En el marco de la crisis que vivimos, el periodista Franco Hessling pregunta si la centralidad del presidente supone el nacimiento de un nuevo liderazgo y un nuevo país. La presente columna también se publicará en el diario Punto Uno.

El contexto de crisis sanitaria inducido por la propagación del Covid-19 ha causado gran anuencia con respecto a las decisiones del presidente. ¿Nace un nuevo liderazgo? ¿nace un nuevo país? Una cosa me parece sorprendente de los discursos políticos y la mayoría de sus respectivos análisis: la adherencia acrítica a la dialéctica salud-economía, que Alberto, el grande, vocifera cada vez que puede. Enuncia esos antagónicos poniéndose implícitamente el sayo de salvador de vidas y se unge así como una encarnación en auge entre figuras del peronismo histórico como Cook, Carrillo y el propio profesor de Historia Militar.

Por eso, antes de avanzar, propongo que de aquí en adelante llamemos a nuestro líder “Alberto, el grande”, como el Pedro Romanov de los rusos, entre otras cosas, fundador de San Petersburgo. Y a nuestro país, siguiendo la analogía, como Albertesburgo, el nombre con el que intentaremos posicionarnos como una nación de referencia en el nuevo mundo que emerja luego de la pandemia del Covid-19.

Conviene otra salvedad para no ser malinterpretado. De ninguna manera nos llamaremos Albertesburgo porque Alberto, el grande, tenga semejantes ínfulas. Será, en cambio, por su magnanimidad, igual que Pedro Romanov, quien fundó la ciudad con su nombre, pero en memoria de San Pedro. Nos llamaremos Albertesburgo en honor a un médico contemporáneo que ha hecho mucho por la salud y la televisión nacionales, elementos tan útiles hoy en día para el líder. Seremos Albertesburgo en honor a Alberto Cormillot.

Digamos que Albertesburgo está naciendo como modelo de referencia mundial, al menos si seguimos de modo obcecado los planteos del gobierno y de la mayor parte del periodismo y la intelectualidad albertesburgiana, quienes han establecido un tácito acuerdo en difundir otra metáfora que, personalmente, me causa retorcijones: que estamos en guerra y contra un enemigo invisible, por lo tanto, más potente que cualquier arma de fuego, incluso las teledirigidas que han devastado Alepo en los últimos años.

Me causa retorcijones pese a que lo más cerca que estuve de una guerra fueron los disparos de gases y balas de goma de los mulos domésticos en alguna tribuna de cancha. La retórica de la guerra contiene un peligroso enunciado: un enemigo. Aunque se diga que es invisible, el enemigo se contagia vía cuerpos, esos cuerpos que hoy mueren en la más aterradora soledad.

Alberto, el grande, y sin por ello querer ofender su inmensidad, aprovecha al máximo la situación de crisis sanitaria, quizá como parte del modelo que Agamben ha señalado para los países europeos y sus “estados de excepción”. Albertesburgo podría ser uno de los primeros resultados de esos modelos de soberanía, ahora siguiendo los conceptos de Byung-Chul Han, que florecerán tras la pandemia.

No son pocos los epidemiólogos e infectólogos que, sin negar la necesidad de algún período mínimo de cuarentena obligatoria, se permitieron sugerir críticas al modelo de Albertesburgo e incluso a las sugerencias de la OMS. La mayoría de esos profesionales, por supuesto, nacidos en la vieja argentina aunque radicados hoy lejos de la naciente tierra albertesburgiana. Todos reconocen que la velocidad de propagación es lo preocupante, aunque muchos no acuerdan con la severidad con la que se asume el aislamiento, y sus respectivos controles policiales, ya que albergan poco sentido sanitario.

La monopolización de las pruebas a manos del Ejecutivo y la demora en activar controles tendientes a muestras masivas, lo que podría conllevar alteración o tergiversación de la información, nos obliga a una única salida racional para estos momentos acuciantes: confiar en Alberto, el grande. Estamos aislados y sin atender la salud mental de miles y miles.

Como uno escribe desde los confines de la embrionaria nación albertesburgiana siempre puede ver algunos vicios de la vieja Argentina. Ello, sobra decirlo, para nada tiene que ver con pretender erosionar la figura del líder. En Albertesburgo todavía pervive la mirada que carece de perspectiva federal, pues nuestras pandemias corrientes, incluso nuestra pobreza honda en el interior, no causan tanta conmoción sanitaria. Y también se cobra vidas a rolete, quizá con porcentajes de letalidad inmensamente superiores a los del Covid-19. Claro, pocos de Gran Buenos Aires, la Capital Federal o las grandes urbes.

Albetesburgo será la nación modelo que cobrará luz cuanto más velozmente se supere la crisis sanitaria, sólo la causada por el Covid-19, claro está. Albertesburgo, cuidado, también podría volverse el modelo latino del estado de excepción permanente que advierte Agamben.