Las Mujeres que sostienen el comedor del barrio 17 de Octubre viajaron a Chubut para participar por primera vez del Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans. Un viaje que valió la alegría. (Andrea M.)

Desde hace más de treinta años, un grupo de mujeres gestiona la comida para los chicos y las chicas del barrio. Ante la necesidad y un estado ausente, empezaron armando una suerte de olla popular y ahora funcionan en un espacio que brinda un menú variado para más de 260 personas: todos los días, cocinan para niñxs, abuelxs y embarazadas que se acercan también de otros barrios de zona norte.

Durante toda la historia del comedor, los gobiernos estuvieron más cerca y más lejos, las instituciones les consiguieron fondos, algunas fundaciones ayudaron con la construcción del edificio, fueron y vinieron. Quienes siempre se mantuvieron al pie del cañón fueron las mujeres que hace unas semanas participaron por primera vez del Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans que se llevó a cabo en Trelew, al sur de nuestro país. La decisión no fue improvisada, fue evaluada largamente en su reunión semanal de los martes, en las que junto a María Martínez y Florencia Arri discuten sobre las implicancias de ser mujer en épocas de batallas contra el patriarcado.

María llegó al barrio como funcionaria pública y se quedó trabajando ahí después de dejar sus funciones. Florencia, por su parte, es psicóloga y se acercó al comedor como parte del equipo de Psicología Comunitaria del Centro de Salud del barrio. Junto a las mujeres del 17, debaten todos los martes sobre las distintas problemáticas que las atraviesan y en una de esas reuniones decidieron viajar hasta Chubut para el Encuentro.

El viaje demandó organización, constancia y determinación. Para reunir los fondos de los gastos, decidieron vender pan todas las semanas y organizar dos bingos. Enviaron cartas a distintos diputadxs y así consiguieron los trece pasajes que les permitieron viajar al Encuentro. Entre mate y tereré, las mujeres del comedor contaron a Cuarto cómo vivieron el viaje. Las anécdotas divertidas no faltaron, una ojota perdida en el mar, las peripecias de un viaje de 36 horas en colectivo, las impresiones de ver mujeres sin remera sentadas en plena plaza, “todas muy tranquilas, nada que ver con lo que nos habían dicho acá”. Entre las que viajaron, hoy están Adriana, Hilda, Mirta, Carmen, Norma y Sandra: tienen entre 60 y 20 años. Así de diverso es el grupo y así de diversas fueron sus experiencias en Trelew.

Sin embargo, entre las risas y los recuerdos, salieron también algunas de las problemáticas estructurales con las que luchas todos los días. “Hubo muchas rocas para salir de aquí”, recuerda Hilda. No sólo porque algunas se subían y se bajaban del viaje sino porque las que estaban decididas a hacerlo debían sortear las dificultades de conseguir la “autorización” de sus maridos. Una de ellas confiesa: “tenía la valija al ladito de la puerta, no quería que la viera él porque no quiere que yo salga. Es capaz de quitarme la maleta y se planta, por eso yo no quería que me viera (…) Que sea lo que sea, dije en un momento, y salí, no le di ni tiempo a que me diga nada”, contó entre risas.

“A mi no me importó él, no me importó nada ya. ¿Vos me llevás o no?, le pregunté. Con la jeta por el piso me llevó, pero yo me iba o me iba”, aseguró otra, también riendo por la victoria conseguida. La más joven contó, divertida al principio, que al volver tuvo una discusión con su compañero sobre la responsabilidad del cuidado de su hija y él le dijo “te lavaron el cerebro, viniste rara de allá”. A medida que avanzaron los relatos sobre las pericias de salir de la casa, sus voces fueron tomando seriedad. Y es que desde las charlas que tienen todos los martes han aprendido a identificar las violencias que antes aguantaban sin remedio. “Si él me quiere, me va a querer como soy AHORA”, afirmó una de ellas y siguió con claridad, “yo cambié cuando empecé a contestarle, antes me bancaba los golpes sola. Cuando empecé a juntarme con estas compañeras, me animé a contestarle. Todas las que veníamos al comedor hemos sido golpeadas. Nos han golpeado de muchas formas”. La charla se tornó más seria. “Te hacen sentir que vos no valés. Cuando te hacen algo, ellos dicen que una está exagerando, que una está loca, nunca dimensionan lo que pasa”.

Una cosa llevó a la otra y la charla ubicó a todas en sus experiencias con la violencia. Ante el tema de la infidelidad, los dichos de estas mujeres dejaron en evidencia la claridad con la que ven ahora: “Lo que ellos te hacen no se borra nunca de acá adentro. Nada es que te pongan los cuernos o se vayan de la casa, pero el tema es cuando vuelven. Vienen malos a hacerte re sonar, a querer agarrarte de prepo, a violarte, porque según ellos si una no quiere tener relaciones es porque ya una ha tenido relaciones con alguien más. Si se va con otra, que venga y sea diferente en su hogar al menos”. Flor y María intervinieron para hacer una reflexión sobre la importancia de poder identificar que hay muchos tipos de violencia y que es importante la fuerza y el sostén de transitar esos caminos entre compañeras. Y aunque solo una del grupo admitió haber compartido su experiencia del viaje con otras personas, las demás la evaluaron como una experiencia positiva que quisieran compartir con sus hijas.

Ante la pregunta “¿Volverían al Encuentro?” todas responden que sí con una sonrisa en la cara. Está claro, las mujeres del comedor de 17 de octubre están despiertas, son valientes y van por todo.