El parque supera las 72 mil hectáreas y fue creado en 1974 para proteger la selva de montaña, o yunga. “De a ratos, sentimos que estamos entrando en un universo paralelo más parecido al de la película Avatar”, dicen quienes lo conocen.

El Parque es visitado por científicos, aventureros y periodistas que amplifican la desmesurada belleza del mismo. Parada obligada es la localidad salteña de Los Toldos: un lugar que sorprende a los periodistas no porque quede a 500 km de nuestra ciudad, sino porque el acceso es por Bolivia: “hay que avanzar por el este hasta Orán y salir por el paso de Aguas Blancas, hacer 110 km por la Ruta Panamericanana Nº1 en territorio boliviano, y volver a entrar a la Argentina por el puente de La Mamora, cruzando otra vez el Bermejo, antes de llegar”, escribió la cronista del suplemento LUGARES del diario LA NACIÓN.

Los Toldos fue parte de una hacienda boliviana hasta los años 30, cuando el tratado de límites Carrillo-Diez de Medina acordó un canje de territorios -Los toldos por San José de Pocitos-, que se hizo efectivo recién en 1938. Hasta 2001, los habitantes usaban “La Roldana”: un carrito que colgaba de una soga de acero para cruzar el Bermejo. Ahora también cuentan con dos rutas posibles. Una la conecta con Santa Victoria Oeste y le faltan unos 10 km, pero se frenó hace unos años porque los pobladores de Arazay, Lipeo y Baritú se oponen: dicen que evitar el camino es la única manera de proteger el tráfico ilegal de madera. La otra es la que los conecta «de este lado del río» con Aguas Blancas. Los Toldos tiene una relación histórica, económica y hasta sanitaria con Orán, por lo que los toldeños se inclinan más por esta vía que por la primera.

“Si llegar a Los Toldos ya es una aventura, hay que ver cómo se espesa el asunto de ahí en más”, redactó el cronista para describir la llegada al Parque Baritú que se ubica a 44 kilómetros de la localidad, aunque para llegar hacen unas cuantas horas. “Más que ruta, el camino es una huella”, sentencia para rematar del siguiente modo: “La vegetación del parque es desmedida e impactante”. El Parque supera las 72 mil hectáreas y fue creado en 1974 para proteger la selva de montaña, o yunga, que se ubica entre los cerros De las Pavas y Negro, cruzado por los ríos Porongal, Lipeo y Pescado.

 

«No sólo vienen científicos, hay varios locos aventureros a los que les gusta conocer espacios casi vírgenes. Pero también están los apasionados de las aves o los descubridores de huellas (…) El gran sueño de todos -incluido el guardaparques- es el yaguareté y las huellas son la única evidencia directa que uno suele tener del gran felino americano”, se informa.

“En el camino hay que tomar decisiones en forma permanente: ir hasta el bosque de helechos arborescentes o gigantes -unos 6 km a través de la selva- o llegar hasta el Cedral -otro pequeño bosque de cedros que supera holgado los 500 años de vida-; ir hasta la junta de los ríos Lipeo y San José -donde se arman unas piletas naturales muy aptas para el baño- o hasta las termas”, describe el artículo que sigue así.

“Cuando llegamos al río Lipeo, lo cruzamos con el agua hasta la mitad de la camioneta, son pocos minutos pero de pura adrenalina. Del otro lado está la escuela de la comunidad. Conocemos a Eliseo Chambi, el director y maestro de los ocho alumnos que concurren al plurigrado. En Lipeo viven apenas 11 familias y ya muchos de sus miembros tienen más de 70 años. ´Los jóvenes se van a buscar trabajo por temporada a otras provincias y son muy pocos los que vuelven´, dice este maestro de 55 años que nació en Hipólito Yrigoyen y es hijo de padres jujeños que vinieron a Salta por la zafra”.

En Baritú viven 26 familias y se destaca un grupo de 10 tejedoras que forman el Club de Madres de Baritú: un grupo de artesanas que aprendió y perfeccionó el oficio hasta convertirlo en uno de los principales ingresos de sus familias. La mayoría de ellas venden sus trabajos en Los Toldos los fines de semana, otras lo reservan para los viajeros que se acercan al Baritú.

Los visitantes suelen recorrer la selva en busca del helecho gigante -dicen que hay uno o dos por ahí- y también del Cedral. Son cuatro horas de caminata entre la espesura de colores y vegetación que vuelven cada vez más cerrado el paisaje. “El recorrido, sin embargo, vale todo el esfuerzo. Para llegar nos metemos en el boque nuboso. Literalmente. Llovizna, neblina, hojas que gotean, rayos de luz de algún reflejo escurridizo y persistente del sol. Es una ladera profunda y ondulada repleta de epífitas -plantas que crecen sobre otras- que crean un halo mágico. De a ratos, sentimos que entrado en un universo paralelo más parecido al de la película Avatar que al nuestro”, reseña el cronista.