia Toledo estaba a cargo de la causa.

El 24 de junio ya se creía que esas detenciones masivas no servían de nada y surgía una nueva hipótesis. Hablaba de un solo hombre y de motivos personales para cometer el hecho. La prensa se permitía especular: “El día del crimen, al parecer Ramos, su yerno Burgos y el niño Benjamín habían dispuesto participar de una pesca, y al volver podrían haber hallado a alguien en la habitación de Tomasa Burgos. (…) La conjetura tiene su asidero en el hecho que -según referencias proporcionadas por vecinos- Burgos era un hombre sumamente celoso y ello daba lugar a que frecuentemente se susciten discusiones con su esposa -una mujer joven- si tenemos en cuenta que su cónyugue contaba con 57 años de edad”.

Cae Vera

Cuando habían pasado 25 días del cuádruple asesinato, la Policía recibió un dato. Alguien aseguraba que había un joven que podía tener que ver con el hecho, un amigo de Tomasa. Se trataba de Martín Vera, un jornalero de 18 años. Fue atrapado cuando juntaba animales con su hermano Marcos en Pozo Verde, donde vivían junto a su familia. Los uniformados fueron hasta el domicilio de los Vera, ahí encontraron el bandoneón y la guitarra de Agustín Burgos y las armas usadas en el crimen. Junto a él también habían sido detenidos su hermano y su padre, José Domingo Vera, en calidad de sospechosos de encubrimiento. El Intransigente del 13 de julio anticipaba que a Vera le esperaba “morir en la cárcel”.

En su rostro, Martín Vera parecía mayor a los 18 años que acusaba. Su cuerpo, flaco y sin mucho desarrollo, no parecía ser el de un feroz asesino capaz de usar machetes, escopetas y hachas para matar a una familia completa en pocos minutos. Por eso, cuando José Domingo Vera se declaró autor exclusivo de los asesinatos, todos creyeron que el caso estaba resuelto. Pero la Justicia no tomó como valedera la versión del padre. La prensa consideraba que la confesión podía ser “un simple hecho de protección paternal”. El 15 de julio, cuando Saravia Toledo ya le había tomado varias declaraciones a Martín Vera, su padre fue puesto en libertad. Se esperaba la reconstrucción del hecho, donde, aseguraba la Policía, se cerraría el caso.

El 20 de julio por la mañana, el juez Saravia Toledo, funcionarios judiciales y policías se trasladaron hasta la casa de la familia Burgos junto a Martín Vera, su hermano Marcos y Pedro Alberto Luzco, acusado de abandono de persona. Había una fuerte presencia periodística en el lugar y una gran expectativa por la reconstrucción, en medio de una zona poco favorable para los traslados, en una época de un clima áspero y duro.

A las seis de la tarde, cuando la delegación estaba de regreso en El Chamical, el subcomisario Víctor Hugo Choque aseguraba que los resultados habían sido positivos. “Creo que el caso está cerrado”, le aseguraba off the record a los periodistas, que no habían podido presenciar la reconstrucción. Martín Vera era el responsable, su hermano Marcos sería juzgado por encubrimiento y Luzco por haber pasado por la casa de los Burgos y no haber dado aviso a la Policía cuando encontró los cuerpos.

El titular de El Intransigente del 21 de julio respondía la pregunta hecha una semana atrás: “Martín Vera confirmó ayer su autoría. Lo hizo ante el juez en el lugar de la matanza”.