Radiografía de la multinacional que abandona Campo Santo, despide 720 obreros y pagará el 50% de las indemnizaciones

La crueldad de la multinacional peruana Gloria S.A. con los obreros azucareros de su país que aquí relatamos, constituyen el antecedente básico de la insensibilidad mostrada en Salta por un pulpo que respira beneficios. (Daniel Avalos)

Si quisiéramos aproximarnos a cierto perfil psicológico de las multinacionales, deberíamos recurrir a la literatura. Por ejemplo al genial escritor norteamericano John Steinbeck quien fue perseguido en su país por denunciar a las grandes corporaciones y emplear la escritura para sensibilizar sobre la suerte de los sojuzgados por ellas. Para Steinbeck – quien escribió sus mejores historias cuando la crisis de 1929 arrojó al desempleo y al hambre a millones de estadounidenses – los monstruos eran esas corporaciones. En la novela Las uvas de la ira, las retrata de manera brutal al mostrar que en pos del beneficio económico no tiene problema alguno para arrojar a miles de familias a un peregrinar conmovedor en busca de un trabajo que les permitiera vivir: “Esos bichos no respiran aire, no comen carne. Respiran beneficios, se alimentan de los intereses del dinero. Si no tienen esto mueren, igual que tú mueres sin aire, sin carne. Es triste pero es así. Sencillamente es así (…)”, hace decir Steinbeck a uno de sus personajes en esa novela monumental.

Gloria S.A es uno de esos bichos. Se trata de una multinacional que posee una subsidiaria -Corporación Azucarera del Perú S.A.- que adquirió el 60% del paquete accionario del ingenio San Isidro S.A. hace años. Los términos financieros de la operación nunca fueron conocidos, pero sí la operación que fue reseñada por un artículo del 13 de agosto del año 2011 publicado en el portal web “Diario de Fusiones & Adquisiciones” que desde el 2010 “y con el aporte financiero de inversores particulares (…) analiza todas las transacciones que se realizan en todo el ámbito de Latinoamérica” (www.diariodefusiones.com).

Gloria S.A., como toda multinacional, es dueña de una voracidad insaciable que explica por que desde entonces ante cada conflicto gremial en Campo Santo terminó involucrada en enfrentamientos, balaceras, denuncias penales y amenazas de todo tipo. Conflictos que muchas veces tenían su origen en las demandas salariales de sus trabajadores, pero también en el reclamo de estos para que la empresa se ajustara a las leyes argentinas que resguardan las condiciones de trabajo y regulan los vínculos entre la firma y el trabajador.

La reacción de la empresa ante los reclamos fueron siempre iguales: dar de baja a obreros que tomaban parte en los reclamos; decretar el final de la temporada de plantación; arremeter contra el Secretario General del Sindicato, Mariano Cuenca, quien acumuló 28 denuncias, 7 causas penales y hasta un atentado con arma de fuego en su domicilio. Eso no es todo: Gloria S.A. también recurría a la herramienta legal que hoy suena más que nunca entre los salteños que siguieron con preocupación el cierre del ingenio San Isidro: el Proceso Preventivo de Crisis, un tecnicismo jurídico definido en el capítulo 6 de la ley 24.013 que en su artículo 98 precisa que previa a la comunicación de despidos o suspensiones por razones económicas, tecnológicas o de fuerza mayor, la empresa debe sustanciar el procedimiento preventivo de crisis previsto a fin de que el Estado intervenga en el proceso.

A esa herramienta apeló finalmente Gloria S.A. a principios de año. No lo hizo para anunciar despidos o suspensiones, sino para directamente cerrar el ingenio ante la pasividad de un Estado nacional y provincial siempre dispuestos a no incomodar a los poderosos agentes económicos que, según ellos, crean riquezas que luego se derrama para el resto de la población.

Historia

De lo que no caben dudas es que Gloria S.A. es un agente poderoso. Su historia se remonta al Perú del año 1941 cuando se inició con la fabricación de leche evaporada. Con una producción nada despreciable pero enfocada en el territorio incaico, su historia dio un giro en el año 1986, cuando una empresa familiar de transporte peruano -José Rodríguez Banda S.A.- adquirió el porcentaje mayoritario de las acciones.

Uno de los líderes del clan es un hombre cuyo nombre recuerda a uno de los clásicos personajes de la literatura gansteril: Don “Vito”. Pero este Vito no es Corleone, sino Vito Modesto Rodríguez Rodríguez, el personaje que desde el 7 de mayo del año 2007 ocupa la vicepresidencia del grupo. La presidencia, mientras tanto, la ejerce su hermano: Jorge Columbo Rodríguez Rodriguez, un ingeniero industrial que ha cumplido el sueño de todo hijo genuino de una burguesía peruana que, dueña de poderosos medios de producción, alberga también un sentimiento de castas en donde la movilidad social parece una mala palabra en una país en donde una elite rica y reducida, convive con una clase media casi inexistente y una sobredimensionada mayoría de pobres con escasos derechos sociales y laborales.

El antes y después de Gloria S.A. se gestó en los 90´. La década en que el presidente peruano Alberto Fujimori declaraba su admiración por un menemismo argentino al que imitó en casi todo lo referido a la privatización de las riquezas nacionales y el encumbramiento de grandes pulpos económicos.

Gloria S.A. empezó entonces un proceso que en economía se denomina de “concentración” y “centralización” del capital. Lo primero se vincula con el proceso por medio del cual, ciertas firmas económicas van copando una determinada rama de la producción. Ese camino puede rastrearse en la página web de la propia corporación que entre 1993 y 2005 fue acaparando numerosas firmas dedicadas a la producción de lácteos. La nómina incluye a una docena de peruanas y otras de Bolivia, Puerto Rico, Colombia, Ecuador e, incluso, Argentina, cuando en el 2006 culminó la construcción de las instalaciones de la Compañía Regional de Lácteos Argentina S.A. –CORLASA-, establecida en febrero de 2005 mediante la compra del 50% de acciones de lo que era Lácteos Santa Fe.

Pero aparte de “concentrar” capital, Gloria S.A. también lo “centralizó”. Y es que, no conforme con tener incidencia en una rama determinada de la economía, expandió su presencia a otras ramas de la estructura económica. El proceso empezó también en los 90 cuando el grupo incursiona en los rubros de analgésicos, antiácidos y laxantes; consolida su participación en el transporte; lidera el mercado de helados, caramelos, chocolates, galletas, panetones; se inmiscuye en el mercado de cajas de cartón corrugado; aprovecha el proceso de privatización de empresas estatales impulsado por Fujimori y compra la empresa Cementos Yura S.A. de la ciudad de Arequipa y luego Cemento Sur S.A., ubicada en Puno (sur de Perú).

A partir del año 2006, se introduce en el negocio del azúcar. La subsidiaria Corporación Azucarera del Perú S.A. obtuvo el 45% de acciones de la Empresa Agroindustrial Casa Grande S.A.A., que ubicó al Grupo como líder del mercado azucarero del Perú y consolidó la situación en mayo de 2007 al adquirir el 52% de acciones del Complejo Agroindustrial Cartavio S.A, previo aterrizaje en Salta cuando compra del 60% de las acciones del Ingenio San Isidro.

Un progreso extraño

Aunque se presenta como portadora de progreso, las corporaciones como Gloria S.A. siempre terminan involucradas en experiencias cargadas de piquetes, plantas tomadas y marchas obreras que cuentan con el apoyo de los vecinos del lugar. Es lo que ocurrió durante años en Campo Santo y es lo que ocurrió también en la localidad de Cartavio en el norte peruano a fines del 2009, lugar en donde Gloria S.A. adquirió en el 2007 Complejo Agroindustrial ya mencionado que había sido expropiado por el Estado peruano a una firma inglesa en 1968.

Desde ese año se convirtió en una cooperativa que duró hasta el año 1996, momento en que empezó el proceso privatizador de Alberto Fujimori que culminó en 2007 con el desembarco de Gloria S.A. Dos años después, en diciembre de 2009, la firma terminó envuelta en un conflicto brutal. Para aproximarse al mismo alcanza con googlear las palabras “Huelga azucarera en Cartavio”. Todo empezó por reclamos de mejoras salariales y el pago de un bono que empresa y trabajadores acordaron por productividad para julio y diciembre, aunque la situación se tensó cuando la empresa despidió a tres obreros a los que acusó de atacar las instalaciones, destruir el cerco perimetral, incendiar oficinas y saquear el almacén que la empresa poseía en el ingenio.

La reacción de la empresa fue letal: uso de armas de fuego por el que resultaron heridas seis personas entre las que se hallaba un menor de 10 años, más contratación de rompehuelgas que amedrentaban a los dirigentes obreros. Ello provocó que la lucha sectorial devenga en pueblada y fue entonces cuando la empresa mostró su peor cara: anunció la clausura del hospital del pueblo y ordenó el corte del suministro de agua a toda la localidad hasta que los trabajadores levantasen la huelga (http://reporterow.com/2009-12-22-Huelga-y-disturbios-en-cartavio).

Lo uno y lo otro son posibles en economías como la peruana en donde los denominados “enclaves agrarios o mineros” surgidos en el siglo XIX, controlados por el capital exportador, generaron históricamente zonas relativamente desarrolladas pero sin relación con el conjunto de la región. La situación provocaba que hacia el interior de las enclaves surgieran normas que prescindían del sistema legal estatal y hasta instituciones como los hospitales que, dependiendo de la empresa, suministran servicios que pudiendo extenderse al resto de la población generaban una gran dependencia de esta para con la empresa.

El control del agua, mientas tanto, también lo posibilita la geografía andina de un Perú que presentando una corta distancia entre la costa y las tierras altas, permite a los poderosos controlar el uso del líquido apropiándose de las tierras elevadas y desde allí regular su suministro. Condiciones, en definitiva, que posibilitaron al clan Rodríguez Rodríguez emplear la táctica del “sitio militar”, ese paciente y demoledor trabajo de privar al “provocador” de los recursos indispensables para la supervivencia para así disciplinarlo.

La población de Cartavio responsabilizó entonces al presidente de la firma Gloria S.A., Jorge Columbo Rodríguez Rodríguez, de ser el ideólogo de la orden que provocó no sólo que los vecinos se plegaran a la lucha de los obreros, sino que también lo hicieron las autoridades comunales del lugar. Después del escándalo, la empresa decidió -26/01/10- donar el hospital al municipio. Si esa actitud respondía a planes de “racionalización de gastos” o no, es algo que quien escribe desconoce. Lo que sí se sabe es que la empresa nunca renunció a la propiedad del agua que dice suministrar en forma gratuita aunque manteniendo para sí la propiedad de un elemento vital que le posibilita mecanismos de control sobre una población entera.

Campo Santo

Y así las cosas, no debe descartarse en absoluto que además de los cálculos propiamente mercantiles de toda multinacional, el grupo Gloria S.A. se haya hastiado de las señas de identidad propias de los sectores asalariados argentinos: la permanente aspiración de los trabajadores a un tipo de movilidad social que supone el acceso a servicios como la educación, salud, vivienda o ingresos razonables. Aspiraciones que desde el 2008 en Salta y Jujuy pudieron canalizarse mejor por una camada de jóvenes sindicalistas como Mariano Cuenca que lograron un hecho inédito en la historia del azúcar nacional: que los salarios de los ingenios salto-jujeños superasen a los percibidos por los azucareros del Tucumán que hasta hace un par de años estuvieron a la vanguardia en materia salarial.

El grupo Gloria finalmente dejará la provincia. Argumenta que la actividad le es tan poco rentable que sólo pagará el 50% de las indemnizaciones a los obreros que quedarán en la calle. Las corporaciones son así. Se declaran portadoras de una racionalidad que sin embargo está al servicio de un fin irracional: arrasar, someter, dominar, mercantilizar y explotar a hombres y mujeres que ven en el trabajo su modo de autorrealización. Son los riesgos de una provincia que ayuda a desarrollar capitales que interesadas sólo en el mercado externo, se desentienden de la vida concreta de los hombres y mujeres de carne y hueso. Justamente eso es lo que otorga vigencia al genial Eduardo Galeano quien en su libro cumbre – Las venas abiertas del América Latina – denunciaba que el desarrollo atado al mercado mundial trae opulencia para pocos y desgracias para muchos porque “cuanto más codiciado por el mercado mundial, mayor es la desgracia que un producto trae consigo al pueblo latinoamericano que, con su sacrificio, lo crea.”