Alejandro Ruidrejo.

Entre el abandono neoliberal y la vigilancia autoritaria, la noción de cuidado que anima las actuales políticas sanitarias de nuestro país, pareciera dar cabida a la reinvención de una tercera posición en un capitalismo sin fronteras. (Alejandro Ruidrejo)*

Mientras un segmento del campo intelectual debate sobre si el futuro de nuestras sociedades, luego de la pandemia, será el de un capitalismo feroz o el de un comunismo renovado, las imágenes de la Italia actual la muestran como un escenario dantesco de abandono y desesperación, en el que las personas más viejas quedan expuestas a la muerte y ven cómo los riesgos, contraídos debido al debilitamiento de sus fuerzas físicas, son multiplicados por la racionalidad económica neoliberal.

La esperanza reciente de la península itálica, anidada en la recuperación de un paciente centenario, trae a la memoria el “Trattato de la vita sobria” que Ludovico Cornaro publicara por primera vez en 1558. Cornaro, quien debido a su contextura había sido desahuciado en su juventud por la medicina, logró sin embargo alcanzar la senectud en muy buen estado de salud, y encarnó el ideal de vida moderada. Para ello, había forjado un régimen de vida, una forma de cuidado de sí mismo, que le permitía a la vez no tener que obedecer a los médicos, porque “Qui medicè vivit, miser à vivit”, (quien vive según los médicos, vive como un miserable). Cuidar de sí, formaba parte de un ejercicio de la libertad que el Renacimiento italiano había recuperado de la cultura grecolatina.

Dentro de la literatura de los tratados sobre la prolongación de la vida, puede encontrarse a Kant, quien leyó a Cornaro y al igual que él, contra los pronósticos de la medicina, sobrevivió a las probabilidades de una muerte temprana. En 1798, cuando tenía setenta y cuatro años, el filósofo alemán respondió a la gentileza del médico y profesor Christoph Wilhelm Friedrich Hufeland por el envío del libro “El arte de prolongar la vida humana”, a través de una carta le comunicó su proyecto más reciente que consistía en escribir una dietética, que más que un tratado de medicina era el fruto de la reflexión sobre su experiencia personal. La filosofía moral práctica proporcionaba una panacea, la de la dietética, que más allá de las regulaciones alimentarias, en tanto régimen de vida, era entendida como un arte de prevenir enfermedades. Los cuidados no debían confundirse con la construcción de una vida llena de comodidades, dado que ellas debilitan las energías vitales. Ese gobernarse a sí mismo, se ejercía en un momento donde el mundo germánico había visto desarrollarse la medicina social bajo la forma de policía médica y las campañas de vacunación avanzaban sobre los cuerpos sanos de la población para prevenir epidemias.

Los cuidados de uno mismo formaban también parte de los deberes de las personas contraídos con la especie humana, con la vida humana en su dimensión animal y es por eso que, en defensa de la integridad biológica, Kant plantaba sus reparos, al ver en la inoculación de la sustancia de un animal de inferior especie, la inoculación de la bestialidad en la humanidad.

En nuestro presente, en el marco del fervor biopolítico, esas barreras kantianas se ven sobrepasadas no sólo por la generalización de la vacunación, sino porque los virus suelen tomar los nombres de animales, o se recurre a monos, aves, cerdos y murciélagos para ensayar explicaciones de la transferencia zoonótica, producida por el salto hacia la especie humana. Las pandemias son asociadas a las condiciones de la producción agrícola en el capitalismo contemporáneo y a la aceleración de las velocidades de propagación global que promueve. El control de la enfermedad a través de estrictas formas de vigilancia y de producción de la obediencia en China, parece no escapar a la lógica general expresada en un capitalismo de Estado.

Entre el abandono neoliberal y la vigilancia autoritaria, la noción de cuidado, que anima las actuales políticas sanitarias de nuestro país, pareciera dar cabida a la reinvención de una tercera posición en un capitalismo sin fronteras. Puesta en el centro de las obligaciones éticas, como “cuidado de sí” y de las obligaciones políticas, en tanto “cuidado de los otros”, moldea las relaciones entre gobernados y gobernantes, dando forma a las expectativas que alimentan la demanda de más Estado. Pero, sobre la semántica de los cuidados médicos y la homogenización de las individualidades en la generalización del encierro, se despliegan los esfuerzos por lograr que los cuidados se singularicen en el reconocimiento de las particularidades de los sectores más empobrecidos y de las minorías sexogenéricas.

Setenta años después de la formulación de una tercera posición geopolítica del peronismo, anudada al proyecto filosófico político de una comunidad organizada, quizás como parte de un proceso de profunda remoción de sus postulados, el escenario histórico presenta un nuevo campo de configuración de fuerzas que pueden diferenciarse en el prisma de los cuidados y moldearse en la fragua de nuevas formas de vida política.

Mientras el poder pastoral, con la encíclica “Laudato Si”, visibiliza la crisis ambiental y la crisis social, pregonando el cuidado de la tierra y de los pobres, los feminismos, la diversidad y las disidencias sexuales, dan muestras de la potencia de una cultura del cuidado y del acompañamiento que les son propias.

El imperativo del distanciamiento social abre un espacio de visibilidad singular de las precariedades, donde la consigna “Tierra, techo y trabajo”, mantiene proximidades y distancias con las apuestas de los sectores de la economía popular por su reconocimiento dentro de los múltiples territorios de la producción de valores económicos. La “economía de los cuidados” intersecta muchos puntos estratégicos de esas demandas de una nueva justicia social, a la vez que habilita la reflexión sobre el “oikos”, que era como los griegos nombraban al espacio ubicado entre el campo de la ética y el de lo político, cuyos límites no se agotan en los sentidos de la palabra “doméstico”. La “oikonomía” formaba parte de los regímenes de vida.

Setenta años después, el gobierno de los cuidados, mediante la consigna de la primacía de la salud de todos y cada uno, parece reactualizar la afirmación de la constitución de 1949 cuando declaraba que, además de los “derechos al respeto y a la tranquilidad”, “El cuidado de la salud física de los ancianos ha de ser preocupación especialísima y permanente”, interpelando los límites en que la racionalidad económica gestiona la vida humana individual, pero también la de la especie.

Bajo la política de los cuidados puede entreverse la delimitación de un horizonte de pugnas, donde, en un mundo sin dualismos, las posibilidades de nuestras vidas se asocian a la multiplicidad de formas de lo tercero excluido.

*Docente de la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional de Salta, ex Decano de la Facultad de Humanidades.