Política salteña | Una Cámara en decadencia: desde diciembre no habrá más “Indio”

Con autoridades que reniegan de las “declaraciones” y “manifestaciones” que aportan al debate, se avizora que el cuerpo se convertirá en el sueño de todo gobierno: una gestoría del Grand Bourg. (Franco Hessling)

Cuando a fines de 2019 el recambio en Grand Bourg hizo que se concrete uno de los primeros movimientos tácticos en las instituciones, la colocación de Esteban Amat al frente de la Cámara de Diputados, no hubo que hacer grandes análisis para saber que una época parlamentaria de la historia política salteña estaba cerrada.

Hasta entonces, con muchos bemoles, la Cámara de Diputados había sido un epicentro de la lucha política de Salta. Tanto por el reflejo de la representación al pueblo, como por el acudimiento constante de cuanta protesta hubiera dando vueltas por la capital. Todas las marchas terminaban en la Legislatura, porque de uno u otro modo, allí sentían que conseguían al menos ser escuchados. Sobra decir que de la escucha a la acción hay un largo camino, pero, entre eso y nada, siempre conforma el diálogo frontal.

Con la llegada de Amat al frente del cuerpo deliberativo menor también ingresaron nuevas voces al recinto, como Mónica Juárez y Omar Exeni, de quienes no hace falta mencionar referencias recientes que demuestran la falta de capacidad para debatir y legislar, comparada, por ejemplo, con la que podrían haber mostrado en otros tiempos Guillermo Martinelli, Manuel Pailler o Gabriela Jorge. Evidentemente, la calidad deliberativa que tuvo a Diputados por muchos años aventajando a la Cámara de Senadores finalmente decayó estrepitosamente a partir de 2019.

Es cierto que advino una pandemia, sin embargo, no es menos cierto que las manifestaciones en las calles no demoraron en retornar y que la Legislatura dejó de ser un lugar central para visibilizar reclamos. En ese punto mucho tenían que ver dos diputados: Claudio del Pla y Manuel Santiago Godoy, quien además no era cualquier diputado, sino la autoridad máxima del cuerpo.

Siempre prestos al diálogo cómodo, pero también al debate, ni uno ni otro escaparon de las vicisitudes de convertir a la Cámara de Diputados en un lugar de protagonismo y no sólo de reverberación de los designios de Grand Bourg. Junto con Claudio del Pla y Manuel Santiago Godoy, en diciembre dejarán sus bancas Héctor Chibán, Carlos Zapata y Silvia Varg, todos de un peso específico propio: con mucha formación algunos, con mucha política otros, con mucho énfasis y estridencia Chibán. La decadencia irá en aumento.

No está de más detenerse específicamente en el artífice de ese momento político que acabó en 2019 y que puso a la Cámara de Diputados en el centro de la escena: el “indio” Godoy, que hizo mucho más que lograr que su hijo se convierta en diputado nacional. Se retirará con más sombras que luces, pero, además de haber logrado la aprobación de un centenar de leyes y haber instalado a Diputados como un lugar emblemático de la conversación política y social, se trata del hombre que sobrevivió a dos de los gobernadores con mayor ímpetu de liderazgo de nuestra democracia reciente: Juan Carlos Romero y Juan Manuel Urtubey.

Sostenerse en la presidencia de un cuerpo que se volvió fuente de presión para la Casa de Gobierno no es tarea fácil y amerita más que dinero, más que oratoria, más que formación. Requiere de habilidad política para conciliábulos en los que los billetes y el humor del gobernador de turno no son las únicas cuestiones que importan. Esa virtud, de la que fueron amputados al nacer las nuevas autoridades del cuerpo, ya no abunda en la clase dirigente salteña, colmada de influencers, comerciantes, cantantes, periodistas, entre otras ocupaciones previas.

Por esa razón, no está de más reseñar que a partir de 2019 decayó el nivel político y argumental de Diputados, y que ese desdibujamiento se profundizará a partir de fin de año, cuando la cámara se convierta en una mera gestoría que otorgue medias-sanciones a cuanto capricho del Ejecutivo aparezca.

Fuente: Punto Uno